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La Silla de Abuelo

de Nathaniel Hawthorne

Boston: E. P. Peabody, 1840

 

[Traducion de Juan David López Evans, Julio Andrés Quintero Zapata, COMUNIDAD, Columbia, S.A.]

 

 

NOTA INTRODUCTORIA

 

(De George Parsons Lathrop, 1882, edicion de Riverside.)

 

En una carta que Hawthorne escribió a Longfellow por la época de la publicación de Los Cuentos Contados Dos Veces, hablando de lo que había transcurrido hasta ese momento en su vida y de sus planes futuros, decía:

Ahora siento, y quizá muy pronto sentiré con mayor fuerza, una verdadera motivación para esforzarme en todo lo que me proponga, pues cuando he necesitado este aliciente en mi juventud no lo he encontrado; tengo en mente un pequeño proyecto pero tendría que ocuparme de demasiados detalles para realizarlo. Sin embargo, esto me preocupa mucho menos de lo que usted podría imaginar. Tengo la habilidad de emplear mi pluma en empresas tan monótonas, como la de escribir cuentos para niños, etc.

Podemos suponer el significado de aquello de "una verdadera motivación", no simplemente porque los afanes del matrimonio ya se habían metido en la cabeza de Hawthorne, pues sabemos que en dos años más se habría comprometido y con ello habría iniciado una vida matrimonial larga y feliz, como lo prescribían sus creencias. Igualmente podemos entender el significado de su carta porque ya había demostrado, en su escrito La Historia de Peter Parley dirigido a Goodrich, su habilidad para dirigirse a los jóvenes con una literatura que a la vez fuera sencilla y entretenida. Parece ser que habiendo aprendido algo fructífero en su contacto con Goodbrich, y corroborando el sic vos non vobis de Virgilio así como lo que decía en la carta a Lonffellow que citábamos antes, Hawthorne emprendió la tarea de escribir cuentos para niños, con el fin de demostrarse a sí mismo que era capaz de hacerlo.

De acuerdo con esto, entre la aparición de sus Collected Stories y la fecha del episodio de su Brook Farm, Hawthorne produjo una serie de narraciones cortas inspiradas en los antiguos anales de Nueva Inglaterra; estos documentos históricos también son recurrentes en otros artículos que nunca fueron publicados de manera orgánica -sin mencionar su fuerte influencia en La Letra Escarlata-, y que demuestran la destreza con la cual dominaba estas fuentes.

Los relatos breves de los que estamos hablando, están conectados entre sí a través de los diálogos, pero principalmente mediante un elemento fantasioso muy curioso: una vieja silla, que aparece siempre en todas las escenas históricas que son descritas a lo largo del cuento. Esta narración fue publicada en volúmenes diminutos, y cada una de sus tres partes apareció separadamente a la luz pública.

En la nota introductoria de Los Cuentos Dos Veces Contados el editor relata cómo Mrs. Hawthorne, antes de su matrimonio, dibujó una ilustración para El Muchacho Amable que fue grabada e impresa en una edición especial de esa obra. Algunos de los extractos de las cartas que Hawthorne dirigió a su prometida, escritas en Salem hacia 1841, nos indican que su novia tenía en mente realizar una serie de ilustraciones para La Silla del Abuelo, y se presume que quiso hacer lo mismo para ambientar los sketches. En estas cartas Hawthorne ofrece una serie de sugerencias para las ilustraciones, que no dejan de perder relación con el carácter vívido y totalizante con el cual las había imaginado inicialmente. Los temas que propone para la pluma del artista son: la vieja escuela Master Cheever, los Acadianos, el Concejo militar de Londres en Boston, y el Árbol de la Libertad. Puede resultar interesante para el lector remitirse a estos pasajes, aunque por los visto, este proyecto pictórico nunca se hizo realidad.

Para el estudioso de la literatura, La Silla del Abuelo presenta dos puntos que merecen atención: primero, el hecho de que el incidente de Endicott cortando la cruz roja de la bandera de Inglaterra, que fue tema de uno de Los Cuentos Dos Veces Contados, sea tratado aquí de un modo distinto; el otro punto, que el exilio de los acadianos sea escogido por Hawthorne para captar la atención de su joven audiencia. Cualquier persona familiarizada con la reciente historia de la literatura norteamericana, recordará que Hawthorne sugiere en su carta a Longfellow la historia que conforma el corpus de Evangeline. Hawthorne escuchó esta historia en octubre de 1839, justamente cuando se encontraba escribiendo La Silla del Abuelo. Quizás el que escribe pueda ser perdonado si se permite dudar de la indiferencia que le ha sido adjudicada a Hawthorne con respecto a la patética tradición descrita en Evangeline; y que el escritor, según estas mismas voces que hablan de su indiferencia, al momento de escuchar la historia, debió de haber tratado el exilio de los acadianos con una simpatía inequívoca, tal como lo hace incluso en sus historias cortas para niños, lo que confirmaría nuestro escepticismo. Longfellow le hizo un gran favor a Hawthorne reseñando favorablemente en el North American Review sus Cuentos Dos Veces Contados. Parece plausible que Hawthorne tras notar cómo la anécdota de Evangeline había impresionado a su amigo poeta, se hubiera resuelto a contarlo en voz alta empleando su pluma, sin traicionar ninguna de las intenciones que lo habían motivado para inspirarse en ese cuento.

Cualquier otro comentario sobre los contenidos de esta colección sobra, únicamente podemos añadir que Los Chelines del Pino, y los adeptos universales que ha ganado entre los escolares, y en general entre todas las audiencias, definitivamente disipan la opinión común de que Hawthorne fracasó en su intento por alcanzar la popularidad general.

 

PREFACIO

 

 

Al escribir este voluminoso tomo, el deseo del autor ha sido describir las características eminentes y los eventos memorables de nuestros anales históricos, de tal manera y empleando tal estilo, que el joven lector pueda acercarse a ellos motivado por sí mismo. Para cumplir este propósito, mientras relata ostensiblemente las aventuras de una silla, él ha intentado mantener un lazo distinto e irrompible con la historia auténtica. La silla ha sido empleada para pasar fácilmente de un personaje a otro, de quiénes él ha creído, es más deseable que el joven lector tenga ideas claras y vívidas, y de cuyas vidas y acciones el autor pueda dar un panorama pictórico. En sus firmes patas de roble la silla avanza lenta pero diligentemente de una escena a otra, y parece que siempre logra arrojarse en medio de las acciones con la complacencia más benigna dondequiera que un personaje histórico se encuentre buscando un lugar para sentarse.

Ciertamente no existe un método más efectivo para que las borrosas sombras de los hombres y las mujeres que han partido nos hagan asumir los ires y venires de la vida, que conectar sus imágenes con la realidad sustancial y casera de una silla en el rincón donde se halla la chimenea. Por un instante sentimos que estos personajes de la historia tuvieron una vida privada y una existencia familiar, y no estuvieron completamente absorbidos en esa fría imagen exterior, que siempre hemos recibido como la representación adecuada de sus vidas. Si esta impresión puede ser transmitida, se ha logrado mucho.

Prescindiendo del abuelo y de su pequeño auditorio, así como de las aventuras de la silla, que hacen parte de la maquinaria fantástica de la obra, nada en lo que respecta a las páginas que siguen puede ser catalogado como ficticio. El autor, es verdad, en ocasiones se ha tomado la licencia de añadir algunos detalles donde el relato lo requería, sin más autoridad que su propia imaginación; pero esto, así lo espera él, no viola ni otorga un colorido falso a lo verdadero. El cree que en lo que respecta a este punto, en su narración no se encuentran ideas e impresiones de las cuales el lector tenga que purgarse posteriormente.

La gran duda del autor es si ha tenido éxito escribiendo un libro que sea accesible para aquellos a los cuales se dirige. Hacer un relato lleno de vida y entretenido para los niños, con un material tan difícil de manejar como el que nos presenta la oscuridad, la seriedad y las rígidas características de los Puritanos y sus descendientes, es tan difícil de lograr como intentar hacer juguetes de las duras rocas de granito sobre las cuales fue fundada Nueva Inglaterra.

 

 

PARTE 1

 

CAPÍTULO 1

 

El abuelo había permanecido sentado en su vieja silla durante aquella placentera tarde, mientras que los niños estaban concentrados en sus juegos. En algún momento, cualquiera hubiera pensado que el abuelo estaba dormido, pero cuando sus ojos se cerraban, sus pensamientos volaban con los chiquillos, jugando entre las flores y los arbustos del jardín.

La voz de Laurence se escuchó en toda la casa, tenía un montón de ramas secas que el jardinero había cortado de los árboles frutales, y estaba construyendo una casita para su prima Clara y para él. El abuelo también escuchó la armoniosa voz de Clara, quien quitaba la maleza y regaba su propio jardincito. Él contaba cada paso que Charley daba al conducir lentamente la pesada carretilla a lo largo del camino empedrado. Y a pesar de que el abuelo era viejo y canoso, su corazón todavía latía con júbilo cuando la pequeña Alice entraba correteando y brincando, como una mariposa en la habitación. Ella había convertido a todos los niños en sus compañeros de juego, y ahora el abuelo también era uno de ellos, y no cabe duda, el más feliz de todos.

Finalmente los niños se cansaron de sus juegos. Una larga tarde de verano es como toda una vida para los jóvenes. Los niños entraron juntos en la habitación y se acomodaron alrededor de la gran silla del abuelo. La pequeña Alice, que tenía apenas cinco años, tuvo el privilegio de la más joven, y se encaramó en las rodillas del abuelo. Era encantador contemplar aquella pequeña de cabellos dorados en el regazo de su abuelo y pensar que ambos se regocijaban con las mismas alegrías, a pesar de ser tan diferentes.

"Abuelo," dijo la pequeña Alice, mientras su cabeza yacía en los brazos del abuelo, "estoy muy cansada. Cuéntame una historia que me haga dormir."

"Ese no es el deseo de nadie que cuente una historia", le contestó el abuelo sonriendo. "Su mejor paga la reciben cuando logran mantener su auditorio muy atento y despierto".

"Pero aquí estamos Laurence y Charley y yo," replicó la prima Clara, que era dos veces mayor que la pequeña Alice. "nosotros tres nos mantendremos muy despiertos. Por favor, abuelo, cuéntanos una historia acerca de esta vieja y misteriosa silla"

La silla que ocupaba el abuelo estaba hecha de un roble oscurecido por el pasar de los años, pero que brillaba como la caoba. Era muy grande y pesada, y su espaldar se levantaba por encima de la blanca cabellera del abuelo. Esta parte de la silla había sido curiosamente tallada, y sus grabados representaban flores, follajes, y otras muchas figuras, que los niños siempre miraban maravillados pero sin terminar de comprender su significado. En la parte más alta de la silla, mucho más arriba de la cabeza del abuelo, se distinguía algo parecido a la cabeza de un león, adornada con una melena tan exuberante que sólo le faltaba moverse y rugir.

Los niños habían visto al abuelo sentado en esa silla desde que tenían memoria. Quizás el más pequeño de ellos pensaba con certeza que él y la silla habían venido juntos al mundo. Por aquella época, la moda dictaba que las señoritas adornaran sus costureros y estares con las sillas más antiguas y extrañas que se pudieran encontrar. Según el parecer de Clara, esta silla sería la envidia de todas aquellas mujeres si la hubieran visto. Ella siempre se había preguntado si aquella silla era más vieja que el mismo abuelo, y deseaba con ansias conocer toda su historia.

"Sí, abuelo, háblanos acerca de esta silla," repitió.

"Muy bien pequeña," dijo el abuelo, dándole una palmadita en la mejilla, "te puedo contar muchas historias maravillosas acerca de mi silla. Quizás tu primito Laurence quiera escucharlas también. Estoy seguro de que estos cuentos le enseñarán algo que jamás ha leído en ninguno de sus libros escolares sobre la historia de sus país y de las distinguidas personas que lo han habitado.

Laurence era un niño de doce años, de una mente brillante, y ya desde temprana edad demostraba ser muy inteligente y sensible. Su imaginación se vio excitada con la simple idea de conocer todas las aventuras de aquella venerable silla. Laurence miraba al abuelo con entusiasmo y ansiedad; e incluso Charley, un pequeñuelo de nueve años, incansable, inquieto y vigoroso, se sentó a los pies del abuelo en el tapete, y decidió quedarse quieto al menos por diez minutos, pues la historia, según él, no podría tardar más.

Mientras tanto, la pequeña Alice ya se había dormido; el abuelo, entonces, complacido con un auditorio tan interesado y atento, comenzó a hablar de cosas que habían sucedido hacía mucho tiempo.

 

 

CAPÍTULO 2

 

Pero antes de relatar las aventuras de la silla, el abuelo creyó necesario hablar de las circunstancias que rodearon el primer asentamiento de los colonos ingleses en Nueva Inglaterra. Las razones de esta antesala se entenderán muy pronto cuando el lector se de cuenta que es imposible contar la historia de esta legendaria silla sin recordar una buena parte de la historia de nuestro país.

Así pues, el abuelo habló de los puritanos, y los identificó con aquellas personas que adoptaron ese nombre porque consideraban que era pecaminoso aceptar los usos religiosos y las ceremonias que la Iglesia de Inglaterra había tomado prestadas de los Católicos. Estos puritanos sufrieron una gran persecución en Inglaterra, de tal suerte que en 1607 muchos de ellos tuvieron que huir hacia Holanda, para establecerse por diez o doce años en Amsterdam y Leyden. Sin embargo temían que si permanecían refugiados en aquel país por demasiado tiempo, dejarían de ser ingleses, y terminarían adoptando las costumbres, los sentimientos y las ideas de los holandeses. Por estas y otras razones, en 1620 se embarcaron a bordo del Mayflower, y cruzaron el océano hasta llegar a las costas del Cabo Cod. Allí se asentaron y conformaron una colonia que bautizaron con el nombre de Plymouth, que hoy hace parte de lo que conocemos como Massachusetts. De este modo se formó la primera colonia de puritanos en América.

Mientras tanto, los puritanos que permanecieron en Inglaterra siguieron padeciendo una cruda persecución religiosa. Comenzaron a dirigir sus miradas desesperadamente alrededor en busca de un lugar donde Dios pudiera ser alabado, no al amaño de los reyes y de los obispos, sino de acuerdo con el dictamen de sus propias conciencias. Cuando sus hermanos habían partido desde Holanda hacia América, se vieron impulsados a actuar del mismo modo buscando refugio allí. Varios caballeros entre ellos compraron un pedazo de tierra en las costas de la bahía de Massachusetts y obtuvieron una carta del rey Charles que les otorgaba poderes legislativos en las colonias. En el año 1628 enviaron algunas personas, con John Edicott a la cabeza, para iniciar el proyecto de plantación en Salem. Peter Palfrey, Roger Conant, y uno que otro además de ellos, ya habían construido casas allí para 1626, y por ende pueden ser considerados como los primeros colonos de este legendario poblado. Muchos otros puritanos se prepararon para seguir a Endicott.

"Y ahora hemos llegado a la silla, mis hijitos" dijo el abuelo. "Esta silla supuestamente fue hecha de un roble que creció en el parque del Earl de Lincoln hace dos o tres siglos aproximadamente. En sus primeros años debió de permanecer en el hall del castillo de los Earl. ¿Alcanzan a ver el escudo de armas de la familia de Lincoln tallado en la parte de atrás de la silla? Pero cuando su hija, Lady Arbella, se casó con un tal Mr. Johnson, los Earl le regalaron esta preciosa silla."

"¿Quién era Mr. Johnson?" preguntó Clara.

"Él era un caballero muy rico, que estaba de acuerdo con las creencias de los puritanos," respondió el abuelo. "Y como sus creencias eran las mismas que las de estos hombres, juró que viviría y moriría con ellos. Por este motivo, en el mes de abril de 1630, Mr. Johnson dejó su lujosa residencia y todas sus comodidades en Inglaterra, y se embarcó con Lady Arbella, hacia América.

Como el abuelo era interrumpido constantemente por las preguntas y las observaciones de sus jóvenes oyentes, consideramos pertinente omitir estos aspectos que resultan irrelevantes para la historia. Nos ha costado un gran dolor de cabeza recordar exactamente lo que el abuelo dijo, y aquí ofrecemos a nuestros lectores, tan cercano como nos es posible a sus propias palabras, la historia de

 

Lady Arbella

 

La nave en la cual Mr. Johnson y su esposa se embarcaron, llevando con ellos la silla del abuelo, se llamaba Arbella, en honor a la misma dama. Una flota de diez o doce carabelas, con cientos de pasajeros, salió de Inglaterra más o menos al mismo tiempo; las personas que estaban descontentas con el gobierno del rey y que eran oprimidas y perseguidas por los obispos, zarparon hacia el Nuevo Mundo. Una de estas carabelas que hacía parte de la flota era Mayflower, la misma que había llevado a los puritanos hasta Plymouth. Y ahora, mis pequeños, quiero que cada uno de ustedes se imagine el camarote del Arbella; si ustedes pueden contemplar a los pasajeros de esta embarcación, podrán sentir la bendición que Nueva Inglaterra recibió con unos colonos como ellos. Eran los hombres y mujeres más grandes de su tiempo.

Entre los pasajeros se encontraba John Winthrop, que había vendido todo lo que su antepasados le habían dejado para buscar un nuevo hogar junto con su familia en estas lejanas tierras. Mr. Winthrop además de tener la carta real en su poder, había sido nombrado como el primer gobernador de Massachusetts. Imagínenlo como una persona de aspecto benévolo pero a la vez grave, vestido con un traje de terciopelo, con una magnífica gorguera alrededor de su cuello, y una barba muy estilizada. Entre ellos se encontraba también un ministro que tenía prohibido predicar, y que llegaba a América con la certeza de que allí podría dedicarse a su labor y a la oración. Este ministro usaba una capa negra, conocida con el nombre de capa de Ginebra, y tenía un birrete de terciopelo que se acomodaba muy bien a su cabeza, al mejor estilo de todos los clérigos puritanos. Junto con él, se encontraba también Sir Richard Saltonstall, un hombre que a pesar de haber retornado muy pronto a su país de origen, siempre sería recordado como una de las primeros personas que se dedicó a pensar en la organización de la nueva colonia,. Sus descendientes permanecen todavía en Nueva Inglaterra, y el buen nombre de la familia es tan respetado en nuestros días como lo era entonces.

No sólo estos, sino muchos otros hombres de gran valía, así como otros tantos clérigos muy piadosos, se encontraban a bordo del Arbella. Con su partida, uno de ellos borraba para siempre su nombre del centenario árbol familiar al cual había pertenecido. Otro había dejado su cómoda residencia clerical en un alejado y tranquilo pueblito de Inglaterra. Otros provenían de las Universidades de Oxford o de Cambridge, donde contaban con una excelente reputación intelectual. En fin, todos estaban allí, cruzando un mar desconocido y peligroso, en busca de un hogar que sería incluso más inhóspito que las mismas aguas del océano. En el camarote de la carabela se encontraba Lady Arbella sentada en su silla, muy dulce y gentil, pero al mismo tiempo muy pálida y débil como para soportar los padecimientos que sufriría en estas tierras salvajes.

Todas las mañanas y las tardes, Lady Arbella cedía su silla a uno de los ministros para que aposentado en ella leyese pasajes de la Biblia a sus compañeros. Y así, entre oraciones y conversaciones muy pías, y entre cánticos e himnos que la brisa arrancaba de sus labios y ahogaba en la lejanía en las tempestuosas olas, nuestros pasajeros prosiguieron su viaje, para llegar por fin a Salem en el mes de junio.

Por aquel entonces, había seis u ocho viviendas en el pueblo, eran casuchas miserables, con techos de paja y chimeneas de madera. Los pasajeros de la embarcación también construyeron sus refugios con las ramas y las cortezas de los árboles o erigieron tiendas con telas hasta que pudieron proveerse un techo mejor. Muchos de ellos continuaron el camino para fundar una colonia en Charleston. Es probable que Lady Arbella haya sido recibida en la casa de John Endicott en Salem por una temporada. Endicott era el hombre que se encontraba al mando de la plantación y poseía la única casa confortable del lugar, para alegría de sus huéspedes provenientes de Inglaterra. Ahora niños, tienen que imaginar la silla del abuelo en medio de una nueva escena.

Imaginen un soleado día de verano y las ventanas de una de las habitaciones de la casa de Mr. Endicott abierta de par en par. Lady Arbella luciendo más pálida de lo que se encontraba a bordo de la nave, está sentada en su silla y piensa con nostalgia en su lejana y amada Inglaterra. Se levanta y va a la ventana. Allí, entre los jardines y los campos de trigo observa las miserables casuchas de los colonos, al lado de las rústicas chozas y las austeras tiendas de los pasajeros que habían llegado con ella. Los lúgubres bosques se extienden hasta el firmamento y las sombras de los espigados pinos que eclipsan aquellas tierras, oscurecen el corazón de nuestra pobre dama.

Todos los habitantes del villorrio están muy ocupados. Uno de ellos se encuentra talando algunos árboles para despejar un espacio donde levantar su hogar; otro está picando en pedazos un viejo pino derribado en el suelo, con el propósito de construirse un resguardo; un tercero está segando su campo de maíz. Por allí viene un cazador entre los árboles, arrastrando un oso y gritando a sus vecinos en busca de ayuda. Allá va un hombre hacía la playa con una pala y una cubeta para escavar en busca de almejas, el principal alimento de los primeros colonos. Apareciendo aquí y allá, hay dos o tres figuras borrosas, no muy atractivas, luciendo orejeras hechas de huesos, cubiertas con largos mantos de pieles, y con plumas de aves silvestres coronando sus oscuras cabelleras. A lo largo de sus hombros tienen collares de conchas, y están armados con arcos, flechas y lanzas con puntas de piedra. Se trata de algunos indios sagamores que han venido a darle un vistazo a las actividades de los blancos. Y ahora se eleva en el cielo el bramido desesperado de un ternero que ha sido apresado en la pradera por una manada de lobos; todos agarran pistolas o picos y alejan las bestias que merodean el lugar.

La pobre Lady Arbella contempla todas estas escenas, y siente en su interior que este Nuevo Mundo sólo es apropiado para gente ruda y fuerte. Aquí únicamente sobreviven aquellos que puedan luchar con los hombres y los animales salvajes, tolerar el frío y el calor, y mantener sus corazones firmes a pesar de todas las dificultades y los peligros. Desafortunadamente, ella no se parece en nada a ninguno de estos hombres. Su espíritu cándido y timorato se marchita cada vez más, y alejándose de la ventana, se sienta en la gran silla e imagina el lugar donde sus amigos cavarán su tumba.

Mr. Johnson se ha ido con el gobernador Winthrop y la mayoría de los otros pasajeros, a Boston, donde intentará levantar una casa para él y para Lady Arbella. En aquel entonces, Boston estaba cubierto de bosques vírgenes, y tenía incluso menos habitantes que Salem. Durante la ausencia de su esposo, la pobre Lady Arbella se sentía más y más enferma, y apenas si podía levantarse de su silla. Cuando John Endicott se dio cuenta de su notoria gravedad, sin dudar un segundo la confortó con estas palabras: "¡Alégrese, buena mujer!" diría "en muy poco tiempo, usted adorará esta vida silvestre más de lo que yo la amo". Pero el corazón de Endicott era fuerte y recio como el acero y a pesar de sus palabras de aliento, no podía entender porqué una dama no podía parecerse un poco a él.

Sea como fuere, Mr. Endicott continuó atendiendo a la dama con amabilidad, sin descuidar sus labores cotidianas, tales como visitar su campo de maíz, revisar los árboles frutales, o permutar pieles con los indios, o quizá dar una vuelta por el fuerte. Además, como magistrado, a menudo tenía que castigar algunos malhechores enviándolos al caballete o mandándolos a azotar. Algunas veces, también, como era el uso de los tiempos, él y Mr. Higginson, el ministro de Salem, sostenían largas tertulias religiosas.

John Endicott era pues, un hombre muy ocupado y no le quedaba tiempo para añorar con nostalgia su tierra nativa. Él sentía que su lugar estaba en el Nuevo Mundo, haciendo su trabajo con esmero y entusiasmo.

Qué contraste mis pequeños, entre este hombre rudo, activo y resuelto, y la gentil Lady Arbella, que se estaba desvaneciendo como una pálida florecita en la sombra del bosque. Lady Arbella se puso tan débil y enferma que tuvo que abandonar nuestra silla para reposar en su lecho.

Mientras tanto, su esposo ya había escogido un buen pedazo de tierra para su nueva casa. Regresó de Boston a Salem, emprendiendo una larga caminata a través de los bosques en compañía de los peregrinos. Su corazón palpitaba con ansias, no podía esperar el momento para decirle a su esposa que ya había escogido un lugar para su nuevo hogar. Pero cuando vio su rostro pálido y demacrado, y notó que su vigor había desaparecido, se dio cuenta de que el verdadero hogar de su esposa se encontraba en otras tierras. Felices por su reencuentro, recordaban que existía un camino al cielo que no podía ser muy diferente del que separaba el suelo cristiano de donde habían venido, de esta tierra inhóspita. Fue así como en menos de un mes después de su llegada, la gentil Lady Arbella se marchitó tanto hasta que finalmente murió. Cavaron su tumba en el nuevo suelo, en un lugar donde las viejas raíces de los pinos dificultaban el trabajo de las palas, y donde sus huesos descansarían por más de doscientos años. Una iglesia de piedra fue construida en aquel claro del bosque, para erigir luego toda una ciudad alrededor de ella.

Charley, casi que al inicio de la narración, había salido a cabalgar sobre el bastón del abuelo, con un galope prodigioso, y no había regresado aún. Por la cabeza de un niño no pasaría nunca la idea de sentirse avergonzado por estar cabalgando sobre un bastón. Laurence y Clara, por su parte, habían escuchado con mucha atención y estaban realmente impresionados con historia de la gentil Lady Arbella, que había viajado tan lejos para encontrar la muerte tan pronto. El abuelo creía que la pequeña Alice se había dormido, pero casi al final de la historia, dirigiendo su mirada hacia ella, vio sus grandes ojos azules abiertos completamente, aguardando con impaciencia. Las lágrimas se habían congregado en sus ojos, como el rocío que riega una delicada flor en la mañana; pero tan pronto como el abuelo dejó de hablar, el amanecer de su sonrisa irrumpió nuevamente como si proviniera de un lugar muy lejano.

"¡Oh, la dama tuvo que sentirse muy dichosa al alcanzar el cielo!" exclamó la pequeña Alice.

"Abuelo, ¿y qué pasó con Mr. Johnson?" preguntó Clara.

"Parece que su pobre corazón se resquebrajó bastante" respondió el abuelo, "pues murió en Boston un mes después del fallecimiento de su esposa. Fue enterrado en el mismo lugar donde había intentado construir un hogar para Lady Arbella. Donde iban a construir su casa, se encontraban sus tumbas."

"Nunca había escuchado en toda mi vida algo tan triste", dijo Clara. "La gente amó y respetó tanto a Mr. Johnson", prosiguió el abuelo, "que el último deseo para muchos, era poder ser enterrados tan cerca como fuera posible de la tumba de este buen hombre. Fue así como este claro en el bosque se convirtió en el primer cementerio de Boston. Cuando uno cruza la calle Tremont hacia King´s Chapel, ve un camposanto lleno de lápidas de piedra y de monumentos. Ese era el pedazo de tierra de Mr. Johnson."

"Qué triste es imaginar," anotó Clara, "que una de las primeras cosas que los colonos tenían que hacer cuando llegaban al Nuevo Mundo era separar sus propias tumbas".

"Quizás," dijo Laurence, "si no hubieran visto la necesidad de pensar en sus propias tumbas aquí, habrían estado dichosos, después de unos años, de regresar nuevamente a Inglaterra."

El abuelo miró a Laurence, para descubrir en sus ojos si realmente se había dado cuenta qué tan profundo y cierto era lo que les había contado.

 

 

CAPÍTULO 3

 

No mucho después de que el abuelo había terminado de contar la historia de su gran silla, el día se puso oscuro y probablemente iba a llover. Nuestro amigo Charley, después de haber roto la paz de la casa con un toque marcial de tambor y con gritos estridentes, de correr como un loco de arriba a abajo por las escaleras, y luego de jugar entre las sillas, y de hacer muchos más ruidos, después de todo esto, empezó a sentir la intolerable tranquilidad a la cual lo habían confinado las paredes de la casa. Cuando la lluvia empezó a caer, nuestro pequeñuelo se sentía como un prisionero sin escapatoria. Estaba de pie junto a la ventana con un aspecto muy apacible, guardando la esperanza de que aquello no fueran más que unas simples goticas de agua que no extinguirían la luz del sol.

Los demás niños ya no aguantaban el ritmo de Charley y estaban exhaustos. Sus amiguitos se habían dedicado a otras labores más tranquilas que no admitían su compañía. Laurence se sentó en una habitación al lado de la biblioteca, para leer, aunque no por primera vez, "Midsummer Night´s Dream". Clara estaba fabricando un rosario de abalorios para adornar una figurita de la hermana de la caridad, benefactora del campo de juegos infantiles Bunker Hill. La pequeña Alice estaba sentada a los pies del abuelo sosteniendo una historieta para niños en sus manos, y mientras pasaba las hojas inventaba un cuento de cada historieta, pues como ya imaginarán no era una gran lectora.

Charley ya era lo suficientemente grande como para prestar atención a las historias de Alice, sin embargo, parecía que el abuelo la escuchaba con mucho mayor interés. A menudo es necesario haber vivido muchos años para comprender ciertas cosas de las fantasías y los cuentos. A pesar de esto, Charley era de aquellos que pensaba que si una historia tenía que contarse, el más indicado para hacerlo era el abuelo y no la pequeña Alice.

"Abuelo, quiero escuchar más historias sobre tu silla", dijo él.

En ese momento, el abuelo se acordó de que Charley había galopado sin parar sobre su bastón en medio de la historia de la podre Lady Arbella, y posiblemente habría considerado que no valía la pena contar otra historia, con el único propósito de satisfacer un oyente tan distraído y desinteresado como Charley. Laurence, sin embargo, dejó su libro y secundó la propuesta. Clara acercó su silla un poco más hacia el abuelo y la pequeña Alice cerró su historieta y fijó su mirada en el rostro del anciano. El abuelo no tenía corazón para defraudarlos.

Mencionó varias personas que habían hecho parte de la historia de la colonia de nuestro país, y que bien merecen ser recordados si encontramos un espacio para hacerlo. En medio de su descanso, el abuelo habló del famoso Hugh Petert, un ministro del evangelio, que se dedicó a hacer el bien a todos los habitantes de Salem. Mr. Peters regresó después de un tiempo a Inglaterra donde se desempeñó como capellán de Oliver Cromwell; pero el abuelo no les contó nada a los niños de lo que había sucedido finalmente con este magnánimo y emprendedor hombre. De hecho, sus oyentes se estaban impacientando y querían saber más sobre la historia de la silla.

"Después de la muerte de Mr. Johnson", dijo él, "la silla del abuelo pasó a pertenecer a Roger Williams, un clérigo que había llegado a Salem en 1631. Es imposible dudar que este buen hombre pasara largas horas sentado en esta vieja silla, escribiendo sus sermones o leyendo grandes tratados de teología, hasta que la media noche viniera y lo sorprendiera estudiando. Como en aquel período había muy pocas lámparas, la gente solía leer bajo la luz de las antorchas, que tomaron el lugar de las lámparas de aceite de los hombres letrados de Inglaterra."

El abuelo continuó hablando de Roger Williams, y les contó varios detalles que aquí no referiremos. Un incidente, sin embargo que está relacionado con su vida, no puede ser omitido porque le dará al lector una idea de las opiniones y los sentimientos de los primeros colonos de Nueva Inglaterra. Es el siguiente:

 

La Cruz Roja

Es posible que Roger Williams sentado en la silla del abuelo, recibiera con frecuencia en su humilde residencia de Salem, las visitas de John Endicott. Como el clérigo tenía una gran influencia en los asuntos temporales, sin duda nuestro ministro y el magistrado hablarían de las ocurrencias del día, y se preguntarían de que manera sería factible gobernar al pueblo de acuerdo con las leyes de la Escritura.

Había una cosa que era especialmente problemática para ellos. En la antigua bandera nacional de Inglaterra, bajo la cual habían combatido sus soldados por centurias, había una cruz roja desde los días en que Inglaterra estaba sujeta al Papa. La cruz, aunque era un símbolo sagrado, había sido rechazada por los puritanos, porque consideraban que era una símbolo de la idolatría papal. A pesar de que para aquel entonces los puritanos ya habían oficializado la bandera de Salem; los soldados, con Endicott a la cabeza, no tenían una bandera diferente bajo la cual militar aparte de la bandera papista, con la cruz roja en su centro. De esta manera, la bandera de la cruz roja ondeaba en los muros del fuerte de Salem y una bandera similar era exhibida en el puerto de Boston, desde el fuerte de la isla Castle.

"Yo creo, hermano Williams," diría el Capitán Endicott, después de haber estado hablando sobre este asunto, "que observar esta cruz idolátrica ondeando sobre nosotros, dispersa el corazón de todo buen cristiano. Un extraño, al contemplarla, pensaría que hemos soportado todo tipo de vicisitudes y peligros, atravesando un mar tempestuoso, con el único propósito de conquistar nuevos dominios para el Papa de Roma."

"Verdaderamente, Mr. Endicott," respondería Roger Williams, "hablas como todo un buen cristiano. En mi opinión, dado que me corresponde el deber de denunciar, tengo que reconocer que es pecaminoso luchar bajo tal bandera. Ni siquiera puedo, desde mi púlpito, pedir la bendición del cielo sobre ella."

Probablemente, este era el modo como Roger Williams y John Endicott solían hablar de la bandera de la cruz roja. Endicott, que era un hombre resuelto y aguerrido, decretó muy pronto que, si Massachusetts no podía tener su propia bandera, al menos debería liberarse de la bandera del Papa de Roma.

No mucho tiempo después, hubo una revista militar en Salem. Absolutamente todos los hombres que podían caminar en el pueblo se encontraban allí. Los soldados estaban muy bien armados, con cascos de acero, placas de hierro protegiendo sus pechos y espaldas, y gorjales de acero en sus cuellos. Cuando el sol brilló sobre estas filas de hombres los vestidos de hierro brillaron con tal esplendor que encandilaron a los indios que habían venido de sus bosques para echar un vistazo. Los soldados tenían grandes picos, espadas, y mosquetes, que eran accionados con cerillos, y pesaban casi lo mismo que un pequeño cañón.

Estos hombres tenían un aspecto rígido y severo. A juzgar por su apariencia, uno se podría imaginar que sus corazones tenían tanto o más hierro que el que tenían sobre sus cabezas y sus pechos. Todos eran puritanos muy devotos, con el mismo temperamento de aquellos que junto con Oliver Cromwell derrocaron la monarquía de Inglaterra. Odiaban, tanto como Endicott, todas las reliquias de la superstición papal, pero aún lucía sobre sus cabezas la bandera de la cruz roja.

Endicott era el capitán de la compañía. Mientras los soldados estaban esperando sus órdenes para dar inicio a la revista, todos presenciaron cómo el capitán tomó la bandera en una mano, sosteniendo su magnífica espada en la otra. Probablemente pronunció algunas palabras, y les explicó cuán horrible era que hombres que habían huido de la idolatría papal, estuvieran ahora congregados bajo sus símbolos para luchar. Quizá concluyó su discurso así:

"Y ahora, mis soldados, todos ustedes ven esta vieja bandera de Inglaterra. Algunos de ustedes, no lo dudo, considerarán que incluso es una traición poner las manos en ella. Pero si es o no una traición, tengo muy claro en mi conciencia que no es una traición a Dios. Por lo tanto, he resuelto que de ahora en adelante seremos más soldados de Dios que soldados del Papa de Roma, y de acuerdo con ello, arranco ahora la cruz papal de esta bandera."

Y así lo hizo. De este modo, en una provincia que pertenecía a la corona de Inglaterra, un capitán tuvo el arrojo suficiente para profanar la bandera del Rey con su espada. Cuando Winthrop y otros hombres de letras de Massachusetts escucharon lo que había sucedido se inquietaron y temieron que la acción de Endicott traería grandes problemas para todos. Un reporte de los hechos llegó a oídos del Rey Charles, pero en aquel momento se encontraba muy ocupado discutiendo con su pueblo y no le quedaba tiempo para castigar al lejano ofensor de la corona. En otras circunstancias, le habría costado a Endicott su vida, y a Massachusetts su carta real.

"Quiero saber, abuelo," dijo Laurence cuando la historia había terminado, "si cuando Endicott cortó la cruz roja de la bandera, quería decir con ello que Massachusetts se independizaba de Inglaterra"

"Un sentido de independencia de su país adoptivo tendría que haberse apoderado para ese momento del tesonero corazón de este hombre", respondió el abuelo, "pero dudo mucho que estos pensamientos tuvieran peso más que en sus creencias religiosas. Sin embargo, éste fue un hecho muy memorable, y una expresión muy clara del temperamento de los puritanos".

El abuelo procedió a hablar más sobre Roger Williams y de otras personas que se sentaron en su maravillosa silla, como será visto en el próximo capítulo.

 

 

CAPÍTULO 4

 

"Roger Williams," dijo el abuelo, "no tuvo la silla por mucho tiempo. Sus opiniones en materia civil y religiosa diferían, en muchos aspectos, de las de los hombres de leyes y de los clérigos de Massachusetts. Ello considerando, que los hombres letrados de aquellos tiempos creían que la seguridad de la nación dependía de que todos sus habitantes concordaran en su sentir y en su pensar."

"¿Hay alguien que todavía crea eso en nuestros días, abuelo?" preguntó Laurence.

"Posiblemente haya algunos que todavía lo crean," dijo el abuelo; "pero afortunadamente no tienen el poder necesario que tenían los magistrados y los ministros en el tiempo de Roger Williams, para dirigir las vidas de los demás. Ellos tenían el poder para quitarle a este buen hombre su hogar, expulsarlo de su comunidad y obligarlo así a buscar un nuevo lugar para vivir alejado de ellos. Y en efecto así sucedió, Williams desapareció en 1634 y fue a la colonia de Plymouth, de donde tuvo que huir nuevamente pues las gentes de aquel lugar tenían la misma opinión que los colonos de Massachusetts. Y aunque no tenía ningún inconveniente en permanecer entre ellos, la rudeza de los colonos se hizo insoportable, y Roger Williams tomó sus cosas y se internó en el bosque donde se alió con los indígenas, comenzando así una plantación que él mismo llamó la Providencia."

"Yo he ido a Providencia en tren," dijo Charley. "Son más o menos dos horas de camino."

"Sí, Charley," replicó el abuelo; "pero cuando Roger Williams recorría esos caminos, y tenía que atravesar colinas y valles, caminar entre bosques enmarañados, y cruzar pantanos y riachuelos, era un viaje de varios días. Bien, su pequeña plantación ha crecido tanto que ahora es una ciudad, y sus habitantes sienten una gran veneración por Roger Williams. Su nombre está siempre en la boca de todos, porque lo ven en sus cuentas bancarias. Cómo hubiera quedado de perplejo este buen clérigo si se hubiera enterado de que daría su nombre al Banco Roger Williams."

"Cuando fue expulsado de Massachusetts," dijo Laurence, "y comenzó su travesía por los bosques tuvo que haber sentido que su nombre quedaría sepultado para siempre de la vista y el conocimiento de todos. Sin embargo, todavía el país entero escucha su nombre, y lo recordará para siempre."

"Sí," respondió el abuelo, "a veces sucede que los parias de una generación son reverenciados por la siguiente como los hombres más sabios y destacados. La fama más segura es aquella que proviene después de la muerte. Pero volvamos con la historia. Cuando Roger Williams fue exiliado, parece que regaló su silla a Mrs. Anne Hutchinson. Sea como fuere, para 1637 ya estaba en su posesión. Era una mujer de un humor muy agudo y además de haber recibido una buena formación, era tan consciente de sus propias habilidades y conocimientos que consideraba una lástima que el mundo no se pudiera beneficiar de ellos. Sostenía tertulias una o dos veces a la semana en Boston, a las cuales acudían la mayoría de las mujeres. Mrs. Hutchinson presidía estas reuniones sentada con gran propiedad y dignidad en la silla del abuelo."

"¿Abuelo, se trataba de esta misma silla?" preguntó Clara, mientras acariciaba uno de sus magníficos brazos.

"¿Por qué no, mi querida Clara?" dijo el abuelo. Bien, las tertulias de Mrs. Hutchinson muy pronto causaron grandes disturbios, pues los ministros de Boston no consideraban seguro ni apropiado que una mujer instruyera públicamente al pueblo en la doctrina religiosa. Más aún, si consideramos que todo empeoró cuando declaró que el Reverendo Mr. Cotton era el único clérigo santo y piadoso en toda Nueva Inglaterra. Los clérigos de aquellos días tenían, aunque indirectamente, mayor peso en el gobierno de la nación que los mismos magistrados; así que ustedes se imaginarán la muchedumbre de poderosos enemigos que se levantaron contra Mrs. Hutchinson. Un sínodo se reunió, es decir, una asamblea de todos los ministros de Massachusetts, y declaró que había ochenta y dos opiniones erróneas en materia religiosa difundidas entre las gentes, y que tal número coincidía con las opiniones de Mrs. Hutchinson."

"Si tenían ochenta y dos opiniones incorrectas," observó Charley, "no veo cómo podían tener alguna buena."

"Mrs. Hutchinson tenía muchos amigos conversos muy aguerridos," continuó el abuelo. "Fue apoyada por el joven Henry Vane, quien desde su llegada de Inglaterra hacía como uno o dos años, a la edad de veinticuatro, había sido elegido gobernador de la colonia. Pero Winthrop y la mayoría de los demás líderes, así como los ministros, aborrecían sus doctrinas. Así se formaron dos partidos opuestos, y las disensiones se hicieron tan fuertes que se llegó a temer que todo terminaría con una guerra civil y un gran derramamiento de sangre. Sin embargo, Winthrop y los ministros eran más poderosos, y muy pronto desarmaron y encarcelaron a todos los adeptos de Mrs. Hutchinson. Ella, por su parte, tuvo que desaparece al igual que Roger Williams."

"¿Abuelito, y también hicieron que esta pobre mujer huyera al bosque?" exclamó la pequeña Alice, quien mostraba un gran interés incluso por este tipo de polémicas.

"Sí, mi pequeña," contestó el abuelo, "y el final de su vida fue tan triste que ni siquiera lo deberían escuchar. Al momento de su partida, todo parece indicar, según los entendidos, que regaló la gran silla a su amigo Henry Vane. Éste era un joven muy talentoso y que aprendía rápido, había sido imbuido en las opiniones religiosas de los puritanos y decidió dejar Inglaterra con la intención de pasar el resto de sus días en Massachusetts. El pueblo lo eligió como gobernador pero las controversias alrededor de Mrs. Hutchinson y otros problemas, lo obligaron a dejar el país en 1637. Tienen que leer los eventos siguientes de su vida en la Historia de Inglaterra."

"Sí abuelo", dijo con entusiasmo Laurence "y los debemos leer en la biografía de Mr. Upham sobre Vane. A propósito ¡qué muerte tan hermosa tuvo! Hermosa, aunque murió en el paredón."

"La mayoría de las muertes más hermosas han sido allí," dijo el abuelo. "Los enemigos de todo hombre grande y bueno no pueden darle la gloria de otra manera más gloriosa que otorgándoles la corona del martirio."

Con el propósito de que todos los niños pudieran entender completamente toda la historia de la gran silla, el abuelo consideró oportuno hablar de los progresos que habían hecho varias colonias en su asentamiento. La colonia de Plymouth, de 1620, ya ha sido mencionada. En 1635 Mr. Hooker y Mr. Stone, dos ministros, acompañados por toda su comunidad, viajaron a pie de Massachusetts hasta Connecticut a través de los bosques vírgenes. Allí fundaron el pueblo de Hartford. En 1638 Mr. Davenport, un célebre ministro, junto con otras personas, arribó e inició una plantación en New Haven. En el mismo año, algunas personas que habían sido perseguidas en Massachusetts, fueron a la isla de Rhode, conocida desde entonces como Rhode Island, y se instalaron allí. Por la misma época, también varios colonos habían ido a Maine y estaban viviendo allí sin ningún gobierno regular. Así mismo había también colonos cerca del río Piscataqua, en la región que ahora se llama New Hampshire.

Así, en varios puntos a lo largo de la costa de Nueva Inglaterra, había varias comunidades de ingleses. Aunque estas comunidades eran independientes entre sí, todavía tenían una dependencia común de Inglaterra, y a pesar de que se encontraban a una gran distancia de su tierra natal, es casi seguro que todos se consideraban como hermanos. Se sentían dichosos con la idea de poder conformar un pueblo unido en el futuro. Quizás sus sentimientos de hermandad eran más fuertes debido a que varias naciones habían conformado colonias en el norte y en el sur. En Canadá y en Nova Scotia había colonias de franceses. En los bancos del río Hudson, una de holandeses, que habían tomado posesión del área muchos años antes, y la llamaban New Netherlands.

Estoy seguro de que en este punto el abuelo comenzaría a hablar de Maryland y Virginia; para este buen anciano parecía realmente que toda el área de los Estados Unidos había sido fundada para poner las cuatro patas de su gran silla sobre ella. Pero, dándole un vistazo a Charley, percibió que el inquieto muchacho se estaba impacientando y ya estaba maquinando otra cabalgata sobre su bastón. Así que, por el momento, el abuelo suspendió la historia de su silla.

 

 

CAPÍTULO 5

 

Los niños ya habían aprendido a mirar la silla como si se tratara casi de un ser consciente, y podían recordar los célebres personajes que habían reposado en ella. Incluso Charley, desprevenido como era, demostraba un sentimiento particular hacia esta venerable silla, y no concebía siquiera la idea de treparse y tomar posesión de ella, aunque no tuviera ningún escrúpulo para hacer lo mismo con cualquier otra silla de la casa. Igualmente, Clara trataba la silla con gran reverencia, y en algunas ocasiones limpiaba el cojín y sacudía el polvo de las flores y las demás figuras grotescas que tenía talladas en los apoyabrazos y en el espaldar de roble. En ocasiones Laurence se pasaba una hora entera sentada en la silla, especialmente al caer la tarde, y la contemplaba con asombro, recreando sus antiguos ocupantes e imaginándolos tomar posesión de ella una vez más.

Evidentemente, la pequeña Alice se dedicaba a imaginar cosas semejantes; en una ocasión que el abuelo tuvo que salir de viaje, la pequeña fue sorprendida mientras hablaba con la gentil Lady Arbella, como si aún estuviera sentada en la silla. Una niña tan dulce como la pequeña Alice, bien podía hablar con los ángeles, y en este caso Lady Arbella ya se había convertido en uno de ellos hace mucho tiempo.

Muy pronto el abuelo fue nuevamente importunado por los pequeños para que les contase más historias sobre la silla. El abuelo no tenía ninguna dificultad en relatar sus historias, pues como ya se habrá notado, los principales personajes de los inicios de nuestra historia, de un modo u otro, siempre encontraron reposo en los confortables brazos de esta silla. Si el abuelo sentía orgullo de algo, era precisamente de ser el dueño de una silla tan honorable e histórica como lo era ésta.

"No estoy muy seguro de quién tomó posesión de la silla después de que el gobernador Vane regresó a Inglaterra", dijo el abuelo, "pero hay razones para creer que el Presidente Dunster se sentó en ella cuando presidió la primera ceremonia de graduación en la Universidad de Harvard. Ustedes a menudo han oído hablar, niños, de los cuidados que nuestros ancestros empleaban para darle una buena educación a la juventud de su tiempo. Difícilmente habían talado uno o dos árboles para construirse un lugar donde vivir, cuando ya estaban pensando en establecer una universidad. Su objetivo principal era formar ministros en la piedad y en las letras, y por esta razón los cronistas más antiguos llamaban a la Universidad de Harvard "escuela de profetas".

"¿Todavía la universidad es una escuela de profetas, abuelo?" preguntó Charley.

"Ha pasado mucho tiempo desde que me gradué, Charley. Tienes que preguntarle a alguien que se haya graduado hace poco," respondió el abuelo. "Como les estaba diciendo, el Presidente Dunster se sentó en la silla del abuelo en 1642, cuando confirió el grado de bachiller en artes a nueve muchachos. Los primeros en recibir este honor en América. Y ahora, mis queridos oyentes, tengo que confesarles que aquí nos encontramos con algunos datos inciertos y contradictorios sobre las aventuras de la silla por un período de casi diez años. Algunos dicen que fue ocupada por nuestro propio ancestro, William Hawthorne, primer presidente N. del T. de la Cámara de Representantes. A pesar de todo, estoy casi satisfecho pues a lo largo de este incierto período fue literalmente la silla del Estado. Me alegra mucho imaginar que varios gobernadores sucesivos de Massachusetts se sentaron en ella en el Consejo de Estado."

"Pero, abuelo," interrumpió Charley, que era un tanto quisquilloso, "¿qué te lleva a imaginar eso?"

"Eso no importa, simplemente imagínalo, abuelo," dijo Laurence.

"Con el permiso de Charley, así lo haré," replicó el abuelo, mientras sonreía. "Consideremos entonces, por lo tanto, que Winthrop, Bellingham, Dudley, y Endicott, cuando fueron elegidos como gobernadores, tomaron posesión de su cargo en nuestra gran silla. En esta silla, así mismo, estos excelentes gobernadores presidieron sus reuniones con sus consejeros de cada provincia. El gobernador también se sentaba en esta silla cada vez que le llegaban comunicados de la Cámara de Representantes."

Aquí el abuelo tuvo ocasión de hablar, entrando en un tema tedioso, acerca de la naturaleza y las formas de gobierno que aquellos hombres establecieron, casi espontáneamente, en Massachusetts y en otras colonias de Nueva Inglaterra. La democracia acompañó el crecimiento natural del Nuevo Mundo; a pesar de que Massachusetts, por ejemplo, en sus inicios intentara ser gobernada por un Consejo desde Londres. Cuando había pasado un tiempo no muy largo, el pueblo ya tenía todo el poder en sus manos, y escogía anualmente el gobernador, los consejeros y los representantes. Las gentes de la Vieja Inglaterra nunca habían disfrutado de las libertades y los privilegios que ahora poseían los colonos de Nueva Inglaterra. Después de un gran estudio, estos no adoptaron ninguno de sus modelos de gobierno, sino que simplemente llegaron a ellos como si no fuera posible otro modo para gobernar.

"Pero," continuó el abuelo, "cuando quieras instruirte en estos puntos, tienes que buscar en la Historia de Bancroft. Yo estoy contando simplemente la historia de una silla. Continuemos. En el período durante el cual los gobernadores se sentaron en nuestra silla no hubo muchos hechos notables. La Provincia se había establecido sobre bases sólidas, pero no siguió creciendo tan rápido como en sus inicios, porque los puritanos no siguieron llegando desde Inglaterra como resultado de la persecución. Sin embargo, el aumento de la población siguió un curso natural y tranquilo. La Legislatura incorporó otros pueblos, y compró nuevas tierras a los indios. Un evento muy memorable tuvo lugar en 1643. Las colonias de Massachusetts, Plymouth, Connecticut, y New Haven se unieron con el propósito de asistirse mutuamente en las dificultades, y para defenderse de sus enemigos. Se autodenominaron Colonias Unidas de Nueva Inglaterra."

"¿Estaban bajo un gobierno similar al de los Estados Unidos?", inquirió Laurence.

"No," contestó el abuelo; "estas colonias no conformaron una nación con su unión, era simplemente una confederación entre los gobiernos. En cierta medida se parecía a las anfictionías, que ustedes recordarán de la historia griega. Pero, volvamos a nuestra silla. En 1644 fue altamente honrada por el gobernador Endicott que se sentó en ella cuando le dio audiencia al gobernador francés de Acadia o de Nova Scotia. En ese entonces se firmó un tratado de paz entre Massachusetts y la colonia francesa."

"¿Inglaterra permitía que Massachusetts hiciera la paz o a guerra con países extranjeros?" preguntó Laurence.

"Massachusetts junto con el resto de Nueva Inglaterra era entonces casi independiente de la madre patria," dijo el abuelo. "Hubo una guerra civil en Inglaterra y el rey, como ustedes imaginarán, estaba tan ocupado que no podía prestar la atención necesaria a estas remotas colonias. Cuando posteriormente el Parlamento tuvo el poder en las manos, igualmente estuvieron entretenidos lidiando con los Cavaliers. Así, Nueva Inglaterra, como un muchacho inquieto y lleno de vida que es rechazado por sus padres, empezó a encargarse de sí misma. Fue entonces, cuando Oliver Cromwell se convirtió en Protector de Inglaterra, y como buen puritano que era, y viéndose apoyado por los puritanos ingleses en todo momento, se mostró como un padre cariñoso e indulgente con las colonias de su gente en América."

Nadie calcularía por cuánto tiempo el abuelo podía hablar de este modo sin parar, pero éste sospechando que para Charley el tema era un poco árido, dio un vistazo al vivaz pequeñuelo, y lo pescó bostezando involuntariamente. El abuelo prosiguió entonces con la historia de la silla, y relató un incidente muy entretenido, como será visto en el próximo capítulo.

 

 

CAPÍTULO 6

 

"De acuerdo con las memorias más fiables, mis queridos hijos," dijo el abuelo, "por ese entonces, desgraciadamente se le rompió una pata a la silla. Probablemente a raíz de este accidente dejó de ser la silla de los gobernadores de Massachusetts; con seguridad habría sido un mal presagio para el bien común si la silla de Estado se hubiera tambaleado en sus tres patas. Siendo, por lo tanto, puesta en subasta -en desmejora de una silla que había tenido una compañía tan noble- nuestra venerable amiga fue rematada a un tal Capitán John Hull. Este caballero al examinar cuidadosamente la pobre silla, descubrió que su pata rota podía ser arreglada con unas simples platinas de hierro, y quedaría mejor que nueva."

"Esta es la misma pata que se le quebró," exclamó Charley, tirándose al suelo para observarla. "Y aquí están las platinas de hierro. ¡Quedó muy bien arreglada!"

Cuando todos examinaron la pata rota hasta quedar satisfechos, el abuelo les contó una historia sobre el Capitán John Hull y

 

Los Chelines del Pino

 

El Capitán John Hull era el maestro de la acuñación en Massachusetts, y hacía todas las monedas que se fabricaban allí. Esta era una línea de negocios nueva, ya que en los primeros días de la colonia, las monedas corrientes eran de plata y oro, y provenían de Inglaterra, Portugal y España. Al escasear, la gente se veía a menudo forzada a sacrificar sus comodidades con tal de no vender sus monedas.

Para dar un ejemplo, si alguien quería comprar una chaqueta, la cambiaba quizás, por una piel de oso. Si quería un barril de melaza, lo podía comprar a cambio de una pila de troncos de pino. Las balas de mosquete eran empleadas en vez del dinero. Los indios tenían un tipo de dinero llamado wampum, hecho de conchas de ostras, y esta extraña especie de moneda era aceptada por los colonos ingleses como pago de sus deudas. Nadie había escuchado hablar nunca de las cuentas bancarias. No había suficiente dinero en ninguna parte del país para pagar los salarios de los ministros, y estos se veían obligados a aceptar quintales de pescado, cargas de maíz o pilas de madera, en vez de plata o de oro.

A medida que la población se hizo más numerosa, el comercio también creció, y la necesidad de la moneda corriente se hizo sentir aún más. Para atender la demanda, la Corte General promulgó una ley para establecer el acuñamiento de chelines, monedas de seis y de tres peniques. El Capitán John Hull fue elegido para esta tarea, y es posible que ganara cerca de un chelín por cada veinte que hacía.

Así pues, toda la plata en la colonia pasó por las manos del Capitán John Hull. Los recipientes y las jarras de plata, las hebillas, las cucharas inservibles, los botones de plata de los abrigos desgastados, las empuñaduras de plata de las espadas que reposaban en la corte, junto con todos los artículos curiosos, todo fue a dar a la fundición. Pero la mayoría de la plata provenía de las ricas minas de Sur América, que los bucaneros -que eran un poco mejor que los piratas- habían tomado de los españoles, para traerla a Massachusetts.

Todo esta plata fue fundida y acuñada, para dar como resultado una inmensa cantidad de espléndidos chelines y piezas de peniques. Cada una tenía la fecha, 1652, en una cara, y la figura de un pino en la otra. Por ello se llamaron los chelines del pino. Y por cada veinte chelines que se acuñaban el Capitán John Hull se embolsaba uno, como ustedes recordarán.

Los magistrados muy pronto empezaron a sospechar que el maestro en el arte de hacer monedas se estaba llevando la mejor parte del contrato, y le ofrecieron una gran suma de dinero si renunciaba a aquél vigésimo chelín que iba a su bolsillo constantemente. Pero el Capitán Hull se declaró completamente satisfecho con su chelín. Y así debió de ser en verdad, pues al hacer con tanta diligencia su trabajo, en muy pocos años, sus bolsillos, su bolsa y su caja fuerte estaban nadando en chelines del pino. Posiblemente esa era su situación cuando tomó posesión de la silla del abuelo, y como había trabajado sin parar en la acuñadora, era justo que tuviera una silla confortable para descansar.

Cuando el maestro en la acuñación se había hecho muy rico, un joven, que tenía por nombre Samuel Sewell, empezó a cortejar a su única hija. Su hija -de cuyo nombre no me acuerdo, pero que llamaremos Betsey- era una muchacha educada y de buen corazón, ello sin tener en cuenta que no era una sílfide como algunas mujeres de nuestros días. Por el contrario, su esmerada dieta de tartaletas de calabazas, donas, manjares nativos, y otras delicias de la cocina puritana, la tenían redonda y rozagante como un pudín. Samuel Sewell se enamoró de esta simpática gordita, Miss. Betsey, y siendo un hombre de buen carácter, industrioso en sus negocios y un buen miembro de la iglesia, nuestro acuñador dio su consentimiento sin pensarlo dos veces.

"Sí, la puedes tomar," dijo él, con su rudo estilo, "y encontrarás en ella una carga lo suficientemente pesada."

El día de la boda, podemos suponer que el bueno de John Hull usaba una chaqueta de un negro rojizo, con botones de chelines del pino. Los botones de su chaleco eran monedas de seis piezas de peniques, y los demás botones del resto de su atuendo eran monedas de tres piezas. Vestido así, se sentó con gran dignidad, y su porte y elegancia ocupaban toda la silla del abuelo. Del otro lado de la habitación, entre sus damas de compañía, estaba sentada Miss Betsey. Estaba ruborizada con todas sus fuerzas, y parecía una peonía completamente abierta, o una gran mazana roja.

Allí también se encontraba el novio, vestido con una elegante chaqueta de color púrpura y un chaleco con accesorios de oro, con tanto lujo como las leyes y las costumbres de los puritanos, permitían vestirse. Su cabello lucía muy corto, porque el gobernador Endicott había prohibido a todos los hombres llevarlo más allá de la altura de las orejas. A pesar de este pequeño detalle, era un hombre muy distinguido y así lo pensaban las damas de honor y la misma Miss Betsey.

Nuestro acuñador estrella también estaba muy complacido con su nuevo yerno, especialmente porque había cortejado a Miss Betsey únicamente por puro amor, y no se le había dicho nada acerca de la fortuna de su novia. Cuando la ceremonia concluyó, el Capitá Hull susurró una o dos palabras a dos de sus sirvientes, quienes salieron inmediatamente del lugar, y regresaron muy pronto cargando una inmensa balanza. Era tan grande como las que los comerciantes empleaban para pesar sus preciadas mercancias, tan preciadas como lo que ahora sería pesado en ella.

"Hija," dijo el acuñador, "súbete a un lado de la balanza."

Miss Betsey -o Mrs. Sewell, como debemos llamarla ahora- hizo lo que se le dijo como una niña obediente, sin hacer ninguna pregunta del porqué, o el cómo, o el cuándo. Pero de la intención de su padre, a menos que fuera cobrar a su esposo el valor de ella en peso (en cuyo caso hubiera tenido un gran problema), ella no tenía la menor idea.

"Y ahora," dijo el buen John Hull a sus sirvientes, "traigan ese baúl que está allá."

El baúl al cual el gran acuñador se refería era enorme, cuadrado, con bordes de acero, y cuerpo de roble; era lo suficientemente grande, mis queridos niños, para que ustedes cuatro pudieran jugar a las escondidas dentro de él. Los sirvientes intentaron moverlo con toda su fuerza y su empeño, pero no pudieron levantar aquel enorme receptáculo, y finalmente se vieron obligados a arrastrarlo a lo largo de la habitación. El Capitán Hull sacó entonces una llave de su chaleco, abrió la cerradura, y levantó su portentosa tapa. ¡Atención! Estaba repleta de los relucientes chelines del pino, recién sacados de la acuñadora; y Samuel Sewell empezó a pensar que su suegro era el dueño de todo el dinero del tesoro de Massachusetts. Pero aquellos chelines, simplemente eran el resultado honesto de su trabajo en la acuñadora.

Los sirvientes, entonces, bajo la supervisión del Capitán Hull, empezaron a depositar grandes manojos de chelines en el otro lado de la balanza, mientras que Betsey permanecía en el otro. Tilín, Tilín sonaban los chelines, mientras caían y caían las monedas a manojos hasta que por fin, tan gorda y voluminosa como era, la joven dama fue levantada del suelo.

"Aquí lo tienes, hijo," dijo nuestro acuñador a su yerno mientras reposaba en la silla del abuelo, "toma estos chelines por la dote de mi hija. Trátala con cariño y agradécele al cielo por ella. ¡No todas las esposas valen su peso en plata!"

Los niños se rieron sin parar con esta leyenda, y no estaban completamente convencidos de su veracidad pues creían que el abuelo lo había inventado todo. Sin embargo, él les aseguró que había encontrado este relato en un libro de historia muy serio, y que simplemente había intentado contarla con un estilo más divertido. En lo que respecta a Samuel Sewell, posteriormente llegó a ser jefe de justicia de Massachusetts.

"Bien, abuelo," señaló Clara, "si las dotes del matrimonio todavía se siguieran pagando como en el caso de Miss Betsey, las mujeres de hoy no se preocuparían tanto de sus esbeltas figuras."

 

 

CAPÍTULO 7

 

Cuando los pequeños se acomodaron nuevamente alrededor de la silla, el abuelo les contó la aterradora historia de la persecución de los cuáqueros, que comenzó en 1656 y se extendió por tres años en Massachusetts.

En primer lugar, el abuelo les narró cómo doce seguidores de George Fox, el primer cuáquero en el mundo, habían venido de Inglaterra. Según su parecer, eran hombres llenos de un amor inquebrantable por todas las almas y de un deseo sincero por predicar a todos lo que ellos consideraban como una revelación del cielo. Sin embargo, los gobernadores los miraban con recelo pues creían que estaban minando los cimientos de la religión y las leyes, y muy pronto los obligaron a retirarse de la colonia. Al poco tiempo, para desconcierto de todos, no sólo habían regresado los primeros doce, sino que ahora una multitud de otros cuáqueros venían para apoyarlos en sus protestas contra los legisladores, y en sus súplicas contra los sacerdotes y los que los habían expulsado.

El abuelo describió el odio y la saña con los cuales fueron recibidos estos entusiastas visitantes. Tanto los hombres como las mujeres fueron confinados en calabozos y sufrieron por igual los suplicios del azote; finalmente, los puritanos los abandonaron en medio del inhóspito bosque, a merced de las bestias salvajes y de la voluntad de los indígenas. Los niños, por su parte, estaban sorprendidos al escuchar que mientras los cuáqueros sufrían con mayor rigor torturas, cárceles y expulsiones, su secta crecía más y más, tanto con puritanos conversos, como con personas de otros lugares. El abuelo les dijo que Dios había puesto algo en el corazón del hombre que siempre reducía a la nada las crueldades del perseguidor.

Su relato saltó hasta 1659, cuando dos cuáqueros, llamados William Robinson y Marmaduke Stevenson, fueron ahorcados en Boston. Una mujer había sido sentenciada junto con ellos a la horca pero su pena fue perdonada con la condición de que abandonase la colonia. Su nombre era Mary Dyer. En el año 1660 Mary regresó a Boston a pesar de que sabía que la muerte la estaba aguardando allí; y si el abuelo había sido correctamente informado, un incidente que ocurrió entonces, estaba relacionado con nuestro relato. Esta Mary Dyer entró en la residencia del acuñador estrella, vestida de sayal y ceniza, y se sentó con cierto aire de dignidad en nuestra gran silla. Comenzó entonces a anunciar el mensaje que según ella había recibido del cielo, pero en medio de su predicación fue capturada y llevada a prisión.

"¿Y fue ejecutada?" preguntó Laurence.

"Sí, fue ejecutada," dijo el abuelo.

"¡Abuelo," exclamó Charley, apretando su puño, "yo hubiera luchado por esa pobre mujer!"

"¡Ah, pero si una sola espada se hubiera levantado en su favor," dijo Laurence, "la dignidad de su muerte habría desaparecido!"

Parecía que ninguna historia había suscitado tanto interés por la silla del abuelo como el hecho de que la pobre y perseguida cuáquera se hubiera sentado por un momento en ella para descansar. Los niños estaban tan exaltados que el abuelo consideró necesario darle fin a la historia de la persecución.

"En 1660, el mismo año en el cual fue ejecutada Mary Dyer", dijo el abuelo, "Charles II retomó el trono de Inglaterra. Este rey, a pesar de tener muchos defectos, afortunadamente nunca permitió que se derramase una sola gota de sangre, por cuestiones religiosas, en ningún lugar de sus dominios. Los cuáqueros de Inglaterra le informaron detalladamente todo lo que había sucedido con sus hermanos en Massachusetts, e inmediatamente envió órdenes al gobernador Endicott para prohibir tales procedimientos en el futuro. Y así termina la persecución de los cuáqueros, uno de los pasajes más tristes en la historia de nuestros ancestros."

El abuelo, entonces, le contó a sus oyentes, que poco después del incidente anterior el maestro en el arte de la acuñación le dio la gran silla al Rev. Mr. John Eliot, primer ministro de Roxbury. Además de atender a sus deberes pastorales, este ministro aprendió el lenguaje de los nativos y a menudo se internaba en el bosque para dialogar con ellos. Fue tal el empeño que puso en su labor pastoral que muy pronto se ganó el apodo de apóstol de los indígenas. La mención de este santo varón le sugirió al abuelo la idea de dar un pequeño repaso a la historia de los indígenas, antes de que llegaran los colonos ingleses.

Un poco antes de la llegada de los primeros peregrinos a Plymouth una plaga atacó de tal modo a los nativos, que los ministros y los ancianos de aquel entonces pensaban que la Providencia había enviado este mal para abrir un poco de espacio a los colonos ingleses que estaban a punto de llegar. Sin embargo, no sé porqué debemos suponer que la vida de un aborigen es menos preciosa a los ojos de Dios, que la vida de un blanco. Siendo como sucedió, sin lugar a dudas, la muerte estaba muy ocupada con las tribus salvajes.

En muchos lugares los ingleses encontraron tribus desiertas, cosechas de maíz perdidas, sin un sólo grano segado. Había incluso montículos de tierra por doquier, llena de arcos, flechas y lanzas con puntas de piedra, eran tumbas de los guerreros nativos, que al morir eran enterrados con sus armas. En algunas áreas también se encontraron cráneos y restos de otros huesos humanos que yacían en el suelo sin sepultar. En 1633, así como en los años siguientes, la viruela atacó la población indígena de Massachusetts, y centenares de aborígenes encontraron la muerte con esta enfermedad traída del Viejo Mundo. Todas estas desgracias hicieron de ellos un pueblo mucho más débil.

Hasta casi medio siglo después de la llegada de los ingleses los nativos siempre se mostraron amistosos y pacíficos. Generalmente eran sumisos incluso en las ocasiones en que hubieran tenido éxito en la guerra. Los colonos de Plymouth, liderados por el famoso capitán Miles Standish, asesinaron varios nativos en 1623, sin ninguna razón justa para hacerlo. En 1636, y el año posterior, tuvo lugar la guerra más sangrienta que hasta entonces había ocurrido entre los indígenas y los ingleses. Los habitantes de Connecticut, asistidos por el célebre jefe indígena llamado Uncas, y apoyados aunque no lo suficiente por Massachusetts, sufrieron las peores consecuencias de esta guerra. Centenares de aguerridos indígenas fueron asesinados vilmente, muchas veces incluso incinerados en sus propias tiendas. Sassacus, su cacique, quiso refugiarse en otra tribu, después de que su propia gente había sido vencida, pero encontró la muerte allí, y su cabeza fue enviada a sus propios enemigos ingleses.

Desde ese período hasta el tiempo de la Guerra del Rey Philip, que será mencionada más adelante, no hubo mayores inconvenientes con los indígenas, pero los colonos se mantenían en guardia, con sus armas siempre listas para el combate.

"Algunas veces me pregunto," dijo el abuelo cuando les estaba contado estas cosas a los pequeños, "algunas veces me pregunto, si hubo más de un solo hombre entre nuestros ancestros que considerara que los indios poseían un corazón, una mente y un alma inmortal. Yo creo que ese único hombre fue John Eliot. El resto de los primeros colonos, al parecer, pensaban que los indios eran una raza inferior de seres, a los cuales el Creador simplemente les había permitido cuidar de este magnífico país, hasta que los blancos llegaran para reclamarlo."

"¿Los colonos más piadosos de aquellos días nunca intentaron evangelizarlos?" preguntó Laurence.

"En algunas ocasiones, es posible que algunos ministros," respondió el abuelo, "hablaran de civilizar y evangelizar a los nativos, pero en el fondo de su corazón querían civilizar los enmarañados bosques para hacer de ellos un lugar lo más parecido que fuera posible al paraíso. Ellos no tenían fe en el éxito de una misión como la de la evangelización porque no sentían ningún aprecio por los pobres indígenas. Eliot, por su parte, estaba lleno de amor por ellos, y no le faltó ni la fe ni la esperanza necesarias para gastar toda su vida en beneficio de estas gentes."

"Yo primero los habría conquistado y después los habría convertido" dijo Charley.

"¡Ah, Charley, acaba de hablar el espíritu de nuestros antepasados por tu boca!", replicó el abuelo. "Pero Mr. Eliot tenía un espíritu mejor. Él los trataba como si fueran sus hermanos. Persuadió a tantos como pudo para que dejaran sus costumbres desordenadas y se dedicaran a construir casas y a cultivar la tierra, tal como lo hacían los ingleses. Mr. Eliot montó escuelas para ellos y enseñó a muchos a leer. Igualmente les enseño a orar, hasta tal punto que ya los conocían como los indios rezanderos. Finalmente, habiendo dedicado los mejores años de su vida en beneficio de los indígenas, Mr. Eliot decidió emplear sus últimos días en una labor que los beneficiaría aún más."

"¡Yo sé de que se trata!" dijo Laurence.

"Se sentó en su estudio," prosiguió el abuelo, "y empezó a traducir la Biblia en la lengua de los nativos. Fue mientras estaba ocupado en esta gran labor cuando nuestro acuñador le dio su gran silla. Su oficio la requería y la merecía."

"¡Oh, abuelo, cuéntanos todo lo que puedas sobre la Biblia de los aborígenes!" exclamó Laurence. "Yo la he visto en la biblioteca del Athenaeum; de sólo pensar en que no queda un solo indio para que la lea, se me salen las lágrimas."

 

 

CAPÍTULO 8

 

Como el abuelo era un gran admirador del apóstol Eliot no tuvo ningún problema en satisfacer la petición que Laurence le había hecho al final del capítulo anterior. Procedió muy complacido a contar cómo el buen Eliot trabajaba en la traducción de

 

 

La Biblia de los Nativos

 

Mis queridos niños, aún con toda una vida por delante, qué dirían si les pidieran que copiaran todos y cada uno de los capítulos, los versos y las palabras de esa Biblia que está allí. ¿No creen que sería un trabajo extremadamente difícil? Pero si el encargo no fuera simplemente transcribir la Biblia en ingles, sino además aprender una lengua completamente diferente a las demás, -una lengua que nunca había sido aprendida en estas tierras por nadie más que por los mismos nativos, y que nunca había sido escrita, con unas palabras tan extrañas que parecía inexpresable en letras-, si la misión fuera, aprender primero esta lengua, para después traducir la Biblia muy cuidadosamente de modo que ni una sola idea del libro sagrado fuera cambiada, ¿habría algo en el mundo por lo cual harían este trabajo? Pues, precisamente esto fue lo que el apóstol Eliot hizo.

Era una tarea enorme para un hombre que se estaba volviendo viejo. ¿O acaso podía esperar alguna recompensa en la tierra? No, sin esperar ninguna recompensa creía que los aborígenes eran descendientes de aquellas tribus perdidas de Israel de las cuales no se sabía nada en la historia desde hace miles de años. Mr. Eliot tenía la esperanza de que los ingleses, gentiles como eran, habían sido enviados por Dios a cruzar el océano para iluminar esta porción de su rebaño que vivía en tinieblas, pero que un día había sido su elegida. Cuando Mr. Eliot predicaba, confiaba en que se encontraría con las almas de sus hijos en otro mundo, y que el gozo de todos los que lo escuchaban crecería mucho más gracias a su paciente labor de traducir la palabra de Dios. Esta esperanza y a la vez esta certeza, eran más valiosas para él que cualquier recompensa terrenal.

En ocasiones, mientras se encontraba ocupado en su labor, recibía visitas de algunos hombres letrados, que deseaban conocer el trabajo literario que Mr. Eliot tenía entre manos. Ellos, al igual que Mr. Eliot, habían sido educados en los claustros de una universidad, y se suponía que poseían toda la erudición que el género humano había alcanzado en todas las edades. El griego y el latín eran tan familiares para ellos como las primeras palabras que pronunciaron de pequeños. El hebreo era como su lengua materna. Habían crecido y envejecido estudiando y sus ojos ya estaban cansados de leer meticulosamente hasta medianoche todo tipo de textos y manuscritos a la luz de una lámpara.

¡Ah, y cuánto les faltaba todavía por aprender! Probablemente Mr. Eliot les mostraría algunas de las páginas que había escrito, pero para sorpresa de todos, los ilustradísimos ancianos tartamudeaban a lo largo del extraño texto, como un niño lo haría en sus primeros intentos por leer. Entonces, el apóstol llamaría a un pequeño indígena, uno de sus estudiantes, y le entregaría el manuscrito que para los ingleses había sido un jeroglífico indescifrable.

"Lee esto, hijo mío", le diría; "estos son unos hermanos míos, que les encantaría escuchar el sonido de vuestra lengua nativa."

Entonces, el indiecito clavaría los ojos en el misterioso manuscrito, y lo leería con tal destreza que sonaría como música salvaje. Sin lugar a dudas, aquello parecería como si las hojas del bosque estuvieran cantando y las aguas de los distantes riachuelos fluyeran por la garganta del pequeño nativo. Tales eran los sonidos que la lengua del pequeño había producido que aún se podían escuchar sus ecos.

La lección había terminado, y seguramente Mr. Eliot le regalaría a su discípulo una manzana o un pedazo de torta, y lo dejaría tranquilo para que volviese a disfrutar de la pureza del aire que su ser nativo tanto amaba. El apóstol era muy cariñoso con los niños, y en ocasiones compartía incluso con ellos sus juegos. Cuando sus visitantes se despedían, este buen hombre volvía pacientemente a iniciar su labor.

Ningún otro inglés había entendido nunca la naturaleza de los indígenas tan bien, ni ningún otro poseía una influencia tan grande sobre las tribus de Nueva Inglaterra, como el apóstol Eliot. Su consejo y su asesoría eran muy importantes para los colonos en las transacciones comerciales con los indígenas. Ocasionalmente, el gobernador y algunos de sus consejeros iban a visitarlo, quizá en busca de algún método para alejar a los nativos del bosque. Preguntaban, no lo sabemos, como podrían obtener posesión de este o aquel pedazo de tierra. O en el peor de los casos, hablarían de la manera para convertir a los indios en sus sirvientes, como si Dios los hubiera predestinado para vivir en una esclavitud perpetua al servicio de los blancos.

Quizás, también, algún temerario capitán, vestido con su chaquetón de piel, acompañaría al gobernador y a sus consejeros en estas visitas, y acariciando la empuñadura de su arma, declararía que el único método para tratar a los nativos era enfrentarlos con las espadas desenvainadas y los mosquetes preparados.

El apóstol por su parte, resistía la astucia de los políticos y la fiereza del guerrero.

"Traten a estos hijos del bosque como hombres y como hermanos, " diría el apóstol "y dejen que nosotros intentemos hacer de ellos unos buenos cristianos. Sus ancestros pertenecieron a aquella raza escogida que el mismo Dios liberó en Egipto de la esclavitud. Quizás Dios nos ha escogido a nosotros para que libremos a los niños de la ignorancia y la idolatría, las esclavitudes más crueles. Seguramente con este propósito fuimos conducidos a través del océano hasta estas tierras."

Cuando estos otros visitantes se iban, Mr. Eliot retomaba la página a medio escribir. Difícilmente se permitía un momento de descanso en su difícil labor. Él sentía que en el libro que estaba traduciendo, yacía un profundo conocimiento tanto humano como divino, que se bastaría a sí mismo para civilizar y educar las tribus salvajes que lo leyesen. Dejen que la Biblia sea difundida entre ellos, y los demás bienes terrenales vendrán por añadidura. Pero qué compleja era esta consideración, cuando él quería hacer creer que la eterna felicidad de un pueblo entero dependía del cumplimiento de algo que él mismo había hecho. ¿Qué sucedería entonces si su mano se paralizase? ¿Qué si su mente perdiese su lucidez? ¿Qué si la muerte le hubiese llegado antes de que terminase su trabajo? Los aborígenes estarían entonces condenados para siempre en las tinieblas del ateísmo.

Empujado por estos pensamientos, Mr. Eliot se sentó a escribir en la gran silla mientras la placentera brisa del verano entraba por su ventana, y los troncos del bosque ardían en su chimenea y liberaban su humo y sus crujidos en la melancólica atmósfera. Antes de que el primer pájaro cantara en la mañana, la lámpara de Mr. Eliot estaba prendida, y a media noche su pobre cabeza aún no reposaba sobre la almohada. Finalmente, echado en la gran silla, pudo decirse a sí mismo, con santa satisfacción: "¡El trabajo está terminado!"

Estaba listo. He aquí la Biblia de los Nativos. Aquellos descendientes perdidos por tantos siglos de las diez tribus de Israel, podían conocer ahora la historia de sus ancestros. Esta gracia que habían perdido los antiguos israelitas era ofrecida nuevamente para sus descendientes.

Sin que sea motivo de impiedad creerlo, cuando su larga vida terminó, el apóstol de los indígenas fue recibido en las moradas celestiales por los profetas de los primeros días y por aquellos primeros apóstoles y evangelistas que habían recibido su inspiración directamente de la presencia del Salvador. Ellos habían anunciado la verdad y la salvación al mundo entero, y Eliot, muchos siglos después, lleno del mismo espíritu, había anunciado el mismo mensaje al Nuevo Mundo de occidente. Desde los primeros días del cristianismo, no había existido un hombre que mereciera como Eliot ser recordado entre el coro de los apóstoles.

"No quedo satisfecho pensando", observó Laurence, "que la labor de Mr. Eliot únicamente fuera útil para unos cuantos indígenas de su propio tiempo. Indudablemente, él no habría renegado de su trabajo, aunque únicamente hubiera salvado una sola alma. Pero me parece muy triste que se haya tomado el trabajo de traducir la Biblia y que actualmente los indígenas junto con su lengua hayan desparecido. La propia Biblia es prácticamente la única reliquia que conservamos de ellos."

"Laurence," dijo el abuelo, "si alguna vez dudas que el hombre es capaz de entregar su vida desinteresadamente por el bien de sus hermanos, entonces recuerda cómo luchó el apóstol Eliot durante toda su existencia. Y si sientes que tu corazón sólo se ocupa de tus propios asuntos, entonces recuerda la Biblia de los Nativos de Mr. Eliot. Es bueno para la humanidad que hombres como éste hayan existido y nos hayan dejado el legado de sus vidas."

Las lágrimas brotaron de los ojos de Laurence, y se dio cuenta de que Eliot no había trabajado en vano. La pequeña Alice alzó los brazos y abrazó a su abuelo, acercando sus cabellos de oro a las canas del anciano.

"¡Abuelo," susurró la pequeña, "quiero besar al bueno de Mr. Eliot!".

Y sin lugar a dudas el buen Mr. Eliot recibiría lleno de alegría el beso de una niña tan dulce como la pequeña Alice, y lo aceptaría como una parte de su recompensa celestial.

El abuelo señaló que el Dr. Francis había escrito una biografía muy hermosa de Eliot, y recomendó a Laurence que le diera una vistazo. Después habló sobre la Guerra del Rey Philip, que comenzó en 1675 y finalizó con la muerte del mismo, en el año siguiente. Philip era un indio aguerrido y temerario, que Mr. Eliot vanamente había intentado convertir a la fe cristiana.

"Tuvo que haber sido muy angustioso para el apóstol", continuó el abuelo, "enterarse de las matanzas y los odios que se levantaban entre sus propios compatriotas, aquellos por los cuales sentía un amor de padre. Algunos de los discípulos de Mr. Eliot se unieron a los seguidores del rey Philip, mientras que un gran número lucho al lado de los ingleses. En el transcurso de la guerra la pequeña comunidad de nativos que Mr. Eliot había adoctrinado fue dispersada, y seguramente nunca volvió a ser la misma. A pesar de todo, la firmeza de Mr. Eliot no despareció, y cinco años antes de su muerte se tomó el trabajo de preparar una nueva edición de la Biblia de los Nativos."

"Abuelito", dijo Charley "quiero que nos cuentes todo lo que sepas sobre la Guerra del Rey Philip."

"¡Oh, no!" exclamó Clara "¿Quién quier oír hablar sobre hachas y cuchillos?"

"No, Charley", replicó el abuelo, "no tenemos tiempo para distraernos en batallas. Tienes que contentarte con saber que fue la guerra más sangrienta que los indígenas sostuvieron con los blancos, y que, al finalizar, los ingleses clavaron la cabeza del rey Philip en un mastín."

"¿Quién era el capitán de los ingleses?" preguntó Charley.

"Su capitán más notable era Benjamin Church, un guerrero muy famoso", dijo el abuelo. "Pero te aseguro, Charley, que ni el capitán Church, ni ningún otro de los oficiales o de los soldados que lucharon en la Guerra del Rey Philip, hicieron siquiera la milésima parte de lo que Mr. Eliot hizo cuando tradujo la Biblia para los indígenas."

"Deja que Laurence sea el apóstol", dijo Charley, "y yo seré el capitán."

 

 

CAPÍTULO 9

 

Los niños ya estaban acostumbrados a reunirse alrededor de la silla del abuelo en sus momentos libres, el cuadro era simpático: un anciano de cabellera blanca rodeado por un manojo de jóvenes muy atentos. Cuando el abuelo les hablaba, se trataba del pasado dirigiéndose al presente, o mejor, al futuro, pues los niños pertenecían a una generación que todavía no era plenamente de ellos. Hasta el momento la vida para ellos consistía en pasarla bien y en aprender todo lo posible de miles de fuentes. Todavía no era su tiempo para actuar.

Algunas veces, al contemplar los rostros de los niños y sus indescriptibles expresiones, el abuelo no podía evitar que en medio de sus narraciones se le escaparan una o dos lágrimas. Para el abuelo era absolutamente necesario que los niños conocieran algo del pasado y que así mismo, aportaran algo en el futuro. Él deseaba que siguieran siendo por siempre las mismas creaturas llenas de vida y felicidad que se reunían alrededor de su silla sin dudar por un instante de la veracidad de todo lo que escuchaban. El abuelo temía entonces que su pequeña Alice, una florecilla tan tierna como era, tuviera que crecer en cualquier jardín, y abrir sus pétalos en un mundo tan hostil. Sí, la pequeña Alice era tan dulce que su infancia parecía eterna.

Estas elucubraciones no eran más que sombras fugaces que atravesaban el corazón del anciano. Él tenía la fe necesaria para creer y el conocimiento suficiente para saber, que una flor abierta era más hermosa y feliz que un pobre botón. Aunque el abuelo estaba en aquel período de la vida en el que el velo de la muerte está presto a cubrir el alma, en lo más profundo de sus ser era consciente de una cosa que no cambiaría por las mejores alegrías de su niñez. Se trataba del gozo de saber que todas las experiencias en esta tierra -lo que había gozado o sufrido, o visto, o escuchado, o hecho a lo largo de toda su vida- le habían regalado siempre una enseñanza. De la misma manera era gozoso para él, aunque nadie lo notara, crecer con los niños y hacer parte del sustento para la inmortalidad de sus vidas.

Así el abuelo, con una alegría renovada, continuó con la historia de su silla, confiando en que una sabiduría incluso más profunda que la suya, surgiría de estas florecillas, como una fragancia que perduraría para siempre.

A esta altura de la historia el abuelo se devolvió al año 1660. Habló del desconcierto y la decepción con que los puritanos recibieron la noticia de la ascensión de Charles II al trono de su padre. Cuando la muerte alcanzó a Oliver Cromwell, este gran protector no tenía dolientes más sinceros en ningún otro lugar como en Nueva Inglaterra. Aunque el nuevo rey había estado más de un año en el trono antes de que su ascensión fuera proclamada en Boston, si los gobernadores se hubieran opuesto a celebrar la ceremonia pertinente, habrían sido sujetos del cargo de traición.

A pesar de todo, durante el reinado de Charles II, las colonias americanas tuvieron muy pocas razones para quejarse de un trato injusto o tiránico. Pero cuando Charles murió en 1685, y fue sucedido por su hermano James, los patriarcas de Nueva Inglaterra comenzaron a temblar de miedo. El rey James era un católico intransigente, conocido por su mal temperamento. Los protestantes, y mucho más los puritanos, temían que empleara su potestad para restaurar el poder papal a lo largo y ancho de todos sus dominios. Nuestros ancestros sentían que no había garantías ni para su religión ni para el uso de sus libertades.

Los resultados confirmaron sus temores. El rey James retuvo las cartas reales de todas las colonias de América. La vieja carta de Massachusetts, que todos consideraban como el fundamento sagrado de todas sus libertades, fue declarada inválida. Los colonos ya no eran hombres libres, dependían de ahora en adelante completamente de la voluntad del rey. Al inicio, en 1685, el rey nombró a Joseph Dudley, un nativo de Massachusetts, como presidente de Nueva Inglaterra. Pero poco después Sir Edmund Andros, un oficial del ejército inglés, arribó con una comisión para tomar posesión de su cargo como gobernador general de Nueva Inglaterra y Nueva York.

El rey le había dado tales poderes a Sir Edmund Andros que en sus colonias no había había ni libertad ni leyes. Los habitantes no podían escoger sus representantes y en consecuencia no tenían ninguna voz en el gobierno, ni podían ejercer ningún control sobre las medidas que eran adoptadas. Los consejeros del gobernador en materias estatales eran elegidos directamente por él mismo. En definitiva, este tipo de gobierno no tenía nada que envidiarle a cualquier tiranía.

"El pueblo sufrió mucho mientras Sir Edmund Andros los gobernó", continuó el abuelo "y sus aprensiones y recelos aumentaron. Los soldados que vinieron con este gobernador desde Inglaterra tomaron posesión de los antiguos fuertes de la isla de Castle y de la fortificación de Fort Hill. Se rumoraba, en ocasiones, que los soldados perpetrarían una masacre general de los habitantes en cualquier instante. Incluso, había reportes que indicaban que todos los ministros serían ejecutados o encarcelados."

"¿Por qué?" preguntó Charley.

"Porque ellos eran los líderes del pueblo, Charley" dijo el abuelo. "En esos días un ministro era más importante que un general, Charley. Bien, mientras estas cosas sucedían en América, el rey James estaba gobernando tan mal al pueblo inglés que la misma población mandó traer desde Holanda al Príncipe de Orange, esposo de la hija del rey. Al estar casado con la princesa de Inglaterra todos consideraban que tenía derecho a reclamar la corona. A su llegada a Inglaterra, el Príncipe de Orange, fue proclamado como rey, con el nombre de William III. El pobre anciano, el rey James, no tuvo otra salida que huir hacia Francia.

El abuelo contó cómo, al primer indicio de la llegada del Príncipe de Orange a Inglaterra, la gente de Massachusetts se levantó contra el gobierno de Sir Edmund Andros. Él, junto con Joseph Dudley, Edmund Randolph, y sus demás compañeros, fueron enviados a prisión. El viejo Simon Bradstreet, que había sido gobernador cuando el rey James invalidó la carta real, fue llamado para que retomase su antiguo cargo.

"El gobernador Bradstreet era un anciano venerable, de casi noventa años de edad," dijo el abuelo. "Había venido con los primeros colonos y fue compañero íntimo de todos los hombres célebres y famosos que iniciaron la fundación de las primeras colonias. Todos ellos se fueron a la tumba antes que Bradstreet, el último de los puritanos."

El abuelo hizo una pausa y sonrió, como si tuviera algo muy importante que decirles a sus oyentes. Entonces continuó.

"Y ahora, Laurence (y Clara, y Charley, y mi pequeña Alice), ¿qué silla creen ustedes que ocupó el venerable gobernador en la Cámara de Consejo? ¿Creerían ustedes que se trata de esta misma silla donde el abuelo está sentado precisamente en este momento, y de la cual les está contando todas estas historias?"

"¡Me alegra muchísimo escucharlo!", exclamó Charley, con un grito de alegría. "Pensé que ya te habías olvidado de la silla."

"Contemplar a este venerable patriarca de largas barbas blancas, tomar posesión de la silla de Estado, tuvo que haber sido un espectáculo muy gratificante y solemne. Las memorias de sus últimos años, nos indican que el lugar donde hoy se levanta nuestra populosa ciudad, fue una península completamente desolada. La provincia que ahora conocemos por la fertilidad de sus tierras y por sus prósperas villas, fue poco menos que un inhóspito bosque. El venerable anciano estaba rodeado por una multitud de personas que en su mayoría habían nacido en la tierra que él mismo había fundado. Mirando a su alrededor, el venerable patriarca tuvo que haber sentido que ya era hora de reunirse con los hermanos que se le habían adelantado en la muerte. Sin lugar a dudas, todos ellos pertenecían a una generación y él a otra."

"¿Ya estaban muertos todos los fundadores?" preguntó Laurence.

"Sí, todos ya se habían ido," replicó el abuelo. "Winthrop había muerto hacía cuarenta años. Endicott murió estando muy viejo en 1655. Sir Henry Vane falleció en Londres al inicio del reinado de Charles II. Del mismo modo, Haynes, Dudley, Belingham, y Leverett yacían todos en sus tumbas. El viejo Simon Bradsetreet era el único representante vivo de esta generación. No quedaba ningún otro hombre en la vida pública que pudiera unir los antiguos usos y costumbres con el nuevo sistema de gobierno que comenzaba a emplearse. La era de los puritanos había terminado."

"¡Cuánto lo siento!" exclamó Laurence; "aunque eran muy rígidos en sus costumbres, no puedo dejar de creer que tenían un lado cálido y amable. Yo opino, abuelo, que cada uno de estos famosos gobernadores debería tener su propia estatua en la Casa de Estado, esculpida en las piedras de granito más sólidas de Nueva Inglaterra."

"No sería una mala idea Laurence" dijo el abuelo, "pera quizás el cemento o algún otro material más maleable estaría bien para sus sucesores. Pero volvamos a nuestra silla. Fue ocupada por el gobernador Bradstreet desde el mes de abril de 1689 hasta el mes de mayo de 1692. Sir William Phipps llegó ese año a Boston con una nueva carta del rey William y con el encargo de ser el nuevo gobernador."

 

 

CAPÍTULO 10

 

"¿Y qué pasó con la silla?" preguntó Clara.

"A lo largo de todos sus años de servicio," dijo el abuelo, "nuestra silla nunca había tenido tan mal aspecto. Al perder su esplendor no pudo permanecer en la Cámara de Consejo de Massachusetts y fue desechada como un trasto viejo; sin embargo, Sir William Phipps, sabía que era una silla valiosa y resolvió llevarla a su lujosa residencia. Sin ningún reparo por su condición de gobernador, tomó la silla y con sus propias manos reparó uno de los brazos que estaba ligeramente dañado."

"¡Sí abuelo, éste es el brazo!" interrumpió Charley, lleno de asombro. "¿Y Sir William Phipps puso estos tornillos con sus propias manos? Estoy seguro de que lo hizo muy bien. ¿Pero cómo todo un gobernador aprendió a arreglar una silla?".

"Cuando les cuente la historia de los primeros años de Sir William Phipps," dijo el abuelo, "entenderán porqué sabía emplear tan bien sus manos."

Entonces, el abuelo relató la maravillosa historia del

 

El Tesoro Perdido

 

Imagínense mis pequeños un salón muy antiguo y hermoso, decorado en una de sus paredes con una inmensa repisa donde descansa una gran copa de oro, junto con otros espléndidos artículos de mucho valor. En otro lugar del recinto, enfrente de un espejo muy alto, se halla nuestra querida silla, adornada con un suntuoso cojín en terciopelo rojo rematado con hilos de oro.

Imaginen ahora, sentado en nuestra silla, a un hombre recio de contextura fuerte, con un rostro maltratado por las tempestades del norte y tostado por el sol de las Indias occidentales. Nuestro personaje usa una exuberante peluca que cae sobre sus hombros. Viste una chaqueta decorada con hilos de oro, y su chaleco, siguiendo el mismo estilo, está tachonado con accesorios dorados. Sus manos, acostumbradas desde sus primeros días a empuñar el martillo y el hacha, son recias y coloradas y

están a medio cubrir por los delicados ribetes que rematan las mangas de la chaqueta. Sobre una mesa yace su magnífica espada, de empuñadura de plata y en un rincón de la habitación, reposa su bastón de mando, hecho con formidable madera de las Indias.

Sir Williams Phipps tenía un aspecto similar al que hemos descrito cuando se sentó en la silla del abuelo tras recibir el nombramiento real como gobernador de Massachusetts. Ciertamente nuestra vieja silla requería ser barnizada y decorada con un magnífico cojín de terciopelo, para servir a un personaje tan célebre y magnánimo como éste.

A pesar de lo que pueda creerse, Sir William Phipps, no siempre se vistió con chaquetas adornadas con hilos de oro, ni se sentó siempre con tanta complacencia en la silla del abuelo. Nuestro gobernador era hijo de un hombre muy pobre y había nacido en la provincia de Maine, donde pasó su niñez y juventud pastoreando ovejas. Incluso sólo cuando creció y se hizo adulto, aprendió a leer y a escribir. Cansado del pastoreo, se hizo aprendiz de un constructor de barcos, y así pasó cuatro años de su vida partiendo listones de roble para las carabelas.

En 1673, cuando tenía veintidós años, vino a Boston, y muy poco después de su llegada se casó con una viuda muy rica, que lo libró de tener que trabajar. No pasó mucho tiempo, sim embargo, para que nuestro joven amigo perdiera todo su dinero y volviera a ser pobre. Pero aún no estaba todo perdido. A menudo le decía a su esposa que algún día llegaría a ser muy rico, y que entonces le construiría un palacio en Green Lane, en Boston.

No vayan a creer, niños, que acudió a un adivino para que le predijera su futuro. Su propia energía, su industrioso espíritu y su resolución para vivir una vida productiva y exitosa, fueron los factores que lo impulsaron a mirar hacia adelante con mucha confianza en que vendrían días mejores.

Pasaron varios años, y William Phipps todavía no había conseguido la fortuna que se había prometido a sí mismo. En el año 1684 escuchó algunos rumores sobre un navío español que había naufragado cerca de las Islas Bahamas y que supuestamente contenía grandes cantidades de oro y plata. Phipps se dirigió al lugar del incidente en una pequeña embarcación, con la esperanza de que rescataría una parte del tesoro hundido. Desafortunadamente tuvo tan mala suerte en su pesca milagrosa que ni siquiera tuvo para pagar los gastos del viaje.

Pero antes de su regreso, tuvo noticias de otra nave española que se había hundido cerca a Porto de la Plata, y que llevaba más de cincuenta años entre las aguas. Esta vieja carabela guardaba un inmenso tesoro, pero a nadie se le ocurría rescatarlo de las profundas y peligrosas aguas que lo custodiaban. Aunque este barco ya hacía parte de la historia, e incluso la mayoría de los ancianos ya habían olvidado que estaba hundido, William Phipps decidió que este tesoro tendría que volver a ver la luz.

Fue así como Phipps viajó a Londres y consiguió audiencia con el rey James, que todavía no había sido derrocado de su trono. Le habló al rey de las inmensas riquezas que yacían en el fondo del mar. El rey lo escuchó con mucha atención y vio una buena oportunidad para llenar sus arcas con oro español. Nombró a William Phipps como capitán de un navío, llamado Rose Algier, y le dio dieciocho cañones y noventa y cinco hombres a su servicio. Ahora era el Capitán Phipps de la armada inglesa.

El Capitán Phipps zarpó de Inglaterra en el Rose Algier, y estuvo navegando los mares de las Indias casi dos años en busca de la carabela española que se había hundido. El océano es muy ancho y profundo y no es nada sencillo encontrar el lugar exacto donde un navío naufragó. Las posibilidades de lograrlo parecían muy pocas y la mayoría de la gente podría haber pensado que estaba tan lejos de conseguir las riquezas necesarias para construir su palacio soñado, como lo estaba cuando era un simple pastor.

La tripulación del Rose Algier se estaba desanimando, y ya se habían olvidado del sueño de hacerse ricos con el tesoro de un barco español hundido. Todos los hombres a bordo querían convencer al capitán de que se convirtieran en piratas. Para ellos tenía más futuro asaltar navíos que todavía estuvieran navegando sobre las aguas que ponerse a buscar una nave que yacía en el fondo del mar hacía más de medio siglo. Finalmente, la tripulación se amotinó y sólo después de un gran esfuerzo el Capitán Phipps los pudo disuadir de que volvieran bajo sus órdenes. Sin embargo habría sido peligroso continuar la búsqueda con un puñado de hombres rebeldes y con una nave que se estaba empezando a deteriorar, y el Capitán tuvo que dar la orden de regresar a Inglaterra.

Antes de partir, el Capitán Phipps se reunió con un anciano español que todavía recordaba la historia del famoso navío, y le dio algunas indicaciones para encontrar el lugar exacto. Era un lugar muy rocoso, a unas cuantas millas de Porto de la Plata.

Cuando llegó a Inglaterra, el Capitán Phipps le pidió al rey una nueva embarcación para emprender nuevamente la búsqueda. Pero el rey James esperaba que el Rose Algier regresara repleto de oro, y no quiso tener que ver más con el asunto. Quizás Phipps nunca hubiera podido reiniciar la búsqueda si no hubiera contado con la ayuda de otros miembros de la nobleza, especialmente con el Duque de Albemarle. Estos nobles le consiguieron un navío, y permitieron que Phipps lo comandara. Nuestro capitán zarpó nuevamente de Inglaterra y llegó sano y salvo a Porto de la Plata, donde empuñando el hacha, y con la asistencia de otros hombres, inmediatamente se dio a la construcción de un bote.

El propósito de este bote era el de acercarse hasta el arrecife de rocas donde una carabela muy grande no podría llegar sin averiarse. Cuando terminaron la pequeña embarcación, el capitán envió a varios hombres para que examinaran el lugar donde supuestamente había naufragado la carabela española. Salieron acompañados por algunos indígenas, que como buzos expertos que eran, podían sumergirse hasta grandes profundidades.

La tripulación del bote se acercó al arrecife y remó alrededor del lugar varias veces. El agua era tan transparente que de haber oro y plata en el fondo habría sido visto desde la superficie, pero dándole un vistazo al lugar parecía que no había absolutamente nada. No veían nada, al menos nada más valioso que una curiosa alga marina, que yacía entre unas rocas en el fondo del arrecife. El alga se embellecía con el movimiento de las olas, y lucía tan resplandeciente y maravillosa como si sus hojas fueran de oro.

"No regresaremos a casa con las manos vacías," gritó un marinero inglés , y después le dijo a uno de los nativos: "Sumérgete y tráeme esa curiosa alga que está allá. Ese es el único tesoro que encontraremos aquí."

El nativo cumplió las órdenes, se sumergió y rápidamente salió a la superficie, con el alga en su mano y con noticias del fondo del mar.

"Allá abajo está el armamento de un barco", dijo el nativo mientras tomaba aire, "hay un gran cañón entre las rocas, muy cerca al lugar donde encontré el alga".

No había terminado de hablar el nativo y los ingleses ya sabían que habían encontrado el lugar exacto donde se encontraba el navío español. Inmediatamente el resto de los nativos se sumergieron al lado del bote, y comenzaron la búsqueda entre las rocas y las armas hundidas. En unos instantes, unos de los nativos salió a la superficie con un pedazo muy pesado de plata entre sus brazos. Solamente esa pieza de plata valía más de mil dólares. Los marineros la montaron en el bote regresaron tan rápido como pudieron, para informarle al Capitán Phipps de su hallazgo.

"¡Gracias a Dios!" exclamó el Capitán Phipps. "¡Seremos muy ricos!"

Así pues, el Capitán con todos sus hombres se pusieron manos a la obra, con inmensas mallas de acero, iniciaron la pesca de oro y plata en el fondo del mar. El tesoro no terminaba de salir a flote. Por allí aparecía una mesa en plata sólida, que una vez había pertenecido a un noble español. Ahora salía a la superficie un vaso sagrado, que había sido destinado para alguna iglesia católica. Más allá encontraban una copa de oro, digna del rey de España. Y porqué no, quizás las manos de su majestad algunas vez la sostuvieron. Por aquí sus redes también pescaban lingotes de plata. Entre el tesoro también se contaban algunas piedras preciosas, brillando y resplandeciendo de tal forma que era imposible escapar a su brillo.

Hay algo terrible y triste en la idea de desenterrar todas estas riquezas de las entrañas del océano, cuando han pasado tanto tiempo en su posesión. Parecería como si el hombre no tuviera derecho a enriquecerse con estos tesoros. Tendrían que haber sido dejadas con los esqueletos de los españoles que naufragaron con ellas, y cuyos huesos se hallaban esparcidos entre el oro y la plata.

Pero el Capitán Phipps y su tripulación no se entretenían en este tipo de consideraciones. Después de uno o dos días, descubrieron otra parte de la carabela hundida que estaba repleta de bolsas llenas de plata. Sin embargo, nadie hubiera podido imaginar que se trataban de bolsas de plata, pues al haber pasado tanto tiempo en el agua salada, estaban completamente cubiertas con una costra que les daba la apariencia de una roca cualquiera, así que fue necesario romperlas en pedazos con martillos y hachas. Después de llevar a cabo este trabajo, la plata salió de su caparazón.

El valor total del tesoro, entre plata, lingotes, piedras preciosas y otros fue calculado en más de dos millones de dólares. Era tentador para la vista tal cantidad de riquezas. Un capitán, que había asistido a Phipps en esta empresa, perdió la razón sólo al ver el tesoro. Este pobre hombre murió dos años después, hablando hasta sus últimos días de los tesoros que yacían en el fondo del océano. Hubiera sido mejor para este marinero dejar las riquezas de los esqueletos españoles tal como los había encontrado.

El Capitán Phipps y sus hombres continuaron con su pesca de plata, lingotes y dólares, hasta que sus provisiones se agotaron. Entonces, como no se podían alimentar de oro y plata como el rey Midas, se devolvieron en busca de alimentos. Phipps resolvió regresar a Inglaterra. Llegó en 1687 y fue recibido con gran júbilo por el Duque de Albemarle y otros lores ingleses que le habían conseguido su carabela para la expedición. Tendrían que estar muy felices, pues sabían que la mayoría del tesoro les pertenecía.

Sin embargo, la parte del tesoro que le tocó al Capitán fue más que suficiente para darse una vida muy confortable por el resto de sus días. Igualmente su nueva fortuna le permitió cumplir con la promesa que le había hecho a su esposa de construirle un palacio en el Green Lane de Boston. El Duque de Albemarle le envió a Mrs. Phipps una magnífica copa de oro, avaluada al menos en cinco mil dólares. Antes de que el Capitán Phipps saliera de Londres, el Rey James le dio el título de caballero, y así, en vez de recibir al pobre hacedor de barcos que había crecido entre ellos, los habitantes de Boston recibieron a su vuelta al rico y famoso Sir William Phipps.

 

 

CAPÍTULO 11

 

"Sir William Phipps," continuó el abuelo, "era un hombre muy activo y aventurero como para sentarse a disfrutar tranquilamente de su fortuna. En el año 1690 se unió a una expedición militar contra las colonias francesas en América, conquistando la provincia de Acadia. Posteriormente regresó a Boston con un buen botín."

"¡Abuelo, este fue el hombre más grande que se ha sentado en la silla!" exclamó Charley.

"Pregúntale a Laurence qué piensa él", contestó el abuelo con una sonrisa. "Bien, en ese mismo año, Sir William encabezó una expedición contra Quebec, pero sus planes de tomarse la ciudad fracasaron. En 1692, el rey de ese entonces en Londres, William III, lo nombró gobernador de Massachusetts. Y ahora, mis queridos niños, después de haber seguido toda la historia y las aventuras de Sir William Phipps hasta encontrarlo descansando plácidamente en la silla del abuelo, nos despediremos de él. ¡Qué sea tan feliz en su oficio de gobernador como lo era cuando se dedicaba al pastoreo!"

El semblante de Charley había cambiado al oír las aventuras de Sir William Phipps, ahora estaba ansioso por conocer qué había pasado mientras ocupó su cargo de gobernador. Pero el abuelo había decidido no contar más historias por el momento.

"Posiblemente uno de estos días, continuaré contándoles las aventuras de mi silla," dijo el abuelo. "Pero esta historia se torna oscura a esta altura de mi relato; tengo que buscar más información en algunos libros y en ciertos manuscritos muy antiguos para poder continuar. Además, es un buen momento para detenernos porque la nueva carta real que Sir William Phipps trajo de Inglaterra, hace parte de una época muy importante de nuestra historia."

"Verdaderamente, abuelo," observó Laurence, "parece que esta es la silla más importante del mundo. Su historia no puede ser contada sin que se mezcle con la vida de los hombres más célebres y de los hechos más importantes que han ocurrido en nuestro país."

"Cierto, Laurence," replicó el abuelo; "tenemos que escribir un libro con un título como este: Memorias de mis Días, Escrita por la Silla del Abuelo."

"¡Eso sería maravilloso!", asintió Laurence aplaudiendo.

"Pero, después de todo," continuó el abuelo, "cualquier silla antigua, si tiene una historia y una mano que la escriba, puede contarnos historias aún más extrañas que las que les he contado. De una generación a otra, una silla se interpone con discreción en los intereses humanos, y es testigo de los secretos más profundos que cualquier hombre es capaz de compartir con su hermano. El corazón humano debería ser leído en una silla al lado de una chimenea. En continua vicisitud, la Tristeza y la Alegría danzan en la silla y se sientan en ella constantemente. Un día vemos el rostro amable y reluciente de la Alegría, sentada plácidamente en la silla, irradiando su delicioso calor por toda la casa. Al siguiente día, cuando menos lo esperábamos, la amargada señorita, la Tristeza, ha robado el lugar de la Alegría, pero no para quedarse por mucho tiempo. La imaginación no puede concebir un objeto tan amplio como el que guarda la experiencia de una silla de cualquier familia."

"Sólo pensar en esto me hace suspirar," dijo Laurence. "Sí, una silla familiar tiene que tener una historia más profunda que una silla de Estado."

"¡Oh, sí!" exclamó Clara, expresando el parecer de toda una mujercita en su rostro; "la historia de un país nunca sería tan interesante como la historia de cualquier simple familia"

"Pero es más fácil contar la historia de un país," dijo el abuelo. "Si continúo contando mi relato sobre la silla, estaría confinado a hablarles de su relación con los eventos públicos."

El buen anciano se levantó de su puesto y dejó la habitación, mientras los niños continuaban observando la silla. Laurence, con una concepción tan vívida del pasado como la que tenía, no tendría ninguna dificultad para hacer pasar a cada uno de los ocupantes de la silla, uno tras otro, a pesar de que todo hubiera ocurrido hace tanto tiempo.

En primer lugar, la encantadora Lady Arbella habría aparecido sentada en la silla desvaneciendose en su debilidad; luego Roge Williams, vestido con su capa, emprendedor, decidido y benevolente; luego la figura de Anne Hutchinson, con la misma expresión con la que presidió las asamblea de las mujeres; posteriormente, el rostro serio y el toque intelectual de Vane, "joven en años pero viejo en el don de consejo". Después, aparecerían todos los gobernadores: Winthrop, Dudley, Bellingham, y Endicott, que se sentaron en la silla mientras perteneció al Estado. Luego, la anchura entera de la silla habría sido ocupada por toda la humanidad de nuestro honesto acuñador. Quizás después, la figura menudita de Mary Dyer, la cuáquera perseguida, descansaría en ella por un momento. Luego la apostólica figura de Eliot la habría santificado. Posteriormente el venerable gobernador de luengas barbas, Bradstreet, se levantaría de ella, como la sombra de los puritanos que se habían marchado en ese entonces. Finalmente, sobre el suntuoso cojín de terciopelo de la silla del abuelo, resplandecería en la imaginación de Laurence, los colores púrpura y dorado del célebre Sir William Phipps.

Todos ellos, junto con otros personajes históricos, que se sentaron en la silla del abuelo, habían desaparecido del escenario de la vida. Sin embargo, aquí estaba la silla, con su antiguo escudo de armas de los Lincoln, y sus flores y follajes de roble, y la fiereza de la cabeza del león tallada en su madera, todo se conservaba en la silla en tan perfecto estado, que indudablemente así tuvo que ser cuando por primera vez tomo posesión del hall de los Lincoln. ¡Qué cambios tan inmensos se han producido en las sociedades y en las naciones por fuertes convulsiones o por pequeñas decisiones, desde aquel entonces!

"Esta silla se ha mantenido firme mientras que los tronos de los reyes se han venido abajo" pensó Laurence. "Su estructura de roble ha sido más fuerte que la estructura de muchos gobiernos."

Muchas otras cosas hubiera imaginado la mente de este brillante muchacho de no ser porque un gran gato amarillo, Pussy, la mascota preferida de todos los niños, apareció en la ventana. Al darse de cuenta que la silla del abuelo estaba vacía, y habiendo experimentado antes sus delicias, la gata se recostó suave y lentamente sobre su cojín. Laurence, Clara, Charley y la pequeña Alice se rieron de sólo pensar que esta sería la sucesora de los personajes que se habían sentado en la silla.

"Pussy," dijo la pequeña Alice, retirando su mano de las uñas del animal, "parece que eres muy inteligente. ¡Cuéntanos una historia sobre la silla del abuelo!"

 

PARTE 2

CAPÍTULO 1

 

"¡Oh, abuelo, abuelito!", imploraba la pequeña Alice, "por favor cuéntanos más historias de tu silla."

Cómo había volado el tiempo desde que los niños habían perdido la curiosidad por escuchar el resto de las aventuras de esta venerable silla. El verano había llegado y se había ido, así como una buena parte del otoño. El lúgubre mes de noviembre entristecía la atmósfera con algunas lluvias repentinas, o algunas veces con pequeñas tormentas de nieve, que golpeaban las ventanas como una ráfaga de piedrecillas que se estrellaban contra las ventanas.

Cuando el tiempo se hizo más frío, la silla del abuelo fue trasladada del salón de juegos, donde pasó el verano. Ahora se encontraba al lado del cálido fuego de la chimenea. Al abuelo le gustaba mucho más el fuego de la madera en la chimenea, que el del carbón sobre una parrilla o el fuego abrasador de un horno, que simplemente cumplían con el deber de calentar la casa. El fuego de la chimenea es amigable, alegre, y tiene un cierto aire social que simpatiza con el hombre, sin dejar de cumplir con ello el buen oficio de dar calor. Sí, las llamas de la madera danzan en la chimenea y esparcen con alegría su calor en el hogar, hacen miles de travesuras, y lanzan un brillo jubiloso sobre todos los rostros que las rodean.

Al caer de la tarde las llamas brillaban con mayor intensidad y con más alegría. Había un sentimiento de regocijo en el corazón del abuelo que se hizo más fuerte con el calor y el confort de las llamas. Estaba mirando uno de los leños que ya fenecía entre las llamas, como si todo su pasado estuviera retratado allí, o como si se tratara de un oráculo del mundo futuro. Estando así con su mirada fija en aquel tronco que agonizaba, la voz de Alice le dijo: "abuelito" repitió la pequeña llena de ilusión, "háblanos otra vez de tu silla."

Laurence y Clara y Charley y la pequeña Alice sentían atracción por otro tipo de objetos desde hacía dos o tres meses. Se habían dedicado a vivir el alegre despertar del presente y se habían olvidado de la oscura región del pasado, en medio de la cual se encontraba la silla del abuelo. Pero ahora, con la poca luz del otoño, iluminados por las llamas centelleantes de la madera, volvieron su mirada hacia la vieja silla y se dieron cuenta de que nunca antes había tenido un aspecto tan interesante. Allí se encontraba la venerable tradición de más de doscientos años. La luz de la chimenea resplandecía en las flores y los follajes que estaban tallados en el respaldo de la silla, y la cabeza del león, por un momento, dio la impresión de estar viva y movía sus mandíbulas y agitaba la melena.

"¿La pequeña Alice está hablando por todos ustedes?" preguntó el abuelo. "¿Quieren que continúe con las aventuras de la silla?"

"¡Oh sí, sí, abuelo!" exclamó Clara. "¡Nuestra querida silla! ¡Cómo nos pudimos olvidar de ella por tanto tiempo!"

"¡Oh, por favor, comienza abuelo!" dijo Laurence, "yo creo que si vamos a hablar del tiempo pasado, debemos hacerlo un poco antes de que oscurezca, y tengamos que prender las velas. Las formas de los famosos personajes que alguna vez se sentaron en la silla regresarán a nosotros más fácilmente en medio de esta hermosa penumbra, que a plena luz del día. Y además, podremos imaginarnos a todos los personajes de los cuales nos hables entre los leños ardientes y las blancas cenizas."

También nuestro amigo Charley creía que la tarde era el mejor momento para escuchar las historias del abuelo, porque a esa hora no podía salir a jugar afuera. Así, encontrando que la petición de su auditorio era unánime, el venerable caballero retomó el relato de la histórica silla exactamente donde lo había dejado.

 

 

CAPÍTULO 2

 

"Ustedes recordarán, mis hijitos" dijo el abuelo, "que habíamos dejado nuestra silla en 1692, cuando estaba ocupada por Sir William Phipps. Este gran cazador de fortunas, como ustedes recordarán, había regresado nuevamente de Inglaterra con una comisión del Rey William para ser gobernador de Massachusetts. En aquel momento, los dominios de esta provincia incluían la vieja colonia de Plymouth y los teritorios de Maine y de Nova Scotia. Sir William Phipps traía una nueva carta del rey, que haría las veces de Constitución, e instauraría el modo de gobierno que la provincia debería de adoptar."

"¿La nueva carta proclamaba formalmente todas las libertades de los colonos?" preguntó Laurence.

"No," replicó el abuelo. "Con la primera carta el pueblo había sido la fuente del poder político. Winthrop, Endicott, Bradstreet y los demás gobernadores, habían sido elegidos por voto popular, sin ninguna interferencia del rey. Sin embargo, desde ahora el gobernador era elegido directamente por el rey por el período que él determinara. El caso era el mismo para los tenientes-gobernadores y para otros cargos oficiales de mucha importancia. El pueblo, sin embargo, aún podía escoger sus representantes, mientras que el Consejo del gobernador era elegido por la Corte General."

"¿Crees que si el pueblo hubiera podido hacerlo, habría elegido a Sir William Phipps?" preguntó Laurence.

"Probablemente hubiera sido un buen candidato," respondió el abuelo. "Sus aventuras y sus empresas militares le habían dado cierto renombre entre la gente, y esto le habría ayudado en unas elecciones. Además, era un hombre que se hacía querer por todos, era cordial, bondadoso, y jamás se había avergonzado de su humilde cuna, ni se había engrandecido con su cargo actual. Muy poco después de su llegada, demostró que no sentía ninguna vergüenza en reconocer quiénes eran sus hermanos."

"¿Cómo así?" preguntó Charley.

"Hizo una gran fiesta en su nueva mansión" dijo el abuelo, "e invitó especialmente a todos los hombres de Boston que se dedicaban a hacer barcos. En la cabecera de la mesa, Sir William Phipps trataba a estos obreros como si fueran sus hermanos, contando chistes y hablando muy familiarmente de los viejos tiempos. No sé si para aquella ocasión Sir Phipps lucía su traje de lujo, pero prefiero imaginar que usaba su ropa de trabajo, la misma que empleaba cuando no era más que un aprendiz de carpintero."

"Un aristócrata no tiene porqué rehuir del trabajo manual", señaló Laurence. "El zar Pedro el Grande fue también una vez aprendiz".

"¿Sir William Phipps era tan bueno en su cargo de gobernador como en su antigua trabajo como carpintero?" preguntó Charley.

"La historia nos dice muy poco acerca de sus méritos como carpintero," respondió el abuelo, "pero como gobernador, parece que cometió un grave error. Tan pronto como asumió el cargo de gobernador se metió en un asunto muy complicado, tanto así que cualquier hombre por sabio y estudiado que fuera habría quedado perplejo ante tal situación."

El abuelo les contó a los niños todos los detalles que podían escuchar a su edad, sobre este triste incidente. Los pequeños temblaban de sólo pensar que la muerte de tantas personas inocentes había sido causada por las macabras mentes de unos simples niños. Los niños a los cuales nos referimos, eran discípulos del Rev. Mr. Parris, ministro de Salem. Estos niños se quejaban de que eran pinchados y apretados por unas pinzas, y atormentados por las figuras de hombres y mujeres que supuestamente tenían el poder de visitarlos invisiblemente de día y de noche. A menudo, estando presentes sus familias y sus amigos, estos diablillos empezaba a convulsionar y a gritar que los estaban atormentando las brujas.

Estas historias se extendieron por todas partes, causando miedo y confusión. Desde la fundación de Nueva Inglaterra, la costumbre de los habitantes, en todos los asuntos difíciles y dudosos, era pedir el consejo de los ministros. Y así lo hicieron en este caso. Desafortunadamente, los ministros y los hombres de letras eran más ignorantes en este punto que la misma gente del pueblo. Cotton Mather, un clérigo muy sabio y eminente, creía que el país entero estaba lleno de brujas y hechiceros, que al haber perdido las esperanza de alcanzar el cielo, habían firmado un pacto con el mismísimo diablo.

Nadie podía estar seguro de que el vecino más cercano o el amigo más íntimo no fuera culpable de este supuesto crimen producido por la imaginación. El número de las personas que fingían ser atacadas por las brujas crecía diariamente, y con ellas, aumentaban también los falsos testimonios contra los hombres más famosos e importantes. Un ministro, llamado George Burroughs, estaba entre los acusados. En los meses de agosto y septiembre de 1692, él y otros diecinueve hombres y mujeres inocentes fueron sentenciados a muerte. El lugar de las ejecuciones era una alta colina, en las afueras de Salem, desde donde los acusados podían distinguir sus propias casas en el pueblo, antes de ser ahorcados.

Al parecer el martirio de estos hombres inocentes únicamente contribuyó a aumentar la locura. Los iluminados hicieron acusaciones más vehementes. Muchas personas de bien fueron confinadas a prisión u obligadas a huir para salvar sus vidas. Entre ellos, había dos hijos del viejo Simon Bradstreet, el último gobernador puritano. Mr. Willard, un ministro muy piadoso de Boston, fue acusado de ser un hechicero, en una corte pública. Mr. Hale la esposa del ministro de Beverly, fue acusada bajo los mismos cargos. Philip English, un rico comerciante de Salem, tuvo que huir, dejando a la deriva sus propiedades y sus negocios, aunque un tiempo después la misma gente de Salem lo recibiera de vuelta con alegría.

"Lo que más se les reprocha a los acusadores", continuó el abuelo, "fue haber atacado con sus difamaciones a la amada esposa del gobernador. Sí, la señora de Sir William Phipps fue acusada de ser una bruja y de volar en su escoba para asistir a las reuniones de sus supuestas colegas. Cuando el gobernador se enteró de estas acusaciones probablemente tembló de angustia junto con nuestra gran silla".

"Querido abuelo," dijo la pequeña Alice, aferrándose a la rodilla del anciano, "¿es verdad que las brujas asustan a los niños en las noches?"

"No, no, mi querida Alice", contestó el abuelo. "Incluso si las brujas existieran, huirían de la presencia de un inocente niño. Pero en realidad no existen. Nuestros ancestros muy pronto se dieron cuenta de que habían sido terriblemente engañados. Todos los prisioneros acusados de brujería fueron liberados, pero los inocentes que murieron no pudieron recobrar la vida, y la colina donde fueron ejecutados nos recordará siempre el pasaje más triste y humillante de nuestra historia."

Después de esto, el abuelo dijo que el siguiente hecho más memorable, mientras Sir William Phipps permanecía en la silla, fue la llegada de una flota inglesa a Boston en 1693. Con la flota llegó un ejercito entero con la misión de conquistar Canadá. Sin embargo, una terrible enfermedad más mortífera que la viruela, se esparció entre los soldados y los marineros, y acabó con buena parte de ellos. La infección se extendió en el pueblo de Boston, dejando más victimas entre sus habitantes. Esta terrible enfermedad disuadió al gobernador y a Sir Francis Wheeler, comandante de las fuerzas británicas, de sus intenciones de atacar a Canadá.

"Poco después de esto" dijo el abuelo "Sir William Phipps tuvo una disputa con el capitán de la fragata inglesa, así como con otras autoridades de Boston. Nos imaginamos que siendo un hombre tan temperamental, seguramente golpearía su bastón de mando contra todo lo que encontraba."

"Era un cascarrabias," dijo Charley, quien no podía disimular su afición a este tipo de disputas.

"Era muy cascarrabias y poco sabio." dijo el abuelo, "Todas las quejas llegaron al rey, y Sir William Phipps fue citado a Inglaterra para que diera una buena explicación de lo que había pasado. Obedeciendo al requerimiento, fue a Londres, donde en 1695 sufrió una fiebre fatal que le causó la muerte. De haber vivido más tiempo, probablemente habría vuelto en busca de algún tesoro hundido. Había oído hablar de un navío español, que naufragó en 1502, en el tiempo de Colón. Bovadilla, Roldán y muchos otros españoles se perdieron junto con las inmensas riquezas que habían robado a los caciques de Sur América."

"¡Oh, abuelo!" exclamó Laurence, "!Qué ideas tan maravillosas se le ocurrían al gobernador! ¡Imagínense! Recobrar todo ese oro que llevaba más de doscientos años en el fondo del mar. Las cenizas de Sir William Phipps debieron de haber sido arrojadas al océano, entre los navíos hundidos y los grandes tesoros con los cuales soñó siempre mientras estuvo vivo."

"En realidad, fue enterrado en uno de los grandes cementerios de Londres," dijo el abuelo. "Como no había dejado ningún hijo, sus bienes fueron heredados por su sobrino, de quien desciende el actual marqués de Normandía. Quizás el noble Marqués no sabe que la prosperidad de su familia proviene de la exitosa vida de un simple carpintero de Nueva Inglaterra."

 

 

CAPÍTULO 3

 

"A la muerte de Sir William Phipps", continuó el abuelo, "nuestra silla fue a parar a las manos de Mr. Ezequiel Cheever, un famoso profesor escolar de Boston. Este respetable caballero vino de Londres en 1637 y había enseñado en la escuela desde entonces, muchos de sus discípulos ya eran abuelos como yo. El maestro Cheever tenía una larga barba blanca y un aspecto muy venerable."

"¿Tenía la silla en la escuela?" preguntó Charley.

"Sí, en su escuela," respondió el abuelo; "tenemos que decir que nunca antes nuestra silla había sido vista con un respeto tan aterrador, ni siquiera cuando los primeros gobernadores de Massachusetts se sentaron en ella. Incluso tú Charley, mi muchacho, habrías sentido cierto respeto por la silla si la hubieras vista ocupada por este famoso maestro escolar."

El abuelo se animó a darle a su auditorio una idea de lo que era la escuela hace casi doscientos años. Como posiblemente este tema resultará interesante para nuestros lectores, haremos un apartado especial para él y lo llamaremos:

 

La Escuela de los Viejos Tiempos.

 

Ahora, imaginen que se encuentran, mis pequeños, en un salón de la escuela del maestro Ezequiel Cheever. Se trata de una salón muy grande, oscuro y sucio, con el piso de tierra, e iluminado únicamente por la luz que entra a través de los pequeños cristales cuadrados de una ventanas que giran sobre sus bisagras. Los estudiantes se sientan en alargadas bancas adecuadas con sendos escritorios. En un rincón del salón hay una gran chimenea, tan espaciosa que se pueden parar tres o cuatro niños en cada una de sus esquinas. Al menos así lo hacían los pequeños cuando había madera suficiente en los bosques para mantener las viejas chimeneas encendidas sin necesidad de escavar en las profundidades de la tierra en busca de carbón.

Estamos dándole un vistazo al salón en un día de invierno. Miren qué grandes son los troncos de leña que yacen en la chimenea, y qué brasas tan brillantes y luminosas calientan el lugar. En un instante una vasta nube de humo se habrá esparcido en el salón, y navegará lentamente sobre las cabezas de los estudiantes, hasta que lentamente se disuelva en las paredes y el techo. Todo el lugar ya está manchado con el humo de los años.

¡Próximo vistazo a nuestra histórica silla! Como ustedes ven, está puesta en la parte más confortable del salón, donde el calor de las llamas se disfruta al máximo sin sofocarse. Qué bien posesionada luce nuestra silla. Parece que estuviera recordando la presencia de sus famosos ocupantes, sin dejar de ser consciente de que un hombre aún más grande se está sentando en ahora ella. ¿Alcanzan a ver al venerable maestro, de aspecto severo, con un kipá negro en su cabeza, al estilo de los primeros puritanos, y su luenga barba más blanca que la nieve cayendo sobre su pecho? ¿A qué niño se le ocurriría jugar, suspirar o incluso separar su ojos del libro, mientras el maestro Cheever lo estaba vigilando todo? Para quien tuviera la ocurrencia de hacerlo, si es que había alguno, colgaba en la pared un zurriago, y una férula bastante pesada, yacía en el escritorio del maestro.

La escuela ha comenzado. Oigan el bullicio de las multitudinarias lenguas hablando cada una de una tema diferente, zumbando como las hojas de un roble agitado por el viento. ¡Bzzzzz! ¡Bzzzzz! ¡Bzzzzz! En medio de esta algarabía había pasado el maestro Cheever más de sesenta años, y para él ya era un hábito tan placentero como sentarse a escuchar el zumbido de un panal cuando los insectos trabajan al amanecer.

Ahora comienza la clase de latín. Sale en fila, frente a todos, un grupo de niños, vestidos con sacos de adulto, y pequeños trajecitos con botones hasta las rodillas. Parecen como abuelitos en una segunda niñez. Estos muchachos irán a Cambridge y serán educados en diversas profesiones. El viejo maestro Cheever ha vivido tanto y ha visto tantas generaciones de niños crecer, que ya casi que puede predecir qué clase de hombre será cada niño. Uno de estos mocosos será médico y recetará píldoras y pociones, y pasará toda la vida oliendo a alcanfor. Otro litigará en los tribunales, y defenderá el honor y la justicia, y en sus últimos años será un admirable miembro del Consejo de su Majestad. Un tercero, el favorito del maestro, será un destacado sucesor de los antiguos ministros puritanos que yacen ahora en sus tumbas; éste predicará lleno de unción y fortaleza, y dejará sus sermones escritos en voluminosos libros, para el provecho de las próximas generaciones.

Pero, como todavía son simples escolares, su prioridad es aprender a Virgilio. ¡Pobre Virgilio! Sus versos, que le dieron tantos dolores de cabeza para llegar a ser tan espléndidos, han sido mal estudiados, mal leídos y mal interpretados por demasiadas generaciones de pequeños escolares ignorantes. Sentaos allí latinistas. Me temo que dos o tres de ustedes sentirán el rigor de la férula del maestro.

Ahora viene la clase de aritmética. Estos niños serán los comerciantes, los mercaderes y los mecánicos del futuro, aunque por ahora sólo negocien y hagan cuentas con bolitas y con manzanas. En un futuro algunos de ellos enviarán navíos a Inglaterra para traer vestidos y todo tipo de productos, y mandarán a traer azúcar, ron y café de las Indias. Otros trabajarán los metales en el yunque, o se dedicarán a la carpintería sentados en un butaquito, o tomarán el martillo y los clavos para aprender el arte de hacer zapatos. Muchos seguirán el océano, y se convertirán en capitanes recios y valientes.

Estos niños, en muy poco tiempo, tendrán que aportar al mundo sus manos trabajadoras y activas, y sus mentes sagaces, sin las cuales la vida sería tan confusa como las teorías de los hombres estudiosos y visionarios. Sí, enséñeles las tablas de multiplicar, maestro Cheever, y azótelos bien fuerte cuando se lo merezcan, pues buena parte del progreso del país depende de estos muchachos.

¡Pero miren! Mientras estábamos pensando en otras cosas el maestro Cheever pescó a dos niños haciendo de las suyas. Ahora veremos qué les pasa. Los dos malhechores comparecen ante el escritorio del maestro, mientras él los observa desde su silla con el rigor de todo un juez. Nuestra vieja silla presenciará un juicio. ¡Ah, el maestro Cheever ha agarrado su zurriago! El juicio es corto, la sentencia se da rápidamente, y ahora el juez se prepara para ejecutarla personalmente. ¡Tuac! ¡Tuac! ¡Tuac! En esos buenos tiempos los escolares tenían bien puestos sus traseros.

Miren, el zurriago ha perdido varias ramas, y difícilmente servirá para otra ejecución. Piedad de nosotros, ¡Cómo suplican estos pobres mocosos! Aunque estoy casi sordo el clamor viene a mí viajando a través de estos largos ciento cincuenta años. Ahora vuelven a sus puestos los pobres niños; no llores, pequeña Alice, hace mucho tiempo que dejaron de sentir el dolor de los azotes.

Y así, la jornada terminó. Ahora son las doce en punto. El maestro mira su espléndido reloj de plata, y entonces, con cierto desdén, deja la férula en su escritorio. La pequeña multitud aguarda con impaciencia la orden de partida.

"Pueden salir," dice el maestro Cheever.

Los niños se retiran hablando suavemente hasta que cruzan la puerta, y después, unos metros más allá del salón de clase se escuchan los gritos de alegría. ¡Qué estampida de pisadas! ¡Qué sensación de haber recobrado la libertad la que expresan sus voces! ¿Qué les importa ahora la férula y el zurriago que los amenazaba? ¿Acaso fueron creados los niños únicamente para el latín y la aritmética? No, lo mejor de la niñez son los juegos, los brincos, correr, gritar, deslizarse en la nieve y jugar con ella.

¡Jueguen niños! Disfruten este rato de diversión, y vengan a estudiar nuevamente mañana para que sientan el peso de la férula y del zurriago; no hasta mañana, porque hoy es jueves de lección, y desde que Massachusetts fue fundada, nunca ha habido clases los jueves en la tarde. Sí, jueguen mientras puedan, ya vendrá el mañana, con el zurriago y la férula, y después otro mañana, con sus propios afanes.

Ya el maestro ha dejado todo organizado, y está listo para marcharse para su casa a cenar. Allí va cargando con su gravidez. El viejo ha pasado tanto tiempo en la bullosa, desordenada y sucia escuela, que cuando sale a descansar, siente que ha perdido su lugar y que el mundo es extraño para él. Pero allí va, y allí está nuestra vieja silla, desocupada y solitaria, hasta que el buen maestro Cheever vuelva a sentarse en ella mañana en la mañana.

"Abuelo," dijo Charley, "me preguntaba si a los niños no se les ocurría sentarse en la silla cuando el maestro no estaba".

"Se dice," contestó el abuelo, "que uno de sus brazos se dislocó sin saberse cómo. Pero no creo que ninguno de estos niños se comportara tan mal."

Como se hizo más tarde que de costumbre para que la pequeña Alice se fuera a la cama, el abuelo interrumpió su relato, prometiendo que hablaría más sobre el maestro Cheever y sus pupilos en otra ocasión.

 

 

CAPÍTULO 4

 

Cumpliendo lo que había prometido la tarde anterior, el abuelo retomó la historia de su amada silla.

"El maestro Ezequiel Cheever", dijo, "murió en 1707, después de haber enseñado en la escuela casi setenta años. Se requeriría un buen aprendiz de aritmética para calcular cuántas disciplinas había aplicado y cuántos golpes había dado con su férula, durante todo ese tiempo, en su paternal cariño para con sus pupilos. Casi todos los hombres famosos de aquel período y de muchos años atrás, habían recibido al menos un azote del maestro Cheever. Lo que es peor, Cheever había escrito una gramática latina, que sería empleada en todas las escuelas por más de medio siglo después de su muerte; fue así, como el buen anciano, incluso desde su tumba, seguía causando problemas y dolores a los pobres niños."

El abuelo dijo que después de que el maestro Cheever murió, su silla había pasado a manos del hombre más culto que se había educado en su escuela, y que había nacido en América. Se trataba del renombrado Cotton Mather, ministro de la Antigua Iglesia del Norte en Boston.

"Y autor de la Magnalia, abuelo, el que a veces te vemos leyendo." dijo Laurence.

"Sí, Laurence," replicó el abuelo. "La Magnalia es una historia extraña y un tanto pedante, en la que danzan eventos verdaderos y personajes reales ante el lector, con la misma ensoñación con la que salían de la cabeza del propio Cotton Mather. Este voluminoso tomo, sin embargo, fue escrito y publicado antes de que nuestra silla cayera en sus manos. Pero, como fue el autor de tantos libros como días tiene el año, podemos suponer que escribió una buena parte de ellos sentado en esta silla."

"Estoy cansado de tantos maestros y hombres tan sabios," dijo Charley. "Prefiero a los hombres rudos, que sabían cómo se hacían las cosas, como Sir William Phipps."

"Estos hombres rara vez tenían tiempo para sentarse a descansar en una silla" dijo el abuelo. "Tenemos que aprender únicamente lo mejor de ellos."

Como Cotton Mather era un hombre muy distinguido, el abuelo tuvo cierta dificultad para darles a los niños una idea vívida de este personaje. Sobre la puerta de su biblioteca estaban escritas estas palabras, "sea breve" como una advertencia dirigida a sus visitantes para que no hicieran de este mundo un lugar más difícil de lo que ya era, interrumpiéndolo en sus maravillosas labores. Al entrar al cuarto, quizás uno encontraría todo lleno, atestado y atiborrado de libros. Había inmensos folios, y cuartos y pequeños duodécimos, en inglés, latín, griego, hebreo, caldeo y en otras lenguas que se habían originado en la confusión de la torre de Babel o desde que se habían empezado a emplear.

Seguramente, los libros estaban regados por todas partes, y su desorden simbolizaba la forma como sus contenidos se encontraban atiborrados en la cabeza de Cotton Mather. En medio de la habitación había una mesa sobre la cual, además de volúmenes impresos, reposaban sermones escritos a mano, tratados históricos, y panfletos políticos, escritos todos en unos garabatos tan enredados, raros y fantásticos que cualquier experto en grafología se habría enloquecido de sólo verlos. Al lado de la mesa estaba la silla del abuelo, que al parecer ya había contraído cierto aire de erudición, como si su cojín estuviera relleno de latín, griego, hebreo y de otras materias no menos difíciles.

En esta silla, desde el primer hasta el último día de cada año, se sentaba el prodigioso ratón de biblioteca Cotton Mather, para devorar un gran libro, o para escribir en sus garabatos otro tomo igualmente grandioso a los que leía. En los buenos tiempos del abuelo había una estatua de este Mather en uno de los museos de Boston, que lo pintaba como una hombre solemne, misterioso, vestido con una levita ministerial, y con un inmenso volumen de letras negras en sus manos.

"Es difícil, mis niños", aclaró el abuelo "hacer que ustedes entiendan una personalidad como la de Cotton Mather, en la que se conjugaban tantas virtudes y a la vez tantas debilidades y errores. Indudablemente fue un hombre bueno. A menudo guardaba ayunos, y en una ocasión, dejó de probar bocado por tres días, y se dedicó a la oración y a la meditación religiosa. Muchas noches se las pasaba rezando. Estos ayunos y vigilias lo dejaron raquítico y le dieron un aspecto tan lúgubre que no parecía de este mundo."

"¿Cotton Mather no tuvo nada que ver en el asunto de las brujas?" preguntó Laurence.

"El era especialista para creer en esas habladurías," respondió el abuelo "Auque es verdad que Mather creía que el mundo estaba lleno de espíritus malignos, no podemos suponer que haya actuado de una manera tan inconsciente. Indudablemente, él imaginaba que estaban escondidos en las esquinas y en los vericuetos de su biblioteca, y que jugueteaban entre las hojas de sus libros mientras las pasaba a medianoche. Él suponía que estos despreciables demonios estaban en todas partes, tanto en el amanecer como en las tinieblas, y que se escondían en el corazón de los hombres, y se metían en sus pensamientos más íntimos.

En este momento el abuelo fue interrumpido por Alice, quien estrechó su cabecita en el regazo del anciano, y le pidió en secreto que no siguiera hablando sobre el tal Cotton Mather ni sobre esos espíritus malos. El abuelo la besó, y le dijo que los ángeles eran los únicos espíritus que tenían algo que ver con ella. Después habló de los asuntos públicos de aquel período.

Una nueva guerra entre Francia e Inglaterra había estallado en 1702, y no había cesado desde entonces. En medio de esta guerra, Nueva Inglaterra sufrió varios ataques de los franceses y de los indios, que a menudo salían de los bosques de Canadá y asaltaban las poblaciones fronterizas. Casi siempre quemaban las villas, incluso las que quedaban a un día de camino de Boston, y mataban a los pobladores. El odio hacia los franceses creció en Nueva Inglaterra, no sólo por los daños que habían hecho con sus propias manos, sino también porque estaban incitando a los indígenas a la hostilidad.

La gente de Nueva Inglaterra sabía que no recobrarían la paz hasta que las provincias francesas fueran subyugadas y puestas bajo el dominio del gobierno inglés. Frecuentemente, en tiempo de guerra, organizaban expediciones militares contra Acadia y Canadá, y algunas veces asaltaban las fortalezas de estos territorios. Pero el deseo más intenso era tomar Quebec, para dominar así toda la provincia de Canadá. En una ocasión Sir William Phipps intento hacerlo, sin ningún éxito.

Muchas veces Inglaterra enviaba soldados y flotas para asistir a los colonos en sus ataques. En 1710, Port Royal, un fuerte de Acadia, fue tomado por los ingleses. Al siguiente año, en el mes de junio, una flota comandada por el Almirante Sir Hovenden Walker llegó a la bahía de Boston. A bordo de esta flota estaba el General inglés Hill, con siete regimientos de soldados, que habían estado luchando para el Duque de Marlborough en Flandes. Al gobierno de Massachusetts se le pidió que consiguiera provisiones para el ejército y para la flota, y que reclutara más hombres para apoyar la toma de Canadá.

Con el reclutamiento y la instrucción de los soldados, se respiraba cierto aire bélico en las calles de Boston. El tambor y el pífano, el estruendo de las armas, y los gritos de los soldados se escuchaban desde el amanecer hasta la noche. Un mes después la flota regresó con cuatro regimientos de Nueva Inglaterra y de Nueva York, sin contar a los soldados ingleses. El ejército entero sumaba más de siete mil hombres. Los refuerzos llegaron por la desembocadura del río San Lorenzo.

"Cotton Mather fue el que rezó con más fervor por el éxito de la campaña", continuó el abuelo "tanto en su púlpito como en la soledad de su biblioteca, de rodillas y descargando su cabeza en nuestra vieja silla." Sin embargo la Providencia dispuso otra cosa. En pocas semanas se recibieron noticias de que ocho o nueve de las embarcaciones habían sido atacadas en el San Lorenzo y que más de mil soldados habían aparecido ahogados a orillas de este río. Después de esta derrota Sir Hovenden Walker se embarcó hacia Inglaterra, y muchos hombres piadosos empezaron a predicar que sólo pensar en conquistar Canadá era pecaminoso."

"Yo nunca me hubiera rendido" dijo Charley.

"Ni ellos, como ya verán," replicó el abuelo. "Sin embargo, no hubo más intentos durante esta guerra, que finalmente acabó en 1713. Las gentes de Nueva Inglaterra probablemente estaban contentas con la tregua, pues la mayoría de sus jóvenes habían sido reclutados. Y aquellos que se quedaron en sus casas habían tenido que responder por los altísimos impuestos para pagar las armas, las municiones, las fortificaciones, y en fin, los incontables gastos de una guerra. Hacían mucha falta las oraciones de Cotton Mather y de todos los hombres de buen corazón, no sólo por el sufrimiento del pueblo, sino sobre todo porque los principios morales y los fundamentos religiosos que siempre habían caracterizado a Nueva Inglaterra, estaban a punto de desaparecer para siempre."

"¡Qué glorioso habría sido si nuestros antepasado no hubieran permitido que se derramara ni una sola gota de sangre en nuestro país", señaló Laurence.

"Sí" dijo el abuelo, "pero desde el principio fueron hombres testarudos y belicosos. Parece que jamás se detuvieron a preguntarse por la moralidad o la inmoralidad de una guerra."

El siguiente hecho al cual se refirió el abuelo, causó mucho gozo a Cotton Mather así como a todos los habitantes de Nueva Inglaterra. Se trató de la ascención del Elector de Hanover al trono de Inglaterra en 1714, tras la muerte de la reina Anne. Hasta este momento la gente había temido que la línea de varones de los Estuardos, descendientes del decapitado rey Charles y del derrocado rey James, regresaran al trono. En ese caso, como los Estuardos eran católicos, se suponía que intentarían establecer sus propias creencias a lo largo y ancho de todos sus dominios. Sin embargo, el Elector de Hanover y todos sus antecesores eran protestantes, así que ahora los descendientes de los primeros puritanos podían descansar de las persecuciones y los sufrimientos.

"Este evento," señaló el abuelo "era mil veces más importante que una elección presidencial en nuestros días. Si a la gente no le gusta el presidente, se lo pueden aguantar cuatro años; mientras que una dinastía de reyes podía ostentar la corona por un período ilimitado de tiempo."

El elector alemán fue proclamado rey desde el balcón de la casa de gobierno de Boston, bajo el título de George I, mientras las trompetas sonaban y todos gritaban unánimes amén. Esa noche se encendieron todas las luces del pueblo y Cotton Mather tiró a un lado libro y lápiz, y dejó desocupada la silla del abuelo, para salir a presenciar las festividades.

 

 

CAPÍTULO 5

 

"Cotton Mather," prosiguió el abuelo, "era un enemigo acérrimo del gobernador Dudley, y seguramente nadie estaría más contento que él cuando el veterano político fue sustituido por el coronel Shute, en 1716. El nuevo gobernador se había desempeñado como oficial en la famosa armada del Duque de Marlborough, y había combatido en algunas de las gloriosas batallas de Flandes."

"Espero que ahora," dijo Charley, "nos hables de sus hazañas."

"Me temo que no, Charley," respondió el abuelo. "Es verdad que el coronel Shute nunca había tenido una vida tan agitada, desde que había combatido contra los franceses, mientras gobernó esta provincia de Massachusetts. Pero todos sus problemas se reducían exclusivamente a discutir con los legisladores. El rey le había otorgado el poder de estipular su propio salario, pero los representantes del pueblo se empeñaron en pagarle una suma que variaba todos los años."

El abuelo explicó, entonces, algunas de las circunstancias que hicieron tan triste y difícil la vida de nuestro gobernador. Ya no existían los mismos sentimientos hacía el máximo magistrado, cuando era elegido por el voto libre del pueblo. Como el rey elegía al gobernador y determinaba su período de gobierno, la gente sentía que se trataba de un títere del rey. El pueblo todavía creía que un gobernador sólo debía pensar en el bienestar de aquellos que gobernaba.

"El gobernador," señaló el abuelo, "tenía dos señores a quienes servir: el rey que lo había elegido, y el pueblo, del que dependía su salario. Muy pocos hombres en su caso habrían sido tan ingenuos como para creer que podían satisfacer ambas partes. El coronel Shute, aunque por naturaleza era un hombre honesto y de buenas intenciones, tuvo muy poco éxito con la gente, y finalmente en 1772, tuvo que viajar a Inglaterra para quejarse ante el rey George. Mientras tanto, el teniente Dummer se encargó de los asuntos de la provincia y de continuar una larga y sangrienta guerra contra los nativos."

"¿Pero, dónde estuvo nuestra silla durante todo este tiempo?" preguntó Clara.

"Todavía permanecía en la biblioteca de Cotton Mather," replicó el abuelo; "Y no puedo dejar de contarles un incidente que acrecienta el honor de este célebre hombre. Es importante que ustedes lo sepan también, porque así se darán cuenta de lo terrible que era la viruela para nuestros antepasados. La historia de nuestra provincia (y por supuesto, la historia de nuestra silla) quedaría incompleta si no mencionáramos este asunto."

El abuelo, entonces, les contó a los niños una historia, a la cual titularemos, en busca de un nombre mejor:

 

La Cura del Diablo

 

Un día, en 1721, el doctor Cotton Mather se sentó en su biblioteca a leer un libro publicado por la Real Sociedad de Londres, pero a cada instante, con cara de preocupación y desasosiego, dejaba su libro en la mesa y se recostaba en la silla del abuelo. Había algo que lo preocupaba demasiado y que no le permitía concentrarse por mucho tiempo en su lectura.

Aquellos tiempos eran lúgubres en Boston. Un terrible virus, la viruela, había aparecido recientemente en el pueblo. Desde los primeros colonos, esta terrible peste llegaba por temporadas arrasando con la vida de innumerables personas. Sin importar en qué momento comenzara a hacer de las suyas, nada parecía detener la viruela hasta que no cobraba más y más víctimas. A su paso, se escuchaba el clamor de cientos de personas que yacían agonizantes, y cuando por fin se iba la peste, dejaba sus profundas huellas impresas en numerosas tumbas.

La gente nunca se sentía a salvo de esta amenaza. Algunas veces, quizás, la traía al país un pobre marinero, que se había contagiado en tierras lejanas, y regresaba a su tierra para morir y traer la muerte a muchos otros. En ocasiones, sin duda, la viruela se montaba en el barco de los gobernadores cuando viajaban a Inglaterra. Otras veces, se escondía en los cargueros entre la seda y los brocados y entre otros artículos lujosos que eran importados para satisfacer el capricho de los más ricos. Y otras veces, parecía que llegaba y se esparcía por su propia voluntad, sin que nadie pudiera determinar de dónde había venido. El médico que era llamado para atender al enfermo, al mirarlo diría: "¡Dios mio, es la viruela! ¡Internen al paciente inmediatamente en el hospital!"

Una vez más, esta terrible enfermedad había aparecido en Boston. Cotton Mather estaba muy afligido por la suerte de las gentes de la provincia. Él también tenía niños que estaban expuestos al peligro. En ese preciso momento, escuchó la voz de su hijo menor, por quien tanto temía.

"¡Ay, cuánto temo por la salud de este pobre niño!" se dijo a sí mismo Cotton Mather. "¿Qué puedo hacer por mi hijo Samuel?"

Una vez más trató de olvidarse de estas preocupaciones retomando el volumen que había estado leyendo. De pronto, la lectura captó completamente su atención. El libro contenía una carta que un médico italiano había escrito sobre el mismo tema que ocupaba las meditaciones de Mather. Sus ojos se deslizaron rápidamente entre las páginas, y ¡miren! El libro describía una cura para erradicar los poderes destructivos de la viruela. Este método fue descubierto en Grecia. Igualmente los médicos de Turquía, aquellos sabios orientales de largas barbas, lo habían empleado por muchos años. Los negros de África, en medio de su ignorancia, eran más sabios que los blancos en esta materia pues ya conocían la cura para la viruela.

"¡Dios mío!" salió disparado de su silla Cotton Mather, agarrándose las manos y mirando hacia el cielo, "Fue la Providencia la que puso este libro frente a mis ojos. Consultaré con los médicos y veré si esta inyección puede detener el poder destructivo de la viruela."

Entonces, se levantó de la silla del abuelo y salió de la biblioteca. Cerca a la puerta se encontró con su hijo Samuel, que lucía triste y débil. El niño probablemente había escuchado que algunos de sus compañeritos ya estaban enfermos de viruela. Pero, como su padre lo miró lleno de alegría, Samuel se animó, confiando en que si los conocimientos de un hombre tan sabio como el ministro no encontraban un remedio, al menos sus oraciones alcanzarían la protección del cielo.

Mientras tanto, Cotton Mather cogió sus cosas, agarró su sombrero de tres picos y caminó por las calles de Boston llamando a las puertas de todos los médicos. Los médicos conformaban una fraternidad muy notable, y las inmensas pelucas que usaban, y sus vestidos negros y sus rostros solemnes hacían que su sabiduría pareciera más profunda de lo que realmente era. Cotton los visitaba uno tras otro enseñándoles el descubrimiento que había hecho.

Pero estos oscuros y sagaces personajes apenas si lo escuchaban. El doctor más viejo del pueblo se contentó con señalar que ni Galeno ni Hipócrates mencionan una cosa semejante a la inoculación, y que era imposible que los médicos modernos fueran más sabios que los padres de la medicina. Otro doctor levantó sus manos lleno de sorpresa y terror tras escuchar las locuras que Cotton Mather estaba proponiendo. Un tercero le dijo, en buenos términos, que no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Otro médico, en nombre de toda la fraternidad de los doctores, seguramente le pediría que se dedicara a cuidar de las almas de los hombres y que dejara a los expertos encargarse del cuidado de los cuerpos.

Al final, únicamente quedaba un solo doctor entre todos sus colegas que ofreció a Mather algo más que unos minutos de paciencia. Se trataba de Zabdiel Boylston, quien ponderando la situación con sentido común, encontró sin dudarlo, que la inoculación había salvado a muchas personas de la muerte, y resolvió ensayar la inyección con su propia familia.

Y así lo hizo. Pero cuando los demás médicos escucharon lo que estaba haciendo, se levantaron llenos de furia y emprendieron una guerra verbal, de manuscritos, textos impresos y de discursos contra Cotton Mather y el doctor Boylston. Cualquiera que hubiera escuchado lo que decían, pensaría que estos dos inofesivos y benévolos hombres habían maquinado la ruina del país.

La gente también se alarmó. Muchos, que se creían más santos que sus vecinos, consideraban que si la Providencia los había predestinado a morir de viruela, era pecaminoso intentar erradicarla. Los comentarios más extraños circulaban por todas partes. Algunos decían que el doctor Boylston se había inventado un método para que la artritis, el reumatismo, los dolores de cabeza, el asma y todas las enfermedades parecidas, se contagiaran de una persona a otra, esparciéndose por toda la comunidad. Otros afirmaban muy llanamente que el diablo se había apoderado de Cotton Mather y que era el autor de todos los males que estaban sufriendo.

Dense cuenta, mis pequeños, que los compatriotas de Cotton Mather siempre iban a dudar de cualquier explicación racional que él les ofreciera, sin importar que tan sabia fuera. Ellos todavía recordaban cómo este ministro los había abandonado en el asunto de las brujas, y ahora, a pesar de que actuara lleno de sabiduría y prudencia, era muy difícil que la gente le creyera.

El odio del pueblo aumentaba de tal manera con sus intentos por librarlos de la viruela, que ya no podía ni caminar en paz por las calles. Cuando la venerable figura del anciano ministro, magra y taciturna de ayunos y vigilias, aparecía en cualquier lugar del pueblo, se escuchaban los abucheos, las burlas y las carcajadas de odio y resentimiento. A su paso, las mujeres escondían a los niños por miedo de que les hiciera alguna maldad. Sin embargo, agachando su cabeza con sumisión, y quizás extendiendo sus manos para bendecir a aquellos que lo insultaba, nuestro ministro proseguía su camino. Pero las lágrimas se le escapaban cuando veía la ceguera de aquellas personas que se rehusaban a entender la ayuda que se les estaba ofreciendo.

Realmente había suficientes rostros melancólicos en las calles de Boston para arrancar las lágrimas de cualquier hombre compasivo. Sobre la puerta de casi todas las casas, ondeaba una bandera roja. Esta era la señal de que la viruela había entrado en aquel hogar y había atacado algún miembro de la familia; o quizá la familia entera, niños y viejos eran víctimas a una de la pestilencia. Amigos y familiares, cuando se encontraban por las calles, pasaban rápidamente sin darse la mano o escasamente sin saludarse, por miedo a que pudieran pescar la peste o contagiar a alguien, y cuando alguien moría, se enterraba rápidamente el féretro a las afueras del pueblo.

"¡Oh Señor!" se decía a sí mismo Cotton Mather, "¿Qué se puede hacer por esta pobre gente, en medio de su ignorancia? Que la Providencia abra sus ojos, y les permita discernir entre lo bueno y lo malo."

Sin embargo, la gente estaba tan furiosa, que amenazaban con vengarse de cualquier persona que intentara emplear el método de la inoculación, auque lo hiciera en su propia familia. Era una situación muy difícil para Cotton Mather, pues no veía otra alternativa para salvar a su pobre hijo Samuel de aquella enfermedad. Sin embargo, resolvió salvarlo, aunque su casa fuera incinerada con él adentro.

"Nada me detendrá," dijo Mather. "La gente de mi pueblo verá que tengo fe en esta cosa, cuando haga el experimento en mi hijo querido, a quien amo más que a mí mismo. Y cuando haya salvado a Samuel, por gracia de Dios los persuadiré de que se salven a sí mismos."

Finalmente Samuel fue inyectado, así como Mr. Walker, yerno de Cotton Mather. El doctor Boylston, inyectó igualmente a otras muchas personas, y mientras centenares de hombres contagiados con el germen morían, casi todos los que seguían el consejo del sabio doctor, se salvaban.

Pero la gente aún no aceptaba su error. Una noche, un pequeño artefacto muy destructivo, llamado granada de mano, fue arrojado a través de una de las ventanas de Cotton Mather, y rodó hasta detenerse exactamente debajo de la silla del abuelo. Se suponía que tendría que haber estado llena de tanta pólvora como para hacer polvo al pobre ministro. Pero los historiadores más avisados son de la opinión de que la granada únicamente contenía azufre y alcanfor suficientes para dejar infestada la casa de un terrible hedor.

Esto no es extraño a la naturaleza del hombre. Los personajes que han intentado hacer al mundo más beneficios de los que el mismo mundo es capaz de entender, casi siempre han terminado infestados de un mal olor. Si los hombres sabios y honestos pudieran aguardar, verían cómo las generaciones presentes y las próximas les harían justicia. Así sucedió en el caso del hombre del que hemos estado hablando. Algunos años después, cuando las inyecciones se aplicaban en todas partes, y miles de hombres eran salvados de la muerte por ellas, la gente recordaba al viejo Cotton Mather, que ya dormía en su tumba. Por fin reconocieron que aquella misma cosa que los había enfurecido y los había hecho perseguir a Mather era lo mejor y lo más sabio que se había inventado.

"Abuelo, esta historia no es muy agradable", observó Clara.

"No, Clara," replicó el abuelo, "pero es necesario que ustedes se den cuenta qué tan oscura era la nube que traía esta enfermedad en los tiempos de nuestros ancestros. Si desean aprender más sobre Cotton Mather, tendrán que leer su biografía escrita por Mr. Peabody, de Springfield. La encontrarán muy entretenida y educativa, aunque el autor es muy severo a la hora de juzgar a su personaje. Este biógrafo lo estima mucho y lo comprende muy bien, pero nos describe especialmente el lado más oscuro de su carácter. La vida de Mather debe ser escrita por alguien que, sin desconocer sus errores, aprecie verdaderamente sus virtudes."

Con esto el abuelo dejó a Cotton Mather en paz, diciéndole a su auditorio que había muerto en 1728 a los sesenta y cinco años, y que había dejado la silla a Elisha Cooke. Este caballero fue un famoso abogado que defendió los derechos de las personas.

El mismo año William Burnet, hijo del célebre obispo Burnet, arribó a Boston con una carta real que lo proclamaba como gobernador. Era el primero en ser elegido por el rey desde el mandato del coronel Shute. El gobernador Burnet se hospedó en la residencia de Mr. Cooke, mientras era reparada la Casa de la Provincia. Durante este período siempre fue honrado con el privilegio de sentarse en la silla del abuelo. Burnet la encontró tan cómoda que cuando tuvo que mudarse a la Casa de la Provincia no pudo resistir la tentación de llevarse la silla consigo, a lo cual por supuesto, no se opuso Mr. Cooke.

"Me imagino," dijo Laurence "que la gente siempre le pedía al rey que les eligiera como gobernador a un hombre que hubiera nacido en Nueva Inglaterra."

"Indudablemente era injusto," respondió el abuelo, "ver a alguien en ese cargo que quizás no tenía ningún talento ni ninguna virtud para ejercerlo, y que posiblemente no sentía ningún afecto natural por el país. El rey generalmente utilizaba las gobernaciones de las colonias americanas para devolverle favores a los nobles, a los cortesanos o a los militares. El pueblo sabía que estas personas estaban al servicio del rey antes que al servicio del país. La Legislatura, por lo tanto, intentaba conservar el poder, negándose a establecer un salario fijo para los gobernadores. Era mejor pagarles de acuerdo con sus méritos.

"¿El gobernador Burnet se ganó bien su salario?" preguntó Charley.

El abuelo no pudo eludir a la simplicidad de la pregunta con su sonrisa, sin embargo puso las cosas en términos muy claros.

El abuelo describió al gobernador Burnet. Lo pintó como un hombre muy estudioso, con muchas habilidades, y por supuesto, de una integridad intachable. El hilo de la historia le permitió al abuelo explicarles a los niños lo infortunado que era para un hombre, que se ocupaba de gobernar a un pueblo, estar impedido para hacer el bien a la gente. El gobernador Burnet estaba tan atado por las órdenes del rey que nunca pudo actuar como realmente deseaba hacerlo. Por ello, su labor en la oficina del gobierno se limitó a discutir con la Legislatura.

"Me temo mis pequeños," dijo el abuelo, "que el gobernador no encontró nunca un momento de paz ni de descanso cuando se sentaba en nuestra vieja silla. Cuando se sentaba en ella, lucía un traje muy peculiar, hecho de una tela rústica y áspera en el exterior, pero de un terciopelo muy suave adentro. Se decía que su temperamento se parecía a aquel traje: sus modales eran rudos pero su disposición interior era suave y amable. Es una lástima que un hombre como éste nunca se librara de los problemas. Sus diputas con los representantes fueron tan acaloradas, que contrajo una fiebre que le causó la muerte en 1729. La Legislatura siempre le negó el salario cuando estaba vivo, pero a la hora de sus muerte tuvieron suficiente dinero para darle un funeral espléndido y pomposo."

El abuelo, entonces, se dio cuenta que la pequeña Alice se había quedado dormida a sus pies hacía mucho rato. Para ser más exactos, como lo dijo Clara, la pequeña había estado durmiendo desde la expedición de Sir Hovenden Walker contra el Quebec hasta la muerte del gobernador Burnet, que correspondía a un lapso de tiempo de dieciocho años. Después de una siesta tan prolongada, la dulce Alice aún era una niña de rizos de oro de apenas unos cinco años.

"Esto me recuerda," dijo Laurence, "el cuento de la princesa encantada, que durmió muchos años, pero despertó más joven y bella que nunca."

 

 

CAPÍTULO 6

 

Las últimas tardes la prima Clara había preguntado si la silla nunca había estado presente en una fiesta. Estos últimos días, también, la pequeña Alice traía una muñeca con la cual sostenía largas conversaciones.

"¿Te das cuenta abuelo?" dijo la niña. "¿Alguna vez se sentó una niña tan linda como esta en tu gran silla?"

Estas preguntas llevaron al abuelo a hablar sobre las modas y las costumbres que empezaban a introducirse desde Inglaterra en las provincias. La sencillez de los primeros puritanos desapareció rápidamente. Esto se debió en parte al incremento del número y de la riqueza de los habitantes, así como a la influencia constante que recibían con la llegada y el asentamiento de nuevas gentes que venían del otro lado del océano.

Otra de las causas de un estilo de vida pomposo y artificial, para aquellos que se podían dar esos lujos, era el ejemplo que habían dado los gobernadores reales. Bajo la vieja carta real, los gobernadores eran los representantes del pueblo, y por ende su estilo de vida estaba marcada por la sencillez popular. Pero ahora, al representar a la persona del rey, consideraron que era necesario preservar la dignidad de su cargo practicando ceremonias de alto nivel y de mucha pompa. Además, los puestos oficiales estaban ocupados por hombres que venían de Londres, donde habían contraído un estilo de vida muy cómodo y lujoso, que no estaban dispuestos a abandonar. Las familias pudientes de la provincia comenzaron a imitarlos, y así se inició un cambio radical en la vida social.

"Sí, mi querida Clara," dijo el abuelo, "después de que nuestra silla entró en la Casa de la Provincia, muy a menudo estaba presente en bailes y fiestas, aunque la verdad, no te puedo describir ninguna de estas celebraciones en particular. Pero no dudo que eran fiestas magnificentes, en las que los esclavos vestidos impecablemente esperaban a los invitados, y les ofrecían exquisitos vinos en cálices de plata macizos."

"¡Había esclavos en esos tiempos!" exclamó Clara.

"Si, esclavos blancos y negros," replicó el abuelo. "Nuestros antepasados no trajeron solamente negros de África, sino también indios de Sur América, y blancos de Irlanda. Estos hombres no eran comprados de por vida sino por un período determinado de tiempo para pagar los costos del viaje a través de Atlántico. Nada era más común que encontrarse en los periódicos con avisos que anunciaban la venta de niños irlandeses. Así como los negritos, que también eran ofrecidos como si se tratara de una mascota."

"Quizás a Alice le hubiera gustado tener uno para jugar con él, en vez de su muñeca," dijo Charley riéndose.

Pero la pequeña Alice estrecho su muñeca muy fuerte contra su pecho.

"Viendo tu muñeca Alice, podrás imaginar" dijo el abuelo, "lo espléndidos que eran los vestidos que usaban las damas de la época. Les encantaba la seda, el satín, y los damascos, y los brocados, y las piezas de alta costura, así como todo tipo de cosas finas y elegantes. Acostumbraban vestirse con unas faldas formadas por armaduras metálicas invisibles tan enormes que era casi un paseo darles la vuelta entera."

"¿Y cómo se vestían los caballeros?" preguntó Charley.

"Con igual o mayor magnificencia que las damas" respondió el abuelo. "Para los vestidos informales empleaban sombreros de terciopelo verdes, rojos, azules o de cualquier otro color estrafalario, decorados con cintas de oro o de plata. Los chalecos, cinco veces más grandes que los actuales, eran espléndidos. En ocasiones, el chaleco entero, que llegaba casi hasta las rodillas, estaba adornado con brocados de oro."

"¡Los que hacían los vestidos tenían que estar bañados en oro!" dijo Clara.

"También usaban" continuó el abuelo, "varios tipos de pelucas, corbatas, insignias, escudos, plumas y muchos otros accesorios. Sus sombreros de tres picos también eran adornados con cintas de plata y oro. Así mismo empleaban hebillas resplandecientes en su vestuario y sobre todo en los zapatos. Tenían espadas con maravillosas empuñaduras tanto de plata, como de acero bañado en oro."

"¡Oh, me gustaría tener una espada!" dijo Charley.

"¡Y una capa roja de terciopelo adornada con brocados!" dijo Clara riéndose, "y un chaleco que te caiga sobre las rodillas Charley".

"Y hebillas en tu ropa y en tus zapatos", dijo Laurence riéndose también.

"Y un peluquín" añadió Alice sin tener la menor idea de qué era aquello que sugería a Charley.

El abuelo se rió de sólo imaginar la pequeña figura de Charley disfrazada con un atuendo tan grotesco. Continuando con la historia de la silla, el abuelo dijo que en 1730 el rey George II eligió a Jonathan Belcher como gobernador de Massachusetts en lugar del difunto gobernador Burnet. Mr. Belcher era nativo de la provincia, pero había pasado gran parte de su vida en Europa.

El nuevo gobernador encontró la silla del abuelo en la Casa de la Provincia. Quedó impresionado por su aspecto noble y elegante, pero consideraba que tantos años de duro servicio le habían quitado el esplendor original cuando reposaba en el hall del Earl de Lincoln. Fue así, como el gobernador Belcher muy aficionado a los lujos, contrató a un talentoso artista para que embelleciera la silla. La silla fue lustrada y barnizada, y las figuras talladas en los brazos y en el respaldo fueron cubiertas con oro. La cabeza del león resplandecía como un verdadero lingote de oro. Finalmente el gobernador Belcher le puso a la silla un cojín de damasco azul, adornado con un hermoso borde dorado.

"Siendo así glorificada nuestra vieja silla," prosiguió el abuelo, "lucía con mayor esplendor que cuando Lady Arbella la trajo de Inglaterra hacía un siglo. Muchos creyeron que se trataba de la última moda londinense en sillas. Lo que sirve de ejemplo para entender que casi siempre bajo el esplendor de las nuevas invenciones yace el espíritu de los viejos tiempos."

"Abuelo, no veo ningún rastro del oro," anunció Charley, que había estado examinando la silla meticulosamente.

"Ya sabrás que pasó con el oro," dijo el abuelo "cuando escuches todas las aventuras que desde entonces protagonizó nuestra silla. Había oro, y la habitación más hermosa de la Casa de la Provincia estaba adornada con nuestra silla."

Los niños no estaban muy interesados en saber lo que había sucedido durante los años en que el gobernador Belcher permaneció en la silla. Al inicio, el gobernador Burnet al igual que el coronel Shute se enredó en disputas con la Legislatura por su salario. Pero como se dio cuenta que era imposible obtener una suma fija, finalmente recibió la orden del rey de aceptar lo que la Legislatura decidiera. El pueblo triunfó en esta larga confrontación por alcanzar el privilegio de emplear sus propios recursos como ellos creyeran conveniente.

La principal tarea del gobernador Belcher era estabilizar los fenómenos monetarios. Los chelines del pino del honorable John Hull ya habían desaparecido. En buena parte, se habían perdido o habían ido a parar nuevamente a la fundición. Estas monedas fueron sustituidas por billetes hechos de papel o de pieles de animales, avaluados en tres peniques en el caso del de menor denominación. El valor de estos billetes variaba constantemente porque no se podía cambiar por el oro que los respaldaba. La situación monetaria era peor que la de los indios que empleaban conchas en vez de dinero. Estos desórdenes en la circulación de la moneda fueron un dolor de cabeza para los gobernantes y los legisladores, no sólo en los días del gobernador Belcher, sino incluso muchos años antes y después de su mandato.

Finalmente la gente comenzó a sospechar que el gobernador Belcher estaba intentando establecer clandestinamente el culto divino al estilo del episcopado. Los hijos de Nueva Inglaterra ya tenían suficiente con lo que todavía quedaba del espíritu puritano, como para comulgar con esas intenciones. El pueblo hizo muchas peticiones para que el rey destituyera al gobernador. Así, en 1740, se le obligó a renunciar y la silla del abuelo pasó a manos de Mr. Shirley.

 

 

CAPÍTULO 7

 

"William Shirley," dijo el abuelo, "había venido de Inglaterra hacía algunos años, y estaba dedicado al ejercicio de las leyes en Boston. Quizás imaginarán, mis pequeños, que tratándose de un abogado, el nuevo gobernador solía sentarse en nuestra silla para dedicarse a leer todo el día libros muy aburridores de derecho. Por el contrario, Shirley fue el gobernador más activo y emprendedor que Massachusetts ha tenido. Incluso Sir William Phipps no se podría comparar con él. Los primeros años de su administración se dedicó a estabilizar la situación monetaria. En 1744, después de un período de paz de más de treinta años, estalló la guerra entre Francia e Inglaterra."

"Supongo que el gobernador," dijo Charley, "intentó invadir Canadá."

"No exactamente Charley," dijo el abuelo, "aunque tu suposición no es descabellada del todo. El gobernador planeó en 1745 una expedición contra Louisburg, una ciudad amurallada situada en la isla Cabo Breton, cerca de Nova Scotia. Los muros que la rodeaban eran inmensamente altos y fuertes, y estaban custodiados por numerosos cañones. En realidad se trataba de la fortificación más grande que los franceses tenían en América, tanto así, que si el rey de Francia hubiera adivinado las intenciones del gobernador Shirley, no habría dudado un segundo en enviar todas las naves disponibles para defenderlo."

Como la toma del fuerte Louisburg fue uno de los acontecimientos más importantes en el cual participaron los habitantes de Nueva Inglaterra, el abuelo se animó a describirles a los niños con lujo de detalles todo lo ocurrido. A este relato lo llamaremos:

 

El Reclutamiento en la Provincia

 

La expedición contra Louisburg estaba planeada inicialmente para enero. Desde aquellos días, la silla del abuelo permanecía constantemente rodeada por consejeros, representantes políticos, clérigos, capitanes, pilotos, y en fin, por toda clase de personas con las cuales se asesoraba el gobernador para la ejecución de su ambicioso proyecto.

En primer lugar, era necesario reclutar hombres y conseguir armamento. La Legislatura aportó rápidamente una gran suma de dinero con la cual el gobernador esperaba conseguir todos los cañones, la pólvora y las balas, las espadas y los mosquetes, y todo lo que fuera necesario para arrasar como por arte de magia con los franceses. Los tambores redoblaron en todas las poblaciones de Massachusetts para reclutar a los nuevos soldados. Enviaron varios mensajes a los demás gobernadores de Nueva Inglaterra, a Nueva York y Pennsylvania, con el propósito de convencerlos de que se unieran en esta cruzada contra los franceses. Todas las provincias apoyaron la causa y ayudaron en todo lo que pudieron.

Pero todavía quedaba algo muy importante por decidir. ¿Quién sería el nuevo general de este gran ejército? La paz había durado tanto, que la experiencia militar de los colonos era la más pobre que se había visto en todos los tiempos. Los primeros puritanos siempre habían conservado sus armas muy resplandecientes, y nunca renunciaron a su condición de aguerridos soldados, expertos para defenderse y sobre todo para atacar al enemigo. Ahora, las espadas de sus descendientes estaban oxidadas por el desuso. No había nadie en Nueva Inglaterra que tuviera la menor idea de lo que era un asalto militar o de cualquier otra práctica bélica. Los únicos hombres que tenían alguna experiencia en la milicia eran unos pobres ancianos, que en los tiempos de la guerra del gobernador Dummer habían cazado indígenas en los bosques.

En medio de este dilema, el gobernador Shirley escogió a un próspero comerciante, llamado William Pepperell, muy conocido y apreciado entre la gente. Aunque como militar no tenía más experiencia que sus vecinos, el gobernador le insistió tanto, que finalmente dejó a un lado su libro de cuentas, y empuñando la espada asumió el título de general.

¡Qué algarabía la que se levantaba! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Los tambores sonaban sin parar, y su redoblar se levantaba sobre los demás sonidos.

Nada era más valioso en ese momento que las armas, sin importar su estilo o su antigüedad. Los hornos resoplaban, y el martillo tintineaba constantemente contra el yunque, mientras que los fundidores reparaban las armas de las guerras pasadas. Seguramente algunos de los soldados tuvieron que cargar aquellos enormes arcabuces que se empleaban en el tiempo de los puritanos. También serían comunes los grandes pistolones que escupían perdigones. Los viejos cañones de enormes bocas eran tesoros invaluables. Las armas que empuñaron por primera vez los soldados de Miles Standish hicieron de nuevo su aparición. Muchos muchachos inspeccionaron las buhardillas de sus casas de donde desempolvaron las antiguas espadas de los abuelos, corroídas por el óxido y manchadas con la sangre derramada en la Guerra del Rey Philip.

Nunca había existido un ejército como éste, conformado por hombres que después de haber vivido en paz por tanto tiempo, iniciaban una guerra con las primeras armas que encontraban a su paso. Todavía se escuchaban el redoblar de los tambores en todas las poblaciones ¡pum! ¡pum! ¡pum! pero aún con mayor estrépito resonaban los pasos de los reclutas que marchaban por las calles.

El ejército se acuarteló en Boston. Los soldados, niños de piernas alargadas, muy altos e inexpertos conformaron las escuadras, las compañías y los regimientos, y lucían muy altivos con sus nuevos uniformes marrones y sus pantalones azules. Todavía caminaban como si estuvieran cortando el pasto de sus casas, y marchaban sin ningún ritmo ni compás. Allí vienen, unos provienen de las plantaciones de maíz, de los bosques, de los talleres de fundición, de las carpinterías o directamente de las zapaterías. Era un ejército de caras rudas y aspecto aguerrido. Cualquier soldado europeo se habría muerto de la risa de solo verlos. A pesar de todo, era un ejército que tenía buen espíritu, lo que es más importante en la milicia que vestir capas magníficas y marchar como máquinas al compás de la música.

Sí, todavía se escuchan los tambores ¡pum! ¡pum! ¡pum! Un grupo de tres o cuatro mil hombres se dirigen a Boston para enlistarse en el ejército. ¡Qué poca paz se respiraba allí! Se oían las voces de los jóvenes soldados gritar al compás de los tambores. El pueblo entero, toda la tierra, ardía con el fuego de la guerra.

Después de la llegada de todas las tropas, probablemente habría una inspección general. Nos imaginamos al gobernador Shirley y al general Pepperell cabalgando lentamente a lo largo de las filas, mientras los tambores salmodiaban extrañas tocatas y todos los oficiales y los soldados sacaban a relucir sus caras más serias y altivas. Habría sido una escena terrible para los franceses, si es que la hubieran presenciado.

Finalmente, el 24 de marzo de 1745, la armada recibió la orden de salida, y partió de Boston en diez o doce naves que el gobernador había conseguido. Algunos días después, una flota inglesa, comandada por el comandante Peter Warren, zarpó hacia Louisburg para apoyar al ejército de la provincia. Después de tanta algarabía y de tantos preparativos, finalmente el pueblo había quedado dominado por la soledad y el silencio.

Pero silencio y soledad, al mismo tiempo que angustia y ansiedad, son difíciles de compaginar. Los corazones de los ancianos y las mujeres latían fuertemente de sólo pensar que habían enviado a sus hijos, a sus esposos y a sus hermanos a una empresa tan peligrosa y arriesgada. Los niños se paseaban por las escuelas, extrañando el ¡pum! ¡pum! ¡pum! de los tambores y las marchas, que hacía poco los había hecho gritar y bailar. Todos los ministros oraban fervorosamente en sus iglesias para alcanzar la bendición de Dios sobre las tropas de Nueva Inglaterra. En todas las familias, cuando el padre bendecía la mesa, no dejaba nunca de pedir por el bienestar de aquellos seres queridos que estaban luchando en los muros del fuerte Louisburg.

Seguramente durante todo este tiempo el gobernador Shirley estaba a punto de morir de impaciencia. No podía siquiera sentarse por un segundo. No se encontraba tranquilo, ni siquiera en la silla del abuelo, y se pasaba todo el día de arriba para abajo y de un lado para otro, recorriendo toda la Casa de la Provincia. Subía a la torre de la casa desde donde se veía el horizonte y forzando su vista intentaba divisar a lo lejos sin ningún éxito la presencia de alguno de sus navíos. Bajaba corriendo por las escaleras, se quedaba quieto por un segundo en el portal, y trataba de escuchar entre la brisa que venía de la lejanía, nuevas noticias de su ejército. Unas semanas después de la salida de las tropas, el comandante Warren envió una pequeña embarcación a Boston con dos prisioneros franceses. Uno de ellos era Monsieur Bouladrie, comandante de una de las tropas que defendía el exterior del fuerte Louisburg. El otro era el marqués de la Maison Forte, capitán de la fragata que había sido vencida por la flota del comandante Warren. La captura de ambos prisioneros le confirmaron al gobernador Shirley que las murallas del fuerte Louisburg todavía eran demasiado fuertes como para ser arrasadas por el ejército provincial.

Los días y las semanas pasaban y pasaban. La gente estaba a punto de morir de ansiedad, con el futuro de la nación envuelta en una expedición tan peligrosa. Es la mañana del 3 de julio.

¡Escuchen! ¿Qué ruido es ese? ¡Una campana está sonando! ¡El sonido proviene de Old North! ¡Ahora también suenan las campanas de Old South! ¡El sonido también proviene de las campanas de la vieja iglesia en la calle Brattle! Nueve o diez campanarios cantan con sus voces de acero en la brisa matinal. ¿Será una alarma? ¿Estarán celebrando algo? Se escucha también el estallido de un cañón. Estalla un saludo multitudinal. Se escuchan los gritos jubilosos de la muchedumbre en las calles. ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Louisburg fue invadido! ¡Hurra!

"¡Ay abuelo! ¡Cómo me hubiera gustado vivir en esos tiempos!" dijo Charley "¿Y qué recompensa les dio el rey al general Pepperell y al gobernador Shirley?"

"A Pepperell le dio el título nobiliario de barón, y ahora se llamaba Sir William Pepperell", respondió el abuelo. "Así mismo, el rey los nombró coroneles de la armada real. Estas recompensas, y muchas otras, fueron muy bien ganadas porque en toda la guerra éste fue el mayor triunfo de los ingleses sobre los franceses. El general Pepperell se hizo muy famoso. Una vez vi un retrato suyo donde aparecía con un espléndido uniforme escarlata, de pie frente a las murallas de Louisburg, mientras varias bombas caían del cielo."

"¿Pero el país se benefició verdaderamente con la toma de Louisburg?" preguntó Laurence. "¿O los únicos que se beneficiaron fueron Pepperell y Shirley?"

"El Parlamento Inglés", replicó el abuelo, "acordó pagarle a los colonos todos los gastos de la expedición. Así, en 1749, dos mil quince lingotes de oro español y cien contenedores de monedas de cobre fueron enviados desde Inglaterra a Boston. La cantidad total sumaba un millón de dólares. Veintisiete carretas y coches trajeron el dinero del puerto al tesoro provincial. ¿No creen que es una buena recompensa?"

"Las madres de los jóvenes que murieron en la toma del fuerte Louisburg no creían que lo fuera," dijo Laurence.

"No, Laurence," dijo el abuelo, "todo triunfo militar supone un mal moral o físico que no puede pagarse ni con todo el oro de las minas de los españoles. Pero tenemos que recordar que esta empresa militar les permitió a los colonos demostrase a sí mismos sus habilidades para la guerra, y con ello, preparase para la futura campaña revolucionaria. Desde ese punto de vista, el coraje de nuestros antepasados fue su propia recompensa."

El abuelo continuó su relato explicando que el éxito de la expedición contra Louisburg motivó a Shirley y a Pepperell para diseñar un plan para conquistar Canadá. Este proyecto, sin embargo, nunca se puso en marcha.

En el año 1746 se extendió el terror con la llegada de la formidable flota francesa a las costas. Esta flota estaba comandada por el duque d´Aville y la conformaban cuarenta barcos de guerra, además de otras carabelas tripuladas por soldados. Con estas tropas los franceses intentaron recobrar el fuerte Louisburg, para después emprender la venganza contra Nueva Inglaterra. Muchos ya daban todo por perdido.

Sin embargo, la flota sufrió tantos accidentes y pérdidas debido a las tormentas y al deterioro de algunos de sus barcos, que se dice que el duque d´Aville se desesperó hasta tal punto que se envenenó. El siguiente oficial al mando tomó su propia espada y se suicidó. Sin ningún comandante, la tripulación restante de la flota se vio obligada a regresar a Francia. Nueva Inglaterra se salvó de la flota francesa tal como en los tiempos de la reina Elizabeth, la Vieja Inglaterra se había librado de la Armada Española que se hundió frente a sus costas.

"En 1747," prosiguió el abuelo, "el gobernador Shirley fue expulsado de la Casa de la Provincia, no ya por alguna flota o armada enemiga, sino por una multitud de habitantes de Boston. El pueblo estaba tan furioso con la conducta del comandante británico Knowles que había encarcelado algunos de sus conciudadanos, que miles de ellos empezaron a tirar piedras y ladrillos contra las ventanas de la Casa de Representantes. El gobernador intentó calmarlos, pero al ver que sus intentos eran vanos decidió abandonar el pueblo y buscar refugio en las muros del Castillo William. La calma no reinó nuevamente hasta que el comandante Knowles dejó en libertad a sus prisioneros. Este incidente simplemente fue una advertencia para que los ingleses no se atrevieran a tomar ninguna medida opresiva contra sus hermanos colonos."

En 1748 se declaró la paz entre Francia e Inglaterra y el gobernador al fin tuvo oportunidad de sentarse por un minuto plácidamente en la silla del abuelo. Sin embargo parece que éste no era un hombre al que le sentara muy bien el descanso, pues al siguiente año fue a Inglaterra desde donde fue enviado a Francia en una misión oficial. Mientras tanto, aunque Shirley no había renunciado a su cargo, el teniente Phipps asumió el papel de máximo magistrado en sustitución suya.

 

 

CAPÍTULO 8

 

Al atardecer del día de Acción de Gracias, Laurence y Clara y Charley y la pequeña Alice hicieron un semicírculo alrededor de la silla del abuelo tomados de la mano. Los niños habían pasado un día muy feliz aquella festividad, entretenidos en todo tipo de juegos, tanto así, que en la casa se respiraba cierto aire de alegría.

El abuelo también había pasado un día agradable aunque no tan feliz. Sentía que aquel día de Acción de Gracias era el mejor de su vida. Ciertamente, todos las festividades de su juventud no se podían comparar con aquel día. Todos los años de su infancia, de su adolescencia y de su adultez habían pasado volando furtivamente, con sus bendiciones y sus tristezas, por su vida mientras él permanecía sentado silenciosamente en su magnífica silla. Los recuerdos se desvanecían en el aire. Las sombras de sus amigos del pasado lo visitaban. Escuchaba los ecos de muchas voces que lo llamaban desde la eternidad y la infinitud. Todas estas sombras, si es que eran realmente sombras para el abuelo, parecían tan reales para el anciano como los gritos y las sonrisas de los niños, como las figuras que bailaban como un amanecer ante sus ojos.

El abuelo sentía que el pasado lo abandonaba. La alegría de sus mejores años estaría con él para siempre. Había algo en las profundidades de su corazón, algo que se confundía con un sentimiento de nostalgia en su vida, que se convertía en algo similar a la alegría. Este sentimiento se transformó en puro gozo y se hizo más precioso para él que el oro.

Los niños venían muy animados de sus juegos, y esperaban que el abuelo los deleitara con una de sus historias. El abuelo se frotó los ojos y los saludó a todos con una sonrisa. Estaba feliz, como cualquier anciano lo hubiera estado, de saber que aún era importante, y que todavía podía hacer algo por el mundo. ¿Después de haber pasado un día tan entretenido, estos niños deseaban escuchar las historias del abuelo? Sí, el abuelo todavía tenía un lugar entre los hombres, o al menos entre los niños y las niñas.

"Empieza rápido abuelo," dijo Laurence, "mira que hasta la gatica quiere escucharte."

Era cierto, nuestra querida amiga, la gata, estaba recostada cerca a la chimenea retozando con el calor de las llamas. Levantando sus orejas, la gata miraba al abuelo y volteaba la cabeza para mirar a los niños, y nuevamente miraba al abuelo, y a los niños, parecía que nuestra gatica se sentía bien entre ellos. Un pequeño aullido, como el silbido de una cafetera o el chillido de la rueda de una carreta, confirmaba que estaba tan feliz y cómoda como un gato puede estar. La gatica también estaba de fiesta, al igual que para el abuelo y los niños, para ella también era el día de acción de gracias.

"¿La gatica quiere escucharme?, preguntó el abuelo con una sonrisa en su rostro. "Bien tendremos que complacer a nuestra gatica, si es que podemos."

Así, el abuelo retomó la historia de la silla desde la época de paz de 1748. Dando cumplimiento a uno de los apartados del tratado de paz, Louisburg, que les había costado tanto conquistar a los habitantes de Nueva Inglaterra, fue restituido a la corona francesa.

Los franceses sabían que de no proteger mejor sus colonias una nueva guerra se las podría usurpar definitivamente. Casi tan pronto como fue declarada la paz, los franceses comenzaron a construir grandes fortificación en Norte América. Era extraño contemplar estos castillos que se levantaban al lado de ríos solitarios o en medio de los bosques. Los indígenas, navegando en sus canoas por el lago Champlain, miraban con estupor las inmensas murallas de Ticonderoga, piedra sobre piedra, este fuerte estaba custodiado por innumerables cañones, y en la parte más alta ondeaba la bandera blanca de Francia. Había fuertes similares en el lago Ontario y cerca de las cataratas del Niágara y en el nacimiento del río Ohio. Estos castillos y muchas otras fortificaciones se esparcían por el legendario bosque, y el eco de los tambores moría en la lejanía de aquellas soledades.

Lo cierto era que los franceses querían construir todas sus fortificaciones entre Canadá y Louisiana. De este modo tendrían una fuerza militar en las espaldas de los colonos ingleses suficiente para contenerlos. El rey de Inglaterra consideró que la construcción de estos fuertes era un motivo suficiente para declarar la guerra, y así lo hizo en 1754.

"El gobernador Shirley," dijo el abuelo "había regresado a Boston en 1753. Cuando estuvo en París se casó por segunda vez con una joven francesa, que trajo a la Casa de la Provincia. Pero cuando la guerra estalló, era imposible para un hombre tan activo como Shirley permanecer tranquilamente en su casa, sentado en nuestra vieja silla, con sus esposa y sus hijos haciéndole compañía. Fue así, como obtuvo un cargo de mando en las fuerzas inglesas."

"¿Y qué hizo Sir William Pepperell?" preguntó Charley.

"Permaneció en su casa," contestó el abuelo, " y fue general de la milicia. Los antiguos regimientos del ejército inglés que habían sido envíados a través del Atlántico, no hubieran estado muy contentos de luchar bajo las órdenes de un viejo comerciante americano. Comenzó, entonces, lo que los ancianos llaman la Antigua Guerra Francesa. Nos apartaríamos demasiado de la historia de nuestra silla si contáramos solamente la mitad de las batallas de esta guerra. Ni siquiera puedo permitirme describirles la sangrienta derrota del general Braddock, cerca al nacimiento del río Ohio, en 1755. Pero no puedo dejar de mencionarles que cuando el general inglés fue herido mortalmente y su ejército fue arrasado, lo que quedó de su regimiento fue defendido por la experiencia y el coraje de George Washington."

Al mencionar este célebre nombre los niños se comportaron como si súbitamente un rayo de luz hubiera iluminado la historia de su país, ahora que el gran libertador se levantaba en el horizonte.

Entre todos los eventos de la Antigua Guerra Francesa, el abuelo consideraba que no había ninguno más interesante que el desalojo de los habitantes de Acadia. Desde el primer asentamiento de esta antigua colonia francesa en 1604, hasta los días de hoy, sus gentes nunca habían sabido con certeza a qué reino pertenecían. Los acadianos eran una raza pacífica, que no encontraban ningún encanto en la guerra, y que nunca habían buscado alcanzar fama como grandes guerreros. Sin embargo, en cada guerra, sus región era infestada con soldados de sangre fría, tanto franceses como ingleses, que luchaban entre sí por el privilegio de dominar a los inofensivos acadianos. Algunas veces, los tratados de paz los convertían en súbditos de un rey, cuando no de otro señor.

Con el tratado de paz de 1748 Acadia había sido cedida a Inglaterra, pero los franceses todavía reclamaban una buena parte de esos terrenos, y se empeñaba en construir fuertes para defenderlos. En 1755 los ingleses se tomaron estas fortificaciones, y todos los terrenos de Acadia fueron conquistados por tres mil hombres de Massachusetts, bajo el mando del general Winslow, Los habitantes fueron acusados de proveer a los franceses con provisiones, y de hacer otras cosas que iban en contra de su imparcialidad.

"Probablemente estas acusaciones eran ciertas," señaló el abuelo "pues los acadianos eran descendientes de los franceses, y tenían los mismos sentimientos hacia ellos, que los habitantes de Massachusetts hacia los ingleses. A pesar de todo el castigo fue muy severo. Los ingleses decidieron expulsar estas pobres personas de sus tierras nativas."

Los acadianos eran unos siete mil. La mayoría de ellos fueron capturados y llevados a las colonias inglesas. Todas sus cabañas y sus iglesias fueron incineradas, el ganado asesinado, y la región entera devastada. Ninguno de ellos hubiera encontrado techo ni comida en sus antiguas tierras después de la salida de los ingleses. Mil prisioneros fueron enviados a Massachusetts. El abuelo quería continuar con su historia e intentó darle a su auditorio una idea de la situación de los acadianos.

Este parte de la historia la llamaremos:

 

El Exilio de los Acadianos

 

Fue un día muy triste para los acadianos cuando los soldados los condujeron hasta la costa, apuntándolos con bayonetas. Fue muy triste también para ellos navegar por el océano en unas embarcaciones repletas de gente. Pero yo creo que fue todavía más triste cuando llegaron a Boston y los dejaron allí en una tierra desconocida.

Probablemente, entonces, más unidos que nunca buscarían en el rostro del otro, la amistad que no encontraban en aquel lugar. Antes de llegar a Boston habían sido confinados a bordo de embarcaciones diferentes de modo que nadie sabía si sus amigos y sus familiares habían sido capturados junto con ellos. Pero ahora, al menos, se daban cuenta que muchos se habían quedado o habían sido llevados a otras regiones.

Seguramente se escucharía la voz de una mujer inconsolable que buscaba a su marido. Este pobre no estaba allí, su esposa no tenía idea de su paradero, quizás se había escondido en los bosques de Acadia y ahora regresaba a llorar sobre las cenizas de su pueblo.

Una pobre viuda lloraba desesperadamente y se lamentaba por su único hijo, en quien se había apoyado por tantos años. Su hijo no estaba entre la multitud de exiliados. Qué podría hacer una viuda de su edad en esa situación más que llorar y echarse a morir. Los jóvenes y sus prometidas, con el corazón roto por la separación, esperaban encontrarse nuevamente al terminar el viaje. Ahora empezaban a sentir que estaban separados para siempre. Y quizás una pequeñita muy solitaria, una niña de cabellos de oro de apenas cinco años, muy parecida a la pequeña Alice, estaría llorando y aguardando a su madre, sin encontrar una sola alma que la pudiera consolar.

¡Oh, cuántos corazones estaban destrozados! Sin tierra, sin amigos, los ranchos, la vida rural, los campos, ¡todo perdido! Todos los lazos que unían a estos pobres exiliados con el mundo fueron cortados violentamente. Seguramente se lamentaban de no haber muerto antes de ser exiliados, los ingleses no hubieran sido tan canallas como para negarles una tumba en sus propias tierras. La muerte era preferible al exilio.

Mientras los acadianos se encontraban en la costa tal como lo hemos descrito, la gente de Nueva Inglaterra probablemente se moriría de curiosidad y bajaría a mirar lo que estaba sucediendo. Seguramente metían sus narices en las conversaciones de los pobres acadianos. Parecían muy confundidos al escuchar el extraño acento de aquellos hombres que sonaban más como franceses. Entre los curiosos también estaban las mujeres de Nueva Inglaterra. Habían dejado el calor y la seguridad de sus hogares, donde todo transcurría con sencillez y regularidad, y donde compartirían al caer la tarde con sus familias. Seguramente nuestras mujeres sintieron compasión por las viudas y las esposas de Acadia. O será que la señal de la cruz que continuamente aquellas mujeres trazaban sobre sus pechos, señal que había sido abjurada por los puritanos, ¿será que aquella señal excluía cualquier sentimiento de compasión?

Entre los espectadores también se encontraba la ruidosa turba de los escolares de Boston, que habían venido en medio de carcajadas y gritos a contemplar aquel puñado de extranjeros que vestían atuendos tan raros. Al inicio danzaron y gozaron alrededor de aquellas gentes, llenos de euforia y desparpajo. Pero la tristeza de los acadianos muy pronto hizo efecto en aquellos niños ignorantes, y también ellos se compadecieron de los exiliados llenos de dolor.

Desde esta costa se podían divisar a lo lejos las lujosas casas de los ricos comerciantes de Long Wharf. Era muy difícil conmover el corazón de estos hombres. Siempre lo habían tenido todo al alcance de la mano, y cuando caminaban demasiado sus sentimientos únicamente se alteraban por la rudeza del terreno que lastimaba sus delicados pies. Orgullosos de sus doradas canas, aquellos hombres contemplaban el espectáculo sin perder la compostura. Imaginemos lo que habría pasado si aquellos comerciantes hubieran compartido las riquezas que les sobraba con aquellos pobres exiliados para conseguirse un poco de comida y un lugar donde pasar la noche.

Después de pasar un largo rato en la costa, sus miradas perdidas en la lejanía guardaban la esperanza de divisar por última vez su tierra perdida, y así, los extraños se dirigieron hacia el pueblo en varios grupos.

Supondremos que fueron en grupos, por allí unos cien, aquí dos, allá diez, aquí tres o cuatro, y así se iban distribuyendo de acuerdo con los lazos de amistad que había entre ellos. Aquí y allá también habría uno que otro completamente solo, divagando por ahí, sin la más mínima intención de encontrar compañía.

¿Pero a dónde se dirigían exactamente? Me los imagino vagando por las calles, dirigiéndose a los habitantes de la provincia con unas palabras ininteligibles y extrañas, para que supieran que ninguna calamidad en la tierra se asemejaba a lo que les estaba pasando a ellos. La hermandad que debe haber entre todos los hombres era suficiente para que entendieran aquel lenguaje. Los extraños querían comida. Algunos de ellos pidió ayuda a las puertas de las mansiones estatales que por aquel entonces se encontraban en el vecindario de la calle Hanover y de North Square. Otros se acercaron a los negocios de los mercaderes y de los mecánicos. Quiera Dios que ninguna familia en Boston le haya tirado la puerta en la cara a ninguno de estos pobres exiliados. Sería un deshonor para Nueva Inglaterra (un crimen que mercería un castigo severo) si las pobres ancianas y los niños, o incluso un solo hombre por fuerte que fuera, hubiera pasado hambre en nuestras tierras.

Quizás algunos de los acadianos, lamentándose y pidiendo ayuda en el pueblo, se encontrarían cerca de una gran edificio de ladrillo, que estaba separado de la calle por una cerca de alambres de acero, decorada con figuras fantásticas. Verían un portal al cual se ascendía por unas escaleras de piedra, sobre el cual había un balcón. La miseria y el abandono le dan a cualquier hombre el derecho de entrar donde desee. Supongamos, entonces, que aquellos hombres subieron por aquellas escaleras hasta el portón y entraron en la Casa de la Provincia. Prosiguiendo hasta alguna de las habitaciones, se encontrarían con un hombre muy elegante, sentado en la silla estatal, una silla adornada con laminilla de oro al respaldo, y con una cabeza de león dorada tallada en la parte superior. Se trata del gobernador Shirley, meditando sobre los asuntos de la guerra y el Estado, sentado en la silla del abuelo.

Si un incidente como ese hubiera ocurrido, Shirley habría sacado una enseñanza moral muy profunda de ese encuentro y se habría dado cuenta de las consecuencias de las frías leyes de un hombre de Estado y de la mano de acero de los guerreros. Así habría sabido que el corazón del hombre es sagrado y que ni las leyes ni el Estado tienen derecho a violarlo. Se hubiera dado cuenta que el triunfo de Inglaterra y la expansión de sus dominios no pueden compensarle al género humano ni al cielo las cenizas de una sola choza de los acadianos. Pero definitivamente así no razonan los estadistas ni los guerreros.

"¿Abuelo," dijo Laurence, con voz resquebrajada, "esta guerra había hecho una cosa tan cruel desde que comenzó?

"Tienes que leer en la historia, Laurence, sobre aquellas regiones que fueron completamente devastadas," dijo el abuelo. "En la expulsión de los acadianos las tropas no serían culpables de ningún abuso ni de ninguna crueldad, si pensáramos en todo lo que sucedió en esta guerra."

La pequeña Alice, cuyos ojos hace rato estaban bañados en lágrimas, no se pudo contener y comenzó a llorar con todas sus fuerzas. El abuelo había herido su susceptibilidad, más de lo que esperaba.

"¡No puedo dejar de pensar en toda esa gente sin un techo donde refugiarse!" dijo Clara con los ojos encharcados. "¡Nunca había oído algo tan triste!"

"¡Fue culpa de ellos!" gritó Charley con energía. "¿Por qué no lucharon por el país donde habían nacido? En el peor de los casos hubieran muerto, pero habrían sido enterrados allí. Así no hubieran sido exiliados."

"Ciertamente el exilio era tan duro como la muerte," dijo el abuelo "Todo lo que se pudo hacer por ellos en las provincias inglesas fue llevarlos a instituciones de caridad o mandarlos de regreso. Este era el deseo de los que habían tenido una propiedad decente en su tierra nativa. Algunos de ellos encontraron motivos para embarcarse hacia Francia, pero a pesar de que se tratara de sus ancestros, aún en aquel país seguían siendo extranjeros. Los que se quedaron en sus tierras siempre creyeron que el rey de Francia nunca haría la paz con Inglaterra hasta que los pobres acadianos fueran devueltos a sus tierras y a sus hogares."

"¿Y así sucedió?" preguntó Clara.

"¡Oh, mi querida Clara!" dijo el abuelo, "es casi imposible que las insignificantes quejas de los acadianos llegasen a oídos del rey Louis XV. Los exiliados envejecieron en las provincias británicas, y nunca más volvieron a pisar Acadia. Sus descendientes se encuentran entre nosotros hasta hoy. Han olvidado la lengua de sus ancestros y probablemente ni siquiera se acuerden de sus desgracias. Si fuera un poeta, escogería Acadia como objeto de inspiración."

Desde que el abuelo por primera vez pronunció estas palabras, el poeta americano más famoso de todos los tiempos, nos ha hecho derramar dulces lágrimas con su hermoso poema Evangeline.

Después de haberle dado un toque lúgubre al Día de Acción de gracias con esta historia, los niños sintieron la bendición de tener un techo seguro y cálido, y el abuelo pospuso los demás eventos de la Antigua Guerra Francesa hasta la próxima tarde.

 

 

CAPÍTULO 9

 

Al caer la tarde, cuando las sombras rojizas de las llamas danzaban en las paredes, los niños le pidieron al abuelo que les contara lo que había sucedido posteriormente con la vieja silla.

"Nuestra silla" dijo el abuelo, "estuvo todo este tiempo en la Casa de la Provincia, pero el gobernador Shirley no había tenido un segundo para sentarse en paz. El gobernador estaba comandando sus tropas a través del bosque, o navegando en un planchón en las aguas del río Ontario, o durmiendo en su tienda mientras los temibles bramidos de las cataratas del Niágara llegaban hasta sus sueños. Al inicio de la guerra Shirley fue el comandante general de todas las fuerzas del rey en América."

"¿Su esposa lo acompañó a la guerra?" preguntó Clara.

"Me imagino," replicó el abuelo, "que ella se quedó en Boston. Supongo que esta dama disponía de la silla completamente, y solía sentarse en ella en los momentos de tranquilidad que una jovencita francesa podía tener. El pueblo de Massachusetts nunca confió en la joven esposa francesa del gobernador Shirley. Ellos sospechaban que aquella mujer revelaba los planes de los ingleses a los generales de las fuerzas francesas."

"¿Y eso era cierto?" preguntó Clara.

"Probablemente no," dijo el abuelo. "Pero las simples sospechas ya eran un dolor de cabeza para Shirley. Quizás en parte por esa razón, y por muchas otras, especialmente por su ineficiencia como general, Shirley fue destituido de su cargo en 1756, año en que regresó a Inglaterra. Nunca más volvió a ocupar un cargo público.

La silla del abuelo no se podía transportar fácilmente, ni siquiera era sencillo montarla en una carreta, por eso no podemos suponer que participara muy activamente en la antigua guerra francesa. Sin embargo, el abuelo cortó momentáneamente el hilo de la historia, para referirse brevemente a alguna de las sangrientas batallas, a ciertos enfrentamientos y masacres, que llegaban continuamente hasta los oídos de los habitantes de Boston. Las tierras del norte eran muy famosas por sus aguerridos pobladores. Todas las tribus indígenas de estos lugares empuñaron sus lanzas y tomaron parte en los combates tanto de lado de los franceses como de los ingleses. El bullicio de los mosquetes y los bramidos de los cañones acabaron con la paz del bosque, y las bestias salvajes, entre ellas los osos, tuvieron que resguardarse en territorios más civilizados, cerca del puerto. Los niños se sentían completamente transportados hasta aquellos tiempos olvidados, incluso casi que podían escuchar en las calles los gritos que anunciaban una nueva victoria u otra derrota en el campo de batalla. El abuelo les habló de la batalla del lago George en 1755, donde el famoso coronel Williams, un oficial de Massachusetts, perdió la vida junto con muchos de sus compatriotas. Sin embargo, el general Johnson y el general Lyman, con sus tropas, hicieron retroceder al enemigo e hirieron de muerte al líder francés, conocido como el barón Dieskan. Un reloj de oro, que en otro tiempo perteneció al pobre barón, aún se conserva, y todavía marca los minutos sin cansarse, a pesar que desde los tiempos de la guerra no ha dejado de trabajar.

En los primeros años de la guerra las filas inglesas sufrieron muchos desastres. Entre ellos se cuenta la pérdida del fuerte Oswego en 1756, y del fuerte William Henry al siguiente año. Entre todas las calamidades que sufrieron los ingleses la peor de todas sucedió en Ticonderoga en 1758, cuando el general Abercrombie y sus hombres tuvieron que emprender la retirada. El general intentó tomarse la fortificación, pero los combates se complicaron y como resultado más de dos mil ingleses resultaron muertos o fatalmente heridos. Los soldados sacrificados yacen actualmente en los suelos del antiguo fuerte militar. Cuando los tractores pasan por aquellos campos para preparar la siembra, quedan al descubierto huesos por todas partes.

Hasta este período, no encontramos ningún general entre los ingleses con talento para la guerra. Shirley, el general Abercrombie y todos los generales habían combatido en diferentes épocas pero ninguno contaba con un triunfo significativo para las fuerzas inglesas. Lo que acabamos de relatar no es lo peor. En 1758, el general Abercrombie a pesar de tener cincuenta mil hombres bajo su mando, recibió una verdadera lección sobre cómo ganar una batalla, al enfrentarse con el famoso Marqués de Montcalm, un verdadero genio de la guerra.

Finalmente en 1759 Sir Jeffrey Amherst fue nombrado capitán en jefe de todas las fuerzas británicas en América. Con él, llego por fin el momento de idear un plan para alcanzar aquello que los habitantes de Nueva Inglaterra y los primeros colonos habían soñado. La conquista de Canadá.

Tres escuadrones entrarían a Canadá desde diferentes flancos. Uno de los escuadrones, comandado por el general Prideaux, entraría por el lago Ontario para llegar hasta Montreal. El segundo, al mando de Sir Jeffrey Amherst, intentaría llegar hasta el río San Lorenzo, por el lago Chaplain, para bajar por el río hasta encontrase con el tercer escuadrón. Éste último, dirigido por el general Wolfe, entraría por el San Lorenzo a través del mar y subiría hasta el río Quebec. A Wolfe y a su ejército, Inglaterra le debe uno de los triunfos más espléndidos escritos en su historia.

El abuelo narró la toma de Quebec y describió como Wolfe condujo a sus soldados por un elevado risco, que se levantaba desde el borde del río hasta el lugar donde se encontraba la ciudad. Esta increíble aventura tuvo lugar en la oscuridad de la noche. Al rayar el alba el Marqués de Montclam se enteró que las fuerzas inglesas lo estaban esperando en la explanada de Abraham. El aguerrido general francés hizo tocar inmediatamente las trompetas y se marchó al encuentro de Wolfe.

Marchaba hacia su propia muerte. Esta batalla fue la más sangrienta y terrible de todas las que se han peleado en el territorio americano. El general Wolfe encabezada las filas de sus soldados y mientras se encontraba infundiéndoles coraje fue herido mortalmente. Agonizante, el general se recostó en una roca, parecía como si su espíritu no pudiera marcharse en medio de una batalla tan dividida. De repente un grito se escuchó desde la mitad del campo de batalla. "¡Escapan!" "¡Escapan!" Y por un momento Wolfe levantó su cabeza. "¿Quién escapa?" preguntó. "Los franceses" le contestó un oficial. "Entonces podré morir en paz" dijo Wolfe, para expirar en brazos de la victoria.

"Si alguna vez la muerte de un guerrero fue gloriosa, esa fue la muerte de Wolfe", dijo el abuelo. Sus ojos centelleaban aunque era un hombre de espíritu manso y de alma bondadosa. "Su sangre bautizó el suelo que había ganado para los dominios de Inglaterra. El hálito de su muerte se confundió con el grito de victoria de su ejército."

"¡Oh, esa si que es una buena forma de morir!" exclamó Charley enérgicamente. "¿No lo crees Laurence?"

Laurence no contestó. Estaba consternado con la imagen de Wolfe, muriendo en el sangriento campo de victoria, aunque después de todo en las profundidades de su consciencia, sabía que aquel hombre había alcanzado una victoria más grande con su muerte.

"Hubo otras batallas en Canadá después del triunfo de Wolfe," concluyó el abuelo "pero daremos por terminada la antigua guerra francesa con este evento. Sin embargo el tratado de paz no fue firmado hasta 1763. Los términos del tratado eran muy desventajosos para los franceses. Canadá, Acadia y la isla de Cabo Bretón, y en fin, todos los territorios por los cuales habían combatido Francia e Inglaterra por más de cien años, eran cedidos a los ingleses.

"Finalmente, ahora," dijo Laurence, "Nueva Inglaterra veía su sueño hecho realidad. Canadá fue conquistada."

"Y ahora no quedaba con quien pelear mas que con los indios" dijo Charley.

El abuelo mencionó otro par de hechos importantes. El primero de ellos fue el famoso incendio de 1760 en Boston. Las llamas de más de trescientas edificaciones resplandecían en las ventanas de la Casa de la Provincia, e iluminaban con un extraño brillo la cabeza del león de nuestra vieja silla. El segundo evento fue la proclamación del rey George II, en el mismo año, como rey de Gran Bretaña. La voz de la trompeta sonó desde el balcón de la Casa de Estado y sus ecos se esparcieron a lo largo y a lo ancho de aquellas tierras, casi incitando a que alguien disputara el título del rey George III.

Siete veces habían escuchado la trompeta que proclamaba un nuevo monarca aquellos que se habían sentado en nuestra venerable silla. Pero cuando el hijo del monarca tome la corona en unos años, ninguna trompeta sonará en Nueva Inglaterra. Aquel día América ya estará libre del gobierno monárquico.

 

 

CAPÍTULO 10

 

Después de que el abuelo terminó de hablar de la Antigua Guerra Francesa en la cual nuestra silla no ocupó un lugar muy importante, el anciano consideró que era tiempo de contar a los niños algunas de las historias más secretas de nuestra afortunado y antiguo mueble.

"En 1757," dijo el abuelo, "después de que Shirley llegara a Inglaterra, Thomas Pownall fue electo como gobernador de Massachusetts. Éste era un caballero inglés muy distinguido de modales muy refinados. Había pasado la mayor parte de su vida en Londres pero sentía cierta simpatía por América. Al parecer el nuevo gobernador no tomó parte activamente en la guerra que todavía continuaba, aunque en alguna ocasión se le escuchó hablar de marchar contra el enemigo a la cabeza de su regimiento. Pero, en resumidas cuentas, probablemente concluyó que era más saludable permanecer como gobernador sentado plácidamente en nuestra silla, leyendo los periódicos y los documentos oficiales.

"¿A la gente le caía bien Pownall?" preguntó Charley.

"No encontraban nada reprochable en él," replicó el abuelo. "No había tiempo para discutir con el gobernador cuando se requería de cierta armonía y estabilidad para defenderse de los franceses. Pownall, sin embargo, no permaneció mucho tiempo en Massachusetts. En 1759 fue enviado como gobernador a Carolina del Sur. Así, cambiando su antiguo puesto de gobierno por uno similar, supongo que no sintió nostalgia al marcharse de Massachusetts, excepto por la silla del abuelo."

"Se la debió haber llevado a Carolina del Sur" dijo Clara.

"A mí me parece," dijo Laurence, dando rienda suelta a sus palabras, "que de un modo u otro, el destino de esta antigua silla está conectado misteriosamente con la historia de la vieja Massachusetts. Si el gobernador Pownall la hubiera montado a bordo de su embarcación para llevársela a Carolina del Sur, probablemente nuestra silla se hubiera tirado en las costas de Boston antes de llegar a su destino. La silla debía quedarse en su sitio. ¿No lo crees abuelo?"

"Aquí se quedó para que el abuelo y yo nos pudiéramos sentar en ella," dijo la pequeña Alice, "y para que el abuelo nos contara muchas historias sobre ella."

"Y el abuelo se siente muy complacido con su labor y con esta compañía," dijo el venerable anciano con una sonrisa en sus labios. "Bien, Laurence, si al igual que el caballo de Troya nuestra silla estaba conectada con el destino del país, parecía que todavía no existía ningún impedimento para que la retiraran de la Casa de la Provincia. En 1760 Sir Francis Bernard, antiguo gobernador de New Jersey, fue elegido para desempeñar el mismo cargo en Massachusetts. El nuevo gobernador consideró que la antigua silla estaba demasiado trajinada para hacerle compañía al nuevo juego de sillas de caoba y al lujoso sofá, que acababan de llegar directamente desde Londres. Por lo tanto, ordenó que la dejaran en la buhardilla."

Los niños se irritaron con la irreverente conducta de Sir Francis Bernard. El abuelo sin embargo trató de defenderlo lo mejor que pudo. Él les explicó a los niños que para aquel momento ya habían pasado treinta años desde que el gobernador Belcher la restaurara. La mayoría de sus adornos dorados ya estaban desgastados por las manos de los esclavos negros. El cojín de damasco, alguna vez tan espléndido, ya no tenía forma. La tela estaba hecha jirones. Eran demasiados los magnánimos hombres que habían dejado descansar todo su peso en ella durante estos treinta años.

Más aún, en un consejo de los gobernadores de Nueva Inglaterra en 1757 con el Earl de Loudon, su señoría, en un ataque de furia, le dio una patada a la silla con sus botas militares. A raíz de este acto injustificable, nuestra antigua amiga sufrió una fractura en una de sus patas.

"Pero," dijo el abuelo, "nuestra silla, después de todo, no fue destinada a pasar el resto de sus días en la clandestinidad de un cuarto oscuro. Thomas Hutchinson, teniente-gobernador de la Provincia, se enteró de lo que había hecho Sir Francis Bernard. Este caballero era el hombre de su tiempo que estaba más familiarizado con la historia de Nueva Inglaterra. Conocía todas las aventuras y vicisitudes por las que había tenido que pasar la vieja silla y era capaz de contar con tanta precisión como el abuelo quiénes fueron los personajes que la habían ocupado. A menudo, cuando se encontraba de visita por la Casa de la Provincia, no dejaba de mirar la silla con admiración y deseaba intensamente ser su dueño. Finalmente expresó sus deseos a Sir Francis Bernard, y fácilmente obtuvo su permiso para llevársela a casa."

"Me imagino," dijo Clara "que la barnizó nuevamente y la adornó como estaba antes."

"No," respondió el abuelo. "Lo que Mr. Hutchinson deseaba era restaurar la silla lo mejor que se pudiera para que recobrara el aspecto que tenía cuando había sido recién hecha del roble del Earl de Lincoln. Para lograrlo, Mr. Hutchinson mandó a pulir la silla con jabón y arena, luego a lustrarla con cera y finalmente le puso un buen cojín de cuero. Cuando todo se había hecho según sus deseos, se sentó en la vieja silla y comenzó a escribir la Historia de Massachusetts."

"¡Qué brillante idea!" exclamó Laurence. "Seguramente los espectros de los primeros dueños de la silla danzaban alrededor de Mr. Hutchinson mientras escribía y lo inspiraban con el conocimiento de todas sus andanzas y sufrimientos en la tierra."

"¿Por qué mi pequeña Laurence," replicó el abuelo, con una sonrisa en su cara, "si Mr. Hutchinson contaba con una inspiración tan maravillosa, no la empleó en su historia; yo creo que ningún hombre ha escrito algo más pesado que eso. Bueno, al menos era preciso en lo que decía, aunque estaba muy lejos de poseer la brillantez o el ingenio de Mr. Bancroft."

"Pero si Hutchinson conocía la historia de la silla," aclaró Laurence, "su corazón tuvo que verse conmovido."

"Así tuvo que ser," dijo el abuelo. "Sería divertido e interesante imaginarnos qué pasaba por la mente de Mr. Hutchinson cuando recordaba todos los eventos memorables que estaban conectados con la silla. El abuelo puso a volar la imaginación de los niños, todos veían en sus mentes la imagen del teniente-gobernador Hutchinson sentado al lado de la chimenea en una placentera tarde, dedicado simplemente a meditar sobre los eventos históricos que se habían tejido alrededor de la silla.

Un amigo devoto de la monarquía como Mr. Hutchinson no sentía ninguna nostalgia por la desaparición del gobierno republicano original, el más puro que la colonia había visto desde sus inicios. Aunque éste no dejaba de admirar el coraje y el tesón de los antiguos puritanos como fundadores de su tierra natal, Mr. Hutchinson no deseaba que se levantaran de sus tumbas, ni mucho menos que con ellos reviviera el sentimiento de antimonarquismo que siempre los había distinguido. Winthrop, Dudley, Bellingham, Endicott, Leverett y Bradstreet ya habían tenido sus días. Los tiempos vienen y se van, pero los sufragios del pueblo nunca más volverían a sentar a un gobernador republicano en la ancestral silla de Estado.

Un poco después de la época de la segunda carta real, Hutchinson recordó el caso del carpintero de barcos Phipps que se había levantado de lo más bajo del pueblo para ocupar la posición más alta entre la sociedad. Pero Hutchinson se sonreía de sólo pensar que el ejemplo de este gobernador no despertaría ambiciones turbulentas en los bajos fondos; finalmente si aquel carpintero había llegado a ser gobernador no se debía a otra cosa que a un gracioso don de su alteza real. Hutchinson aplaudía con gozo el nacimiento paulatino de una clase aristocrática, ante la cual la gente casi como un deber, había aprendido humildemente a renunciar a sus honores, a sus derechos y a la posibilidad de tener el poder del Estado. Hutchinson presenciaba a lo largo de toda esta época que el deseo del pueblo de llegar a autogobernarse se debilitaba por el desuso y simplemente existía como un sentimiento heredado de la tradición.

El teniente-gobernador veía cómo se le acababa el tiempo de permanecer sentado en la histórica silla. Era el tiempo de mirar hacia los años venideros. Hacia un futuro, Hutchinson probablemente tenía visiones de cargos hereditarios para él y para otros colonos de la aristocracia. Veía los fértiles campos de Nueva Inglaterra divididos entre unos pocos terratenientes que los dejarían en herencia a sus hijos y así de generación en generación. Veía en el pueblo una raza de encomenderos, sujetos a sus señores. Veía estrellas, medallas, coronas y castillos.

"Pero," añadió el abuelo, volviéndose a Laurence, "los castillos del teniente-gobernador no se levantaban más que entre los rojos troncos de leña ante los cuales estaba sentado. Tan pronto como se había imaginado una residencia señorial para él y sus descendientes, el fuego se extinguió y todo quedó reducido a cenizas."

El abuelo miró su reloj de péndulo cuya estructura de ébano estaba sostenida por cuatro columnas iónicas. Entonces, acarició la dorada cabellera de la pequeña Alice, que ya había recostado su cabeza en uno de los brazos de nuestra ilustre silla.

"A la cama, a la cama, mis pequeños," dijo él. "El abuelo ya los hizo dormir con sus historias acerca de estos famosos personajes."

 

 

PARTE 3

CAPÍTULO 1

 

En la noche del día de Año Nuevo, el abuelo iba y venía, una y otra vez, caminando sobre el tapete, escuchando la lluvia que golpeaba con fuerza la casa. El aire golpeó estruendosamente las ventanas como si un hombre muy fuerte quisiera penetrar en el caluroso cuarto. Con cada empujón del viento, el fuego se movía en la chimenea, riéndose de los ventarrones producidos por la tormenta.

Mientras tanto, la silla del abuelo permanecía en el mismo lugar, al lado de la chimenea. Las luces brillantes formaban figuras en su respaldo de roble, y brillaban a través del espacio, de manera que una figura completa se dibujaba al lado opuesto del salón. En ocasiones, por algunos momentos, la sombra permanecía inmóvil, como si estuviera pintada en la pared. Luego, de un momento a otro, comenzaba a moverse y a saltar y a bailar aceleradamente. Pero después, pareciendo recordar que semejante conducta no era digna de tan venerable silla, se quedó quieta por un instante. Aunque muy pronto comenzó a bailar nuevamente con más alegría.

"¡Miren cómo baila la silla del Abuelo!", dijo la pequeña Alice.

Y corrió hacia la pared para intentar agarrar la vacilante sombra; porque, para unos niños de cinco años, una sombra parece casi tan real como un objeto.

"Me gustaría", dijo Clara, "que el abuelo se sentara en la silla y terminara la historia".

Si los niños hubieran mirado al abuelo, habrían notado que detuvo sus pasos en el cuarto cuando Clara hizo su petición. El tierno viejo estaba listo y deseoso de continuar con sus historias de tiempos pasados. Pero había resuelto esperar a que sus oyentes le pidieran proseguir, de manera que encontraran en la instructiva historia de la silla un placer y no una lección más para aprender.

"Abuelo", dijo Charley", "estoy cansado de escuchar esta triste lluvia y de oír el rugido del viento en la chimenea. No he tenido un buen rato en todo el día, sería mejor escuchar tus historias acerca de la silla que sentarse a no hacer nada y a pensar en bobadas".

Para ser sinceros, la lluvia había deprimido a nuestro amigo Charley, porque lo había forzado a mantenerse dentro de la casa sin poder ir a dar una vuelta en el espléndido trineo que su abuelo le había dado por el día de Año Nuevo. Como todos los trineos de hoy en día deben tener un nombre, Charley lo había llamado La Silla del Abuelo, y lo había pintado en letras doradas a cada uno de los lados. A Charley le encantaba su nuevo vehículo y sabía que iba a sobrepasar a todos los que bajaran por las largas pendientes del Common.

Laurence también estaba pensando en la historia de la silla en estos mismos instantes. Nuestro viejo le había regalado un libro de retratos donde estaban las más eminentes y famosas personas de todos los pueblos. Allí Lawrence encontró muchos de los que habían ocupado nuestra silla o estaban relacionadas con sus aventuras. Mientras el abuelo caminaba por el cuarto, el fantasioso niño estaba mirando la histórica silla. Había tomado a cada uno de los personajes que había visto en su libro y los había colocado, como figuras vivas, en la silla vacía.

"La vieja silla ha comenzado otro año de existencia hoy", dijo Lawrence. "Debemos apurarnos o habrá otra nueva historia que contar antes de que terminemos la anterior".

"Sí mi pequeño", replicó el abuelo, con una sonrisa y una tierna mirada, "otro año se suma a los dos siglos o más que han pasado desde que Lady Arbella trajo esta silla de Inglaterra. Tiene tres veces la edad de tu abuelo; pero una año no cambia la apariencia de su roble, mientras que sí acerca a este viejo hombre cada vez más a la tierra; así que déjame terminar mi historia mientras puedo."

El Abuelo se acercó a la chimenea y se sentó en la venerable silla. La cabeza del león bajó la mirada con un aspecto serio cuando los niños se colocaron alrededor de las rodillas del viejo. Casi parecía como si un león de verdad estuviera espiando a través del respaldo de la silla y sonriendo al grupo de niños con cierta complacencia felina. La pequeña Alice, inspirada por su ingenuidad, exclamó que el león estaba gesticulando con su cabeza y que parecía como si fuera a abrir sus blancas fauces para contar una historia.

Pero como la cabeza del león parecía no tener deseos de hablar y como durante toda la existencia de la silla, nunca se había escuchado que el león hubiera hablado, el abuelo consideró que no debía esperar.

 

 

CAPÍTULO 2

 

"Charley, mi niño", dijo el abuelo, "¿recuerdas quién fue el último ocupante de la silla?"

"Fue el teniente-gobernador Hutchinson", respondió Charley. "Sir Francis Bernard, el nuevo Gobernador, le había dado la silla, en vez de dejarla en la buhardilla de la Casa de la Provincia. Y cuando hablamos de Hutchinson él estaba sentado al lado de la chimenea, pensando sobre las aventuras pasadas de la silla y de lo que estaba por venir".

"Muy bien", dijo el abuelo; "me imagino que también recuerdas que esto pasó más o menos en 1763, cuando terminó la guerra con Francia. Ahora que están listos para entender las aventuras que faltan de la silla, debo hacer algunos apuntes sobre la situación de las colonias de Nueva Inglaterra en este período".

Entonces el abuelo habló de la lealtad de nuestros padres durante la guerra con Francia y les comento cómo después de la conquista de Canadá, aquella guerra había traído consigo un cierre triunfante.

La gente amaba y respetaba al rey de Inglaterra como si el océano ondulante no estuviera en medio de ellos distanciándolos; porque, a una distancia de tres mil millas, no podían descubrir sus defectos e imperfecciones. Su amor crecía por los peligros que habían encontrado al luchar por su gloria y extender sus dominios. Durante toda la guerra los colonos americanos habían peleado codo a codo con los soldados de la antigua Inglaterra, y casi treinta mil jóvenes habían dado sus vidas por el honor del rey George. Y los sobrevivientes lo amaban cada vez más por todo lo que habían hecho en defensa de su honor.

Pero había varias circunstancias que hacían que América se sintiera más independiente de Inglaterra que en períodos anteriores. Canadá y Acadia se habían convertido en provincias inglesas, y nuestros padres ya no estaban atemorizados por la presencia de los franceses ni de las antiguas trifulcas con los nativos. Por siglo y medio habían sido el terror de Nueva Inglaterra. Ahora el veterano soldado francés había sido expulsado del Norte para siempre. Las cosas se habían volteado, las colonias inglesas se hacían mucho tan grandes y poderosas que podían sentirse completamente capaces de protegerse a sí mismos sin la ayuda de Inglaterra.

Eran hombre inteligentes y sagaces y comenzaron a preguntarse si un hermoso país como América siempre estaría dispuesto a permanecer bajo el gobierno de una isla a tres mil millas de distancia. Esto se hacía más dudoso ya que años atrás el Parlamento Inglés había hecho leyes interesadas en el beneficio de la misma Inglaterra a costa de América. Por estas leyes se le prohibió a los colonos producir artículos para su propio uso o comerciar con ninguna nación distinta de Inglaterra.

"Ahora", continuó el abuelo, "si el rey George III y sus consejeros hubieran considerado estas cosas con más claridad, habrían elegido un camino distinto. Pero cuando vieron cuán ricas se hacían las colonias, su primer pensamiento fue cómo podrían hacer para sacar aún más provecho de ellas. Inglaterra tenía una gran deuda al final de la guerra con Francia, y creían que la deuda había sido contraída por la defensa de las colonias americanas y que por tanto, buena parte de ella tenía ser pagada por los colonos".

"¿Por qué?, ¡Eso no tiene sentido!", exclamó Charley. "¿No gastaron nuestros padres sus vidas y también su dinero para conquistar Canadá para el Rey George?"

"Es verdad, así fue", dijo el abuelo; "y ellos le manifestaron eso a los ingleses. Pero el rey y sus ministros no escucharon ninguna explicación. En 1765 el Parlamento Inglés aprobó el Stamp Act.

"¿Qué era eso?", inquirió Charley.

"El Stamp Act", respondió el Abuelo, "era una ley por la cual todos los bonos, títulos de propiedad y otros papeles de la misma clase debían ser marcados con el sello del rey; sin tal marca serían declarados ilegales e inválidos. Ahora bien, para obtener una hoja de papel blanca con el sello del rey, la gente estaba obligada a pagar tres veces el valor del papel. Y este dinero extra era un impuesto que debía ser pagado al tesoro del monarca.

"¡Estoy segura de que no está muy bien discutir por este valor de más!", aseguró Clara.

"No era por esta suma, ni por cualquier cantidad de dinero por lo que América peleó con Inglaterra", replicó el Abuelo; "fue por una gran convicción. Los colonos determinaron no aceptar impuestos excepto aquellos que establecieran sus propios gobernantes. Dijeron que ni el rey ni el Parlamento, ni ningún otro poder sobre la tierra, tenía derecho a tomar el dinero de sus bolsillos a menos que se los regalara. Y antes que pagar un impuesto injusto, estaban dispuestos a sacrificar el bienestar de la nación y todas sus vidas, si fuese necesario. Por tanto se resistieron todo lo que pudieron a pagar el este impuesto.

"¡Que bien!", exclamó Lawrence. "Ya entiendo. Si hubieran pagado el impuesto pacíficamente, habrían dejado de ser libres y se hubieran convertido en tributarios de Inglaterra. Y así todos estuvieron de acuerdo acerca de esta gran pregunta sobre lo bueno y lo malo y pusieron todo su empeño en ello".

"Tienes razón, Lawrence", dijo el abuelo, "y fue realmente asombroso e incluso terrible ver cómo cambió la gente en el momento en que el Parlamento aprobó aquella opresiva ley. La historia de nuestra silla, mis niños, les ha dado alguna idea de lo duros e intransigentes que los viejos puritanos eran. Cualquier hombre que hubiera vivido en el pasado habría pensado que todo había cambiado. Pero pronto Inglaterra se dio cuenta de que los descendientes de los primeros colonos tenían el mismo temperamento de sus padres. Hace un momento, Nueva Inglaterra parecía un siervo humilde y fiel de la Corona; un momento después, mostraba las severas y oscuras posturas de un puritano que se resistía ante el rey".

El Abuelo habló brevemente sobre las medidas que fueron tomadas por el pueblo contra el Stamp Act. Como esta ley afectaba a todas las colonias por igual, todos se reunieron, como era de esperarse, para coordinar las diversas reacciones. Con este fin, la Legislatura de Massachusetts propuso que los delegados de cada colonia deberían reunirse en el Congreso. De acuerdo con lo anterior, nueve colonias del Norte y del Sur enviaron delegados a la ciudad de Nueva York.

"¿Y determinaron declarar la guerra a Inglaterra?" preguntó Charley.

"No, Charley", respondió el Abuelo; "un sinnúmero de conversaciones debían realizarse primero entre Inglaterra y América antes de iniciar los ataques. El Congreso estableció los derechos de los colonos y las quejas que tenían ante Inglaterra. Enviaron una modesta petición al rey y un memorial al Parlamento, pidiendo el cese del Stamp Act. Esto era todo lo que podían hacer los delegados".

"Debieron más bien quedarse en casa", dijo Charley.

"De ninguna manera", replicó el Abuelo. "Esta primera reunión de los americanos con todos sus representantes de Norte a Sur, fue un evento importantísimo y memorable. Si Inglaterra hubiera sido inteligente, habría corrido a obedecer la primera palabra pronunciada en dicha asamblea".

Las quejas y las peticiones, como observó el abuelo, fueron el resultado del trabajo de hombres prudentes e inteligentes. Mientras tanto, los jóvenes y la gente más arriesgada tomaron sus propias determinaciones. Probablemente las peticiones del Congreso no habrían surtido efecto en Inglaterra si las acciones violentas de los americanos no hubieran mostrado cuán furiosos estaban. El Árbol de la Libertad fue mencionado pronto en Inglaterra.

"¿Qué era El Árbol de la Libertad?", inquirió Clara.

"Era un viejo olmo", contestó el Abuelo, "que fue plantado al lado de la esquina de la calle Essex, al frente del Mercado Bolyston. Debajo de las anchas ramas de este gran árbol la gente acostumbraba reunirse cuando quería expresar sus sentimientos y opiniones. Así, después de un tiempo, parecía como si la libertad del país estuviera relacionada con El Árbol de la Libertad".

"Ese árbol dio un fruto muy glorioso", recalcó Laurence.

"Algunas veces dio frutos extraños", dijo el abuelo. "Una mañana, en agosto de 1765, dos figuras fueron encontradas colgando de los brazos del Árbol de la Libertad. Estaban vestidos con abrigos y como sus pelucas bajaban por la cara, se veían como verdaderos hombres. Uno quería representar al Earl de Bute, quien supuestamente había aconsejado al rey imponer impuestos a América. El otro representaba a Andrew Oliver, quien pertenecía a una de las familias más respetables de Massachusetts".

"¿Qué daño había hecho?", preguntó Charley.

"El rey le había dado el cargo de distribuidor de estampillas", respondió el Abuelo. "El señor Oliver había sacado muchas ventajas de este negocio. Pero la gente lo asustó tanto al colgar su efigie y al entrar posteriormente en su casa por la fuerza, que prometió no involucrarse más con los impuestos. Y todos los amigos del rey en América fueron obligados a realizar la misma promesa.

 

 

CAPÍTULO 3

 

"El Teniente Gobernador Hutchinson", continuó el Abuelo, "se sentía inquieto en nuestra silla. Todos lo amaban y lo respetaban porque se preocupaba de los intereses de la gente. Pero llegaría la hora en la que no podría seguir siendo amigo de todos sin dejar de ser amigo del rey. Todo el mundo sabía que Hutchinson actuaría de acuerdo a los deseos del rey, buenos o malos, como muchos otros de los funcionarios de la Corona. Además, como era cuñado de Andrew Oliver, la gente sentía un odio particular hacia él".

"Pensaban, sin duda," dijo Lawrence, "que como el señor Hutchinson había escrito la historia de nuestros padres puritanos, conocía perfectamente su temperamento y algo de ellos se le había pegado".

"Hutchinson confiaba en el poder del rey de Inglaterra", replicó el Abuelo, "y se sentía seguro bajo el escudo del trono. Si ninguna disputa hubiera surgido entre el rey y la gente, Hutchinson habría sido un magistrado perspicaz, bueno y patriota. Pero desde que tomó parte contra los derechos de su gente, el amor y el respeto que antes le profesaban se convirtió en burla y odio, y ya nunca más tuvo un momento de paz".

Con el fin de dar una idea del espíritu dañino y furioso que ahora corría entre los habitantes, el abuelo relató un pasaje de la historia que nosotros llamaremos

 

El Motín Hutchinson

La tarde del 26 de agosto de 1765, se encendió una hoguera en la calle del Rey. La llamas reflejaban una inmensa luz sobre el escudo de armas de la realeza esculpido en la fachada de la Casa del Pueblo. La cúpula dorada brillaba en la oscuridad. Esta hoguera era un signo conocido por la gente de Boston, llamaba a reunirse en la calle.

Antes de que los barriles de brea donde habían encendido la fogata, se consumieran completamente, una gran multitud se reunió en aquel lugar. Había obreros, trabajadores, jóvenes y en general allí se encontraba toda la gente desocupada de los alrededores del pueblo que siempre estaba lista para cualquier cosa. Sin duda, algunos estudiantes estaban con ellos.

Mientras duró la reunión alrededor de la brillante hoguera, se escuchaban palabras duras contra los altos oficiales de la Provincia. El Gobernador Bernard, Hutchinson, Oliver, Storey, Hallowell y otros hombres del rey George, eran tenidos como traidores de la nación. En ese mismo instante un oficial de la Corona pasaba por la calle, llevaba su sombrero dorado, una peluca blanca y el abrigo que se usaba entonces. Pero cuando la gente lo vio, sus rostros se llenaron de odio y resentimiento; sus caras tenían un aspecto diabólico que se hacía más terrible por el brillo de la fogata.

"¡Me gustaría tirar a ese traidor a la hoguera!", tal vez dijo uno de los que estaban allí.

"Sí, y a todos sus amigos también", añadió otro; "¡Y al gobernador y al viejo Tommy Hutchinson en lo más caliente del fuego!"

"¡Y al Earl de Bute con ellos!", susurró un tercero; "¡Y quemarlos a todos en las narices del rey George! ¡Qué importa si se mueren!"

Muchas expresiones como éstas, gritadas o susurradas bajo la respiración, se escucharon seguramente en la calle del Rey. La manifestación, mientras tanto, se hacía cada vez más fuerte y parecía decidida a prenderle fuego al pueblo completo con tal de sacar a los amigos del rey de sus tierras. Y aún disgustados como estaban, algunas veces rompían en una carcajada, como si el desorden y la destrucción los regocijara.

Pero debemos dejar a los manifestantes por un instante y mirar dentro de la espléndida mansión del teniente-gobernador Hutchinson. Era una gran casa de ladrillo, decorada con columnas jónicas y construida en la Calle del Jardín de la Corte, cerca del Cuadrado Norte.

Mientras la multitud iracunda reunida en la calle del Rey gritaba su nombre, el teniente-gobernador Hutchinson estaba sentado tranquilamente en la silla del abuelo, sin sospechar lo que se le venía encima. Su amada familia estaba en el cuarto con él. Se había quitado el abrigo y la peluca y tenía puesto un traje y una gorra púrpura. Estaba preocupado como siempre en los asuntos del Estado y en su cabeza daban vueltas las cosas que más lo inquietaban.

Quizás, en el gozo de su hogar, había olvidado todo lo concerniente al Stamp Act y escasamente recordaba que existía un rey más allá del océano, que había tomado la mala decisión de hacer pagar impuestos a los habitantes de Nueva Inglaterra. Posiblemente, también se había olvidado de sus ambiciones personales, y en aquel instante, no se cambiaba por un gobernador o incluso por un lord.

Las velas de cera iluminaban un cuarto lleno de muebles espléndidos. En las paredes colgaban los cuadros de los ancestros de Hutchinson, hombres eminentes que eran recordados con honores en la historia de su país. Cada objeto estaba en su lugar adornando la casa de aquel aristócrata, un hombre que se ponía por encima de la gente del común y no les temía en lo más mínimo. En una esquina del cuarto, tirados en una silla, estaban las ropas escarlatas del Jefe de Justicia. Este alto cargo, como también el de teniente-gobernador, consejero, y juez, era desempeñado por Hutchinson.

¿Quién o qué pudo molestar la paz de un personaje tan grande y poderoso como el que se sentaba ahora en la silla del abuelo?

La hija favorita del gobernador estaba sentada a su lado. Estaba recostada en un brazo de nuestra gran silla y miraba afectuosamente la cara de su padre, llena de alegría al ver que una sonrisa se dibujaba en sus labios. Pero súbitamente se ensombreció el rostro de la pequeña. Intentaba escuchar atentamente un sonido lejano.

"¿Qué pasa, mi niña?" preguntó Hutchinson.

"Padre, ¿No oyes una algarabía en las calles?" dijo ella.

El teniente-gobernador escuchó. Pero sus oídos estaban más dormidos que los de su hija, no pudo escuchar nada más que el sonido de la brisa veraniega, silbando entre los copos de los olmos.

"¡No, tontica!" replicó, cogiéndole suavemente la mejilla. "No hay ninguna algarabía. Nuestro pueblo está satisfecho con el desorden que ya han hecho. Los amigos de rey no tienen nada que temer".

Entonces Hutchinson reanudó sus placenteras meditaciones y olvidó de nuevo que había problemas en el mundo. Pero su familia estaba alarmada y sus oídos no podían evitar escuchar el más leve sonido. Más y más claramente escuchaban gritos y luego el ruido de muchos pies. Mientras estaban escuchando, uno de los vecinos entró sin respiración en del cuarto.

"¡Una manifestación! ¡Una terrible manifestación!", dijo él. "Han entrado dentro de la casa del señor Storey y en la del señor Hallowell y se han emborrachado con los licores que tenía en su casa; y ahora vienen hacia acá, tan furiosos como tigres. !Huya, teniente-gobernador! ¡Salve su vida!"

"Padre, padre, apúrate!", gritaron sus hijas.

Pero Hutchinson no los escuchaba. Él era un viejo abogado y no se daba cuenta que la gente podía hacer algo tan bajo como entrar en su santuario. Él era uno de los principales oficiales del rey George y sería un insulto y un ultraje al mismo rey que el teniente-gobernador sufriera algún daño.

"No tengo ningún miedo", dijo él. "Estoy perfectamente seguro. El nombre del rey es mi protección". Dijo a su familia que se pasaran a las casas de sus vecinos. Su hija quería quedarse a su lado pero él le ordenó que se marchase.

El ruido de la multitud se escuchaba ya muy cerca. El sonido era terrible y a los oídos de Hutchinson se asemejaba al de una bestia que rugía tras su presa. Se arrimó a la ventana sin hacer ruido. Allí vio un inmenso grupo de gente que llenaba toda la calle y caminaba directamente a sus casa. Era como una inundación intempestuosa, que había ido más allá de sus límites y amenazaba con arrasar todo lo que encontraba a su paso. Hutchinson comenzó a temblar; en ese momento sintió que la cólera de la gente era mil veces más terrible que la cólera de su rey.

Este era el mejor momento para hacer entender a un aristócrata leal al rey como Hutchinson, cuan débiles son los reyes, los nobles y los grandes hombres, cuando la gentes del pueblo se vuelve contra ellos. El rey George no podía hacer nada por su siervo. De estar presente allí el mismo rey George, tampoco habría podido hacer nada por él. Si Hutchinson hubiera entendido y recordado esta lección, no habría necesitado, en años posteriores, exiliarse de su ciudad natal y morir en una tierra lejana.

Golpeaban la puerta. Se escuchó un grito seco, proveniente de la multitud. En este instante la hija del teniente-gobernador, que él creía en un sitio seguro, entró en el cuarto y lo abrazó. Había llegado hasta allí por una entrada secreta.

"¿Padre, estás loco?" le gritó. "¿Te protegerá el nombre del rey ahora? Ven conmigo o te matarán".

"Tiene razón", se dijo Hutchinson a sí mismo; "¿Qué les importa a estos el nombre del rey? Debo huir o me pisotearán en el suelo de mi propia casa".

Apurándose por salir, escaparon por un pasaje secreto en el mismo momento en que los rebeldes entraban en la casa. Los primeros corrieron por la escalera y llegaron al cuarto que Hutchinson acababa de dejar. Allí se encontraron con nuestra vieja silla, mirándolos con gran dignidad, mientras el león aparentemente movía sus fauces en la luz temblorosa de sus antorchas. Quizás el noble aspecto de nuestra venerable amiga, que había permanecido firme a través de un siglo y medio de problemas, los detuvo por un instante. Pero los de atrás llegaron y tiraron la silla al piso.

Luego comenzó la destrucción. Las mesas de caoba pulidas y llenas de grabados, fueron despedazadas con palos y hachas, las volvieron añicos. Las chimeneas de mármol y los manteles fueron destruidos. Los libros que Hutchinson tenía en su biblioteca, tan valiosos para un hombre de letras, fueron sacados de sus forros y tiraron las páginas por la ventana. Varios manuscritos, que contenían la historia de nuestro país y que ahora están perdidos para siempre, fueron lanzados al viento.

Los cuadros de sus antepasados que miraban asombrados la salvaje escena, fueron arrancados de las paredes. La muchedumbre los destruyó, como si los ancestros de Hutchinson hubieran cometido las mismos pecados de su hijo. Un jarrón inmenso, que en otro tiempo reflejaba la multitud borracha, ahora volaba en mil pedazos. Mejor dejamos en el olvido esta triste escena.

Antes de que amaneciera, lo único que quedaba de la casa eran las paredes. El interior era una desastre. Una regadera colgaba de las ventanas quebradas y cuando Hutchinson y su familia regresaron, se quedaron estremecidos en el mismo cuarto donde la noche anterior se había visto en paz y alegría.

"Abuelo", dijo Laurence con un gesto de indignación, "si la gente actuaba de esa manera, no eran dignos de recibir la libertad que pedían al rey de Inglaterra".

"Fue un acto injustificable, como otras manifestaciones ocurridas en aquel tiempo", replicó el abuelo. "Pero no podemos juzgar un pueblo únicamente porque una muchedumbre furiosa fue la causante de una acción violencia injustificada. Además, todas estas cosas fueron hechas por la furia del primer momento. Después la gente se calmó y escuchó el consejo de muchos hombres buenos e inteligentes que se comportaban con seguridad y gallardía en aquellos años de revolución".

La pequeña Alice, con lágrimas en sus ojos azules, dijo que esperaba que los vecinos no hubieran dejado al teniente-gobernador Hutchinson y a su familia, sin un techo donde refugiarse. Esperaba que al menos, se hubieran comportado bien con ellos. La prima Clara, entendiendo la terrible situación de nuestra silla, preguntó sobre su suerte.

"No se supo nada de nuestra silla hasta un tiempo después", respondió el abuelo. "Un día de diciembre, el mismo Andrew Oliver, de quien antes les había hablado, fue citado por el pueblo al medio día, debajo del Árbol de la Libertad. Esta fue la petición más extraña de la que se haya tenido noticia, porque fue hecha en nombre del pueblo entero, que tomaba ahora la soberanía y el poder. Oliver no desobedeció. A la hora convenida se apareció allí, contra su propia voluntad".

Charley dijo, entonces, que Oliver no había encontrado bajo del Árbol de la Libertad prácticamente ninguna libertad. El Abuelo estuvo de acuerdo.

"Era un día de tormenta," continuó. "Un violento vendaval despegaba las hojas amarillas del Árbol de la Libertad y las regaba por toda la calle. La peluca del señor Oliver destilaba grandes gotas de agua; lucía cansado, desconsolado y algo humillado.

Al lado del árbol, en la silla del abuelo -nuestra venerable silla-, el señor Dicardo Dana, un juez de paz le hizo jurar a Oliver que nunca más volvería a tener algo que ver con la distribución de las estampillas. Después de escuchar el juramento, la muchedumbre asintió unánime con un grito".

"Hay algo grande en esto", dijo Lawrence. "Me gusta, porque la gente parece estar movida por la inteligencia y la dignidad; por ejemplo a este orgulloso aristócrata, uno de los más altos oficiales del rey, le enseñaron que el rey George no lo podía eximir de equivocarse."

 

"Pero fue un día triste para el pobre Oliver", observó el abuelo. "Desde joven, la lealtad al rey había sido su convicción más profunda. Y ahora, a su edad, debió ser difícil para él hacer un juramento de obediencia y lealtad un pueblo".

El abuelo cerró la conversación de la tarde diciendo que el descontento de América era tan grande que, en 1766, el Parlamento inglés se vio obligado a eliminar el Stamp Act. La gente se alegró y se encargó de mantener el Árbol de la Libertad bien podado y libre de gusanos y comején. Alguna vez, habría ocasión de reunirse bajo su amplia sombra protectora.

 

 

CAPÍTULO 4

 

La tarde siguiente, Clara, que recordó que nuestra silla había sido abandonada en la lluvia, debajo del Árbol de la Libertad, le preguntó al abuelo dónde había encontrado techo después de esto. Quizás pensaba que la venerable silla, al ser expuesta a los inclementes vientos de septiembre, podía contraer reumatismo en sus viejas articulaciones.

"La silla", dijo el Abuelo, "después del juramento del señor Oliver, al parecer había sido olvidada por la multitud. Sin duda estaba llena de cicatrices y un poco coja, debido al tratamiento violento que había sufrido en el levantamiento contra Hutchinson, y mucha gente creía que sus días habían terminado. Sin embargo, la llevaron bajo la noche al cuidado de un habilidoso carpintero. Arregló tan bien nuestra silla, que en unos pocos días hizo su aparición en el salón del Café Inglés, en la calle del Rey".

"Pero, ¿por qué no volvió a manos del señor Hutchinson?, preguntó Charley.

"No lo sé", respondió el Abuelo, "tal vez consideraba que era un deshonor y una desgracia tener una silla que se había estado bajo el Árbol de la Libertad. Después de todos estos eventos, permaneció en el Café Inglés, que es hoy el principal hotel de Boston. Quizás no se hubiera podido encontrar un mejor sitio para que estuviera en medio de los asuntos de la gente y el bullicio, y fuera testigo de los eventos más importantes, o ser ocupada por un mayor número de personas".

El abuelo continuó narrando las medidas del despótico rey y del ministro de Inglaterra después de la eliminación del Acto Estampa. Nunca pensaron que su derecho de imponer impuestos en América podría ser cuestionado algún día. En el año de 1767, el Parlamento emitió una ley para exigir un impuesto al té y a otros artículos de primera necesidad. Nadie podía comprar una libra de té sin pagarle un impuesto al Rey George. Era verdaderamente injusto, ya que la mujeres de América dependían del té y no querían renunciar a su uso.

La gente se opuso a esta nueva ley del Parlamento de la misma manera como se había opuesto al Satmp Act. Inglaterra, sin embargo, estaba determinada a hacerlos pagar el impuesto. Con el fin de obligarlos a obedecer, dos regimientos, conformados por más de setecientos soldados británicos , fueron enviados a Boston. Llegaron en septiembre de 1768 y desembarcaron en el puerto Long. Luego marcharon a la Casa de los Comunes en un gran desfile, con los mosquetes en alto, y las bayonetas al aire. Ahora Boston estaba custodiada por los chaquetas-rojas como lo había estado en el tiempo de Sir Edmund Andros.

Más regimientos llegaron en el mes de noviembre. Había cuatrocientas tropas en Boston. La Casa de los Comunes estaba cubierta con sus tiendas. Algunos soldados se acomodaron en Faneuil Hall, un sitio sagrado para los habitantes, ya que había sido el sitio de numerosas reuniones en favor de la libertad. Un regimiento se quedó en la Casa del Pueblo, la que ahora llamamos la Vieja Casa de Estado. La parte más baja de ese edificio había sido usada en otro tiempo por los comerciantes. En las antiguas historias se cuenta que eran los cuartos de los jueces, los representantes y el gobernador del Consejo. Los venerables consejeros no se pudieron reunir para consultar las cosas relativas al bien de la Provincia sin ser vigilados por centinelas y sin pasar entre las bayonetas de los soldados británicos.

Centinelas como estos vigilaban los alojamientos de los oficiales en todo el pueblo. Cuando las personas se aproximaban, les preguntaban, "¿Quién va ahí?, mientras los mosquetes chocaban con el pecho de los soldados. La música militar molestaba a los piadosos descendientes de los puritanos, el tambor, la gaita y la corneta ahogaban la melodía del órgano sagrado y las voces del coro. Parecía como si los ingleses estuvieran usando todos los métodos a su disposición para pisotear los sentimientos del pueblo.

"Abuelo", dijo Charley impacientemente, "¡La gente no fue a pelear como debía! Debieron de haber devuelto a esos británicos a sus barcos el mismo día que llegaron al puerto Long".

"Muchos jóvenes impacientes dijeron lo mismo que tú, Charley", contestó el abuelo. "Pero la gente vieja y prudente pensaba que el momento aún no había llegado. Mientras tanto, echémosle un vistazo a nuestra vieja silla".

"¡Ah, perdió la cabeza!", dijo Charley, "cuando vio como estaba de mal la provincia. "Sus viejos amigos puritanos nunca hubieran permitido nada parecido".

"La silla", continuó el Abuelo, "estaba ocupada por unos de los más altos toris, como eran llamados los amigos del rey que frecuentaban el Café Inglés. Los oficiales de la Custom House, que se sentaban en el lado opuesto de la calle del Rey, también se sentaban en la silla, hablando contra John Hancock".

"¿Por qué contra él?" preguntó Charley.

"Porque era un gran comerciante y se oponía a pagar los impuestos al rey", dijo el abuelo.

"Frecuentemente, sin duda, los oficiales de los batallones ingleses, cuando no estaban en sus ocupaciones, acostumbraban sentarse en nuestra venerable silla. Seguro uno de ellos, un capitán de nariz roja, llevando el uniforme escarlata, jugando con el mango de su espada y en medio de un círculo formado por sus oficiales, se reirían a expensas de los pobres yankees con chistes ridículos. Y quizás pediría una botella de vino o un vaso rebosante de ponche".

"Nuestra vieja silla debía estar escandalizada presenciando tales escenas", observó Lawrence; "la silla que había sido propiedad de Lady Arbella y que el santo apóstol Elliot había consagrado".

"Ciertamente era poco menos que un sacrilegio" respondió el Abuelo; "pero llegaría el tiempo en que incluso las iglesias, donde los pastores habían predicado la palabra de Dios por mucho tiempo, serían destruidas o profanadas por las tropas británicas. Muchos años trascurrieron, sin embargo, antes de que estas cosas pasaran".

El Abuelo le contó a su auditorio que en 1769, Sir Francis Bernard se fue para Inglaterra después de haber sido gobernador por diez años. Era un hombre de muy buenas cualidades, un gran intelectual y un amigo del estudio. Pero era arbitrario por naturaleza; había estudiado en la Universidad de Oxford, donde se les enseña a los jóvenes que el derecho divino de los reyes era el único factor a tener en cuenta en materia de gobierno. Estas ideas se seguían al pie e la letra para mantener a raya la genta de Massachusetts. Querían librarse de Sir Francis Bernard, pero amaban a su sucesor, el teniente-gobernador Hutchinson, no más que a aquel.

Durante este tiempo la gente se enfurecía contra aquel que atentara contra la Custom House. En una ocasión, sin embargo, algunos muchachos lanzaron bolas de nieve contra sus ventanas. Otro día, un soldado mató accidentalmente a un pobre niño de sólo once años de un disparo. Todo el país se conmocionó y aumentó el resentimiento contra los sirvientes de la Corona.

"Ahora niños", dijo el Abuelo, "me gustaría que conocieran la ubicación de las tropas inglesas en la calle del Rey. Con este mismo nombre llamamos hoy la calle del Estado. En la parte sur de la Casa del Pueblo, o la Vieja Casa del Estado, estaba lo que los militares llaman la guardia, defendida por dos cañones de bronce que apuntaban directamente a una de las puertas del edificio de al lado. Un gran número de soldados estaban siempre ubicados en la guardia. La Custom House quedaba un poco más abajo por la calle del Rey, cerca de donde hoy queda el Banco Suffolk, y un centinela siempre estaba caminando frente a él".

"Debería tener en cuanta esto mañana", dijo Charley; "e ir a la calle del Estado para ver exactamente dónde se ubicaban las tropas".

"Y antes que eso", observó el abuelo, "les voy a contar un hecho que hizo tristemente famosa la calle del Rey en ambos lados del Atlántico".

Aquí el abuelo relató los eventos que protagonizaron los habitantes y los soldados ingleses. Los miembros más viejos del pueblo estaban enojados porque el gobierno había mandado tropas para vigilarlos. Pero estos hombres de pelo gris eran cuidadosos y mantuvieron sus ideas y sentimientos entre ellos, sin entrometerse en el camino de las bayonetas inglesas.

Los más jóvenes, sin embargo, no pudieron mantenerse a raya. Respondían con ira a la mirada de cada soldado y deseaban pelear contra ellos. Creían que cada sonido proveniente de un tambor inglés en la península de Boston era un insulto al valiente pueblo.

"Algunas veces sucedía que", continuó el Abuelo, "los jóvenes se enfrentaban contra los soldados en las pequeñas fiestas que estos celebraban. En otro tiempo, no se usaban más armas que los puños y las estacas. Pero cuando los hombres toman los mosquetes en sus manos es predecible que los volverán contra los que provocan su ira".

"Abuelo", dijo la pequeña Alice, mirando con temor la cara del abuelo, "¡tu voz suena como si fueras a decirnos algo terrible!"

 

 

CAPÍTULO 5

 

La pequeña Alice, en su última intervención, se mostró de acuerdo con todo lo que dijo el abuelo. Éste les había hablado sobre la enemistad entre la gente del pueblo y los soldados con el fin de que su auditorio estuviera preparado para escuchar un terrible evento. De todos los que habían ocurrido, fue el que más aumentó el rencor entre Inglaterra y América.

Sin ninguna introducción, el Abuelo comenzó la historia de

 

La Masacre de Boston

 

Era el tres de marzo de 1770. Al atardecer, la música de los regimientos británicos se oía como era usual por todo el pueblo. La gaita sonaba muy fuerte y el compás del tambor formaba numerosos ecos en la Calle del Rey, mientras el último rayo de luz se mantenía en la cúpula de la Casa del Pueblo. Todos los centinelas estaban en sus posiciones. Uno de ellos marchaba de un lado para otro al frente de la Casa del Pueblo, trazando un pequeño camino a través de la nieve y esperando la hora en que le dejarían regresar al lado de la chimenea del cuarto de guardias. Mientras tanto el capitán Preston estaba sentado en nuestra gran silla al frente del fuego del Café Inglés. En el curso de la tarde hubo dos o tres leves disputas que parecían indicar que los problemas se acercaban. Pequeños grupos de jóvenes estaban reunidos en las esquinas de las calles o caminaban por todo el pavimento. Patrullas de soldados, que habían sido relevados de sus puestos pasaban a su lado, hombro con hombro, con el paso regular que habían aprendido durante su instrucción. Cada vez que se encontraban con los soldados, los jóvenes intentaban tratarlos con el mayor desprecio posible.

"¡Váyanse, langostas!" dijo uno. "¡Fuera de la ciudad!" gritó otro. "¡Un chaqueta-roja no tiene ningún derecho a estar en las calles de Boston!".

"¡Eh, rebeldes!" quizás replicarían los soldados, mirando con fiereza a los jóvenes. "¡Uno de estos días los llevaremos por las calles de Boston apuntándolos con la bayoneta!".

Una o dos de esta disputas surgían en medio de una refriega, que se apagaba, sin atraer la atención del pueblo. Alrededor de las ocho, por alguna causa desconocida, una alarma sonó muy fuerte.

Con el sonido mucha gente salió de sus casas, suponiendo que se trataba de la alarma contra fuego. Pero no se veían llamas, ni se percibía humo en el aire; así que muchos hombres del pueblo regresaron al lado de sus chimeneas y se sentaron con sus hijos y esposas, para hablar sobre las calamidades de los tiempos. Otros, más jóvenes y menos prudentes, permanecieron en las calles, presentían que algo extraño iba a ocurrir.

Más tarde, alrededor de las nueve, varios muchachos pasaron al lado de la Casa del Pueblo y caminaron por toda la calle del Rey. El centinela estaba aún en posición al frente de la Custom House, caminando de un lado a otro; al voltearse, un chorro de luz proveniente de la casa de algún vecino, brilló en el cañón de su mosquete. A no mucha distancia se encontraban las barracas y el cuarto de guardia donde sus camaradas probablemente estarían contando historias de guerra.

Hacia la Casa del Pueblo, como dije, venían varios muchachos. Cuando estuvieron cerca del centinela, éste se detuvo en su puesto y cogió el mosquete de su hombro, listo a poner su bayoneta contra los pechos de los jóvenes.

"¿Quién va allí?" gritó, impaciente, dando una voz de advertencia.

Los muchachos, como eran hijos de Boston, sintieron que tenían el derecho de caminar por sus calles sin tener que pedir permiso a ningún soldado, aún si los desafiaban en el nombre del rey George. Respondieron rudamente al centinela. Hubo una discusión, quizás una pelea. Otros soldados oyeron el ruido y salieron rápidamente de sus barracas para ayudar a sus camaradas. Al mismo tiempo, algunos habitantes del pueblo corrieron a la calle del Rey por varias avenidas y formaron un tumulto frente a la Casa del Pueblo. Era maravilloso ver cómo acudía la multitud de un momento a otro.

Los insultos que sufría la gente desde hacía meses estaban impacientándolos. Tiraban bolas de nieve y trozos de hielo a los soldados. Como el tumulto crecía más y más, todo llegó a oídos del Capitán Preston, el oficial encargado. Inmediatamente ordenó a ocho soldados de la guardia principal que tomaran sus mosquetes y lo siguieran. Marcharon por la calle, abriéndose paso con dificultad entre la multitud, apartándola con sus bayonetas.

Un hombre (Henry Knox, que luego sería general de la Artillería Americana) cogió el hombro del Capitán Preton.

"Por el amor de Dios, señor", exclamó, "tenga cuidado con lo que hace o habrá un derramamiento de sangre".

"¡Hágase a un lado!" contestó el Capitán Preston de un modo altanero. "No interfiera, señor. Déjeme manejar a mí el asunto".

Llegando al puesto del centinela, el Capitán Preston ordenó a sus hombres que formaran un semicírculo, de manera que sus caras quedaran mirando a la gente y dando la espalda a la Custom House. Cuando la gente vio que el oficial se comportaba de una manera tan amenazante frente a sus soldados, la cólera colectiva se hizo incontrolable.

"¡Disparen, langostas!" gritó uno.

"¡No son capaces de disparar, cobardes!" dijeron otros.

"¡Acabemos con ellos!" gritaron muchas voces. "¡Vuelvan a sus madrigueras! ¡Abajo con ellos! ¡Déjenlos disparar si es que se atreven!".

En medio de los gritos, los soldados miraban a la gente con la frialdad de quien se dedica a derramar sangre.

¡Oh, qué tragedia! En este momento, los sentimientos de odio entre Inglaterra y América debieron ser pacificados. Lo único que Inglaterra podía hacer era ofrecer la mano y reconocer que había perdido sus dominios para siempre. Así los viejos lazos de hermandad habrían sido unidos nuevamente. La lealtad de nuestra gente que se había hecho tan fuerte como un instinto, desaparecía para siempre. Los peligros que habían compartido; las victorias conseguidas en la vieja guerra con Francia, cuando los soldados de las colonias habían peleado al lado de sus camaradas británicos, todo estaba a punto de desaparecer. Inglaterra todavía era aquel amado país que los colonos llamaban su hogar. El rey George, aunque había endurecido su rostro contra América, aún era considerado como un padre.

Pero si los soldados derramaban una gota de sangre americana, de desataría una pelea a muerte. Nunca, nunca América descansaría tranquila hasta que derrocara la autoridad real y la arrastrara por el polvo.

"¡Disparen, si pueden, villanos!" gritaba la gente mientras volteaban los cañones de los mosquetes contra ellos. "¡No son capaces de disparar!".

Parecían listos a pasar por encima de las bayonetas. El Capitán Preston movió su espada y llamó a un grupo de soldados que no lo escuchaban en medio del bullicio de cientos de gargantas. Los soldados entendieron que había dado el mandato que todos temíamos, "¡Fuego!". La llama de los mosquetes iluminó las calles y el estallido se escucho con fuerza entre los edificios. Se dijo también que la figura de un hombre, con un trapo alrededor del rostro, había disparado desde el balcón de la Custom House contra la multitud.

El humo llenaba la escena. Se levantó lentamente, como si no quisiera descubrir el triste espectáculo que ocultaba. Once hijos de Nueva Inglaterra yacían juntos en la calle. Algunos, heridos de gravedad, trataban de levantarse. Otros quedaron conmovidos pero no gritaban; para ellos el dolor había pasado. La sangre cubría la nieve y aquella mancha púrpura en la calle del Rey, permaneció por un tiempo, y nunca fue olvidada ni perdonada por la gente.

Los gemidos de la pequeña Alice interrumpieron al abuelo. El bueno del abuelo quiso suavizar el cuento para no aterrorizar el corazón de la inocente niña. Desde que el Abuelo comenzó la historia de nuestra silla, la pequeña Alice había escuchado muchos cuentos de guerras. Pero probablemente la idea de que los hombres derramaran la sangre de sus hermanos no la había impresionado de verdad. Y ahora que esa idea se presentaba ante ella con toda su fuerza, se sentía horrorizada.

"Me olvidé de nuestra pequeña Alice" dijo el abuelo reprochándose a sí mismo. "¡Qué pesar! Su naturaleza celestial ha recibido la primera impresión del mundanal pecado y de la violencia. Bien, Clara, llévala a la cama y consuélala. ¡Dios quiera que no sueñe con la masacre de Boston!".

"Abuelo", dijo Charley, cuando Clara y la pequeña Alice se habían ido, " ¿la gente no atacó a los soldados y tomó revancha?"

"Los tambores del pueblo llamaron a las armas" replicó el Abuelo, "las campanas de alarma sonaron y una inmensa multitud llegó a la Calle del Rey. Muchos de ellos estaban armados. Los ingleses se prepararon para defenderse. Un regimiento completo se formó en la calle, esperando un ataque. Los hombres del pueblo parecían capaces de tirarse contra la bayonetas".

"¿Y cómo terminó?" preguntó Charley.

"El Gobernador Hutchinson corrió a aquel lugar", dijo el abuelo, "y le imploró al pueblo que tuviera paciencia, diciéndoles que se haría justicia. Uno o dos días después las tropas británicas fueron retiradas del pueblo y llevadas al castillo William. El Capitán Preston y los ochos soldados fueron juzgados por asesinato. Pero ninguno fue encontrado culpable. Los jueces dijeron al jurado que los insultos y la violencia con que habían tratado a los soldados justificaba que hubieran disparado al gentío."

"La revolución," señaló Laurence, que no había dicho casi nada aquella tarde, "no es un acontecimiento tan tranquilo y majestuoso como yo imaginaba. No me gusta oír hablar de gentíos y de matanzas en las calles. Estas cosas no le importaban a la gente cuando pretendían alcanzar una meta tan importante."

"A pesar de todo, el mundo no ha visto nunca un movimiento tan grande como el de nuestra Revolución, desde el inicio hasta el final," dijo el abuelo. "La gente estaba llena de gratitud y admiración por un hombre. Es cierto que se cometen errores a la hora de expresar estos sentimientos, pero no sabían cómo hacerlo mejor; la necesidad los obligaba a actuar con sus sentimientos de la mejor manera que podían. Tenemos que perdonar sus malas acciones, y mirar en sus mentes y sus corazones las grandes metas que los impulsaban."

"Y supongo," dijo Laurence, "que había hombres que sabían actuar correctamente de acuerdo a sus sentimientos."

"Había muchos," replicó el abuelo, "y hablaremos de algunos de ellos un poco más adelante."

El abuelo hizo una pausa aquí. Esa noche Charley soñó con la masacre de Boston y se vio en la multitud y creyó que había derribado al Capitán Preston con un inmenso garrote. Laurence soñó que estaba sentado en nuestra gran silla en la ventana del British Coffee House, y presenciaba toda la escena que al abuelo había descrito. Le parecía, en su sueño, que si la gente del pueblo y los soldados lo hubieran dejado decir sólo una palabra, toda la masacre se hubiera evitado. Pero tal era la algarabía que ahogaba su voz.

A la mañana siguiente, los dos niños fueron juntos y se pararon justo en el mismo lugar donde había caído la primera gota de sangre de la revolución. La vieja Casa del Estado todavía se encontraba allí, casi con el mismo aspecto que tenía aquella memorable tarde, de hace setenta y un años. Era el único testigo de la masacre que sobrevivía.

 

 

CAPÍTULO 6

 

La tarde siguiente la lámpara estaba encendida más temprano que de costumbre porque Laurence estaba muy entretenida mirando la colección de retratos que le había regalado el abuelo de Año Nuevo.

Entre ellos se encontró con más de un personaje que había estado relacionado con el relato de nuestra silla. El abuelo le prohibió que arrastrara la mesa más cerca de la chimenea, y miraron los retratos juntos, mientras que Clara y Charley prestaban también atención. La pequeña Alice se sentó en el regazo del abuelo y le parecía que todos los hombres que veía allí estaban realmente vivos.

Pasando la página, Laurence se encontró con el retrato de un hombre rudo de aspecto hosco, que vestía un atuendo sencillo, mucho más moderno que los que usaban los antiguos puritanos. Aunque su cara no desentonaba con la frialdad de los viejos colonos. Abajo del retrato estaba el nombre de Samuel Adams.

"Fue un hombre muy notable en todas las cosas que hizo por la revolución," dijo el abuelo. "Tal era su carácter que parecía como si uno de los viejos puritanos hubiera sido enviado nuevamente a la tierra para animar los corazones de la gente con el mismo odio hacia la tiranía que profesaban los primeros colonos. Era igual de piadoso a ellos, recio e inflexible, un defensor acérrimo de los más profundos principios democráticos. Nadie mejor que él podía representar al pueblo de Nueva Inglaterra, y el espíritu que los impulsó en la lucha revolucionaria. Era un hombre que se ganaba el pan con un humilde oficio, pero su lengua y su pluma hicieron estremecer el trono del rey de Inglaterra. Recuérdenlo, mis niños, como uno de los hombres más valientes de nuestro país."

"Aquí hay otro que parece que tenía un carácter diferente", dijo Laurence pasando al retrato de John Hancock. "Me imagino,. Según su espléndido atuendo y su aspecto cortesano que era uno de los amigos del Rey."

"Nunca se ha visto un contraste tan fuerte como el que había entre Samuel Adams y John Hancock," dijo el abuelo, "aunque políticamente estaban del mismo lado y desempeñaban papeles similares en la Revolución. Hancock heredó desde el nacimiento la fortuna más grande de toda Nueva Inglaterra. Sus gustos y sus hábitos eran propios de un aristócrata. Le encantaban los trajes lujosos, las mansiones, los mejores muebles, los festivales estatales, y en general todas las cosas lujosas y espléndidas. Sus modales eran tan refinados que no había ni un sólo cortesano del rey George que se le pudiera comparar. A pesar de todo, él con sus trajes bordados, y Samuel Adams con su desgastada capa, lucharon juntos por la causa de la libertad. Adams actuaba por meros y rígidos principios. Hancock, aunque amaba su país, pensaba más en su popularidad que en los derechos de las personas. Es memorable que estos hombres, tan diferentes como los he descrito fueron los únicos exentos del perdón en la proclamación del rey."

En la siguiente hoja del libro estaba el retrato del general Joseph Warren. Charley reconoció el nombre y dijo que era un hombre mucho más grande que Hancock o Adams.

"Warren era un patriota habilidoso y elocuente," respondió el abuelo. "Se merece un recuerdo perpetuo por sus enormes esfuerzos en beneficio de la libertad. Ninguna voz humana era más poderosa en el Hall Faneuil que la Joseph Warren. Si su muerte no hubiera ocurrido tan rápidamente en la Revolución, posiblemente se habría ganado una gran fama como soldado."

El siguiente, era el retrato de un hombre muy venerable, con el pulgar sosteniendo la barbilla, y que leía un manuscrito empleando sus lentes.

"Aquí tenemos al hombre más ilustre de Boston que jamás haya existido," dijo el abuelo. "Se trata de Benjamin Franklin. Pero no intentaré resumir el perfil de este sabio en unas cuantas frases, pues, como un francés dijera, era un hombre que arrebataba la luz del cielo y el cetro del tirano. Mr. Sparks puede ayudarlos para conocer a Franklin."

Igualmente, el libro contenía retratos de James Otis y Josiah Quincy. Ambos, señaló el abuelo, eran hombres excepcionales, verdaderos patriotas. Sus voces eran como las emocionantes notas de una trompeta que convocaban a la nación para defender su libertad. Al parecer el cielo nos había dado como nunca antes un gran número de grandes héroes, con el propósito de señalar la injusticia y liderar la resistencia.

"Es maravilloso," dijo el abuelo, "ver cómo tantos escritores, oradores y soldados actuaron conjuntamente justo cuando era necesario. Había un hombre para cada oficio. Es maravilloso también, que tantos hombres con temperamentos tan distintos, se hubieran unido para conseguir la libertad y la independencia de América. La Providencia estaba con ellos."

"Aquí hay otro hombre muy importante," dijo Laurence, mientras señalaba el retrato de John Adams.

"Era un hombre muy preparado, de carácter fuerte, y muy emprendedor" dijo el abuelo. "Para este tiempo del que estamos hablando, trabajaba como abogado en Boston. Unos años después fue elegido para gobernar todo el pueblo americano, por cuya unidad tanto había luchado."

El abuelo señaló que muchos habitantes de Nueva Inglaterra que habían pasado allí una niñez y una juventud en el anonimato, algún tiempo después se hicieron poseedores de una fortuna que nunca hubiera imaginado ni en sus más ambiciosos sueños. John Adams el segundo Presidente de los Estados Unidos que fue tan rico como un rey, algún día fue profesor escolar y abogado de distrito. Hancock, el primero que firmó la Declaración de la Independencia, fue aprendiz de un comerciante. Samuel Adams, después de ser gobernador de Massachusetts, fue un pequeño comerciante y un cobrador de impuestos. El general Warren era médico, el general Lincoln granjero, y el general Knox trabajaba en una imprenta. El general Nathaniel Greene, el mejor soldado del ejército revolucionario después de Washington era un quaquero y trabajaba de herrador. Todos estos fueron hombres ilustres y jamás podrán ser olvidados en la historia de América.

"Y todo niño que nazca en América tendrá que aprender las mismas cosas del pasado," dijo nuestro ambicioso amigo Charley.

Después de estas aclaraciones, el abuelo tomó el libro de retratos y les mostró a los niños algunos británicos distinguidos que como miembros del Parlamento que habían luchado en contra, o algunos otros en favor de los derechos de América. Entre los primeros estaban el Earl de Bute, Mr. Greenville y Lord North. Todos eran considerados como antiguos enemigos de nuestro país.

Entre los amigos de América se encontraban Mr. Pitt, después conocido como el Earl de Chatham, que se desgastó con su elocuencia previniendo a Inglaterra de las consecuencias de sus injusticias. Mr. Pitt se desplomó en el suelo de la Cámara de los Lores después de pronunciar casi que sus últimas palabras en defensa de nuestros privilegios como hombres libres. Entre los amigos también estaba Edmund Burke, uno de los hombres más sabios y de los mejores oradores que jamás ha producido el mundo. También estaba el Coronel Barré, que había vivido entre nuestros padres y sabía que tenían el valor suficiente para morir por sus derechos. También estaba Charles James Fox, que nunca descansó hasta que aplacó a nuestros enemigos en la Cámara de los Comunes.

"Es impresionante ver cuántos oradores de los más importantes en el Parlamento Británico estaban a favor de América," dijo el abuelo. "Debemos recordar estos grandes ingleses con gratitud, pues sus palabras animaron a nuestros padres tanto como los discursos en el Hall Faneuil o en el Árbol de la Libertad. Las opiniones que se recibían con escepticismo cuando eran expresadas por la gente de América, eran acogidas sin ninguna discusión cuando provenían de los labios de Chatham, Burke, Barré o Fox."

"¿Pero, abuelo," preguntó Laurence, "no había hombres en nuestro país capaces de defendernos de los intereses del Rey George?"

"Había muchos hombres valiosos que decían que podían luchar en contra de los tiránicos procedimientos del Rey," replicó el abuelo. "Pero estaban del peor lado de la discusión y por ello hoy no recordamos una sola de sus palabras. Más aún sus corazones eran débiles y vacilantes, porque sentían que la gente los rechazaba y los aborrecía. No tenían amigos, ni más defensa que las bayonetas de las tropas británicas. Al parecer una plaga había atacado sus facultades pues luchaban contra los derechos de su propia tierra."

"¿Cómo se llamaba algunos de ellos?" preguntó Charley.

"El Gobernador Hutchinson, el Fiscal Oliver, el Juez Auchmuty, el Rev. Mather Byles, entre otros clérigos, entre muchos otros notables miembros de la nobleza," respondió el abuelo.

"¡Espero que el pueblo les haya dado su merecido a cada uno de ellos!"

"No está bien desear eso, Charley," dijo el abuelo. "No tienes porqué pensar que sólo eran respetables y honorables los hombres que lucharon por la libertad de América. Por lo que sé, había muchos hombres valiosos de ambos lados ¿No ves nada admirable en la fe ciega que profesaban por una causa tan poco popular? ¿No sienten respeto por el principio de lealtad que impulsó a los nobles a dejar país, fortuna, amigos, todo antes que ser infieles al rey? Era un principio errado, pero muchos siguieron su consciencia con dignidad, y murieron por hacerlo."

"¡Sí, me equivoqué!" dijo Charle ingenuamente. "Y arriesgaría mi vida para que ninguno de estos pobres nobles fuera torturado!"

"Ha llegado el tiempo de que los juzguemos con justicia," continuó el abuelo. "Que estos héroes, tan hermanos como nuestros propios compatriotas, sean honrados siempre. Y, gracias a Dios, nuestro país no tiene que avergonzarse de sus hijos, (al menos de la mayoría de ellos), sin importar el lado del cual luchaban en la Revolución."

Entre los retratos había uno del rey George III. La pequeña Alice, aplaudió llena de emoción, y parecía muy impresionada con la gracia artificial de su fisonomía. Pero a Charley le parecía extraño que un hombre con esa cara, aparentemente con tan poco sentido común, hubiera podido convulsionar al mundo con una guerra. El abuelo dijo que este pobre rey siempre había sido recordado como una de las personas más desgraciadas que jamás haya existido. Era tan honesto y moderado, que de haber sido una persona común su vida posiblemente hubiera trascurrido feliz, sin ninguna pena. Pero sufrió la peor de las desgracias: asumir un cargo que sobrepasaba sus aptitudes.

"Y así," dijo el abuelo, "su vida, mientras usó la cabeza que Dios le dio, fue un infierno. Finalmente se enloqueció entre tantos problemas y dificultades. Por más de veinte años el monarca de Inglaterra fue tenido por un desquiciado. Al final de sus días, Dios lo privó de la vista y su palacio real quedó reducido para él a las tinieblas, a una cárcel solitaria."

 

 

CAPÍTULO 7

 

"Nuestra vieja silla." continuó el abuelo, "ya no se encontraba en medio de un alegre círculo de oficiales británicos. Las tropas, como ya les dije, fueron llevadas al castillo William después de la masacre de Boston. Todavía, sin embargo, se seguían reuniendo oficiales e ingleses en la Casa Británica del Café para hablar de los hechos de aquel período. Matter empeoraba cada vez más y más, hasta que en 1773 el pueblo hizo algo que enfureció al rey y al ministro más que cualquier revuelta organizada por los primeros colonos."

El abuelo describió entonces el suceso, conocido con el nombre de la Fiesta del Té en Boston. Los americanos, desde hacía algún tiempo, habían dejado de importar té, debido a los altos impuestos. La East India Company tenía en Londres un inmenso cargamento de té en sus bodegas, que esperaban vender a los americanos, pero finalmente no encontraron cliente para la mercancía. Sin embargo, después de un tiempo, el gobierno persuadió a la compañía de que enviara el té a América.

"¡Qué extraño," dijo Clara, "que la libertad de América tenga algo que ver con una taza de té!"

El abuelo sonrió y continuó con su narración. Cuando la gente de Boston oyó que varios cargamentos de té venían en camino cruzando el Atlántico, organizaron muchas reuniones en el Hall Faneuil, en la iglesia de Old South, bajo el Árbol de la Libertad. En medio de sus debates, tres buques llegaron a la bahía con el té a bordo. El pueblo tardó más de una noche decidiendo que iban a hacer. Finalmente, el 16 de diciembre de 1773, le exigieron al gobernador Hutchinson que devolviera los navíos a Inglaterra.

El gobernador replicó que los buques no debían dejar la bahía hasta que la casa de los oficiales no cumpliera con el pago de los impuestos por la importación del té. Pero precisamente era el pago de esa tasa contra la cual la gente estaba protestando, porque se trataba de un impuesto que Inglaterra injustamente quería hacer pagar a América. Por eso, al caer la tarde, tan pronto como se supo la respuesta del gobernador Hutchinson, una inmensa multitud acudió al puerto Griffin donde se encontraban los buques cargados de té. El lugar se llama ahora el puerto Liverpool.

"Cuando la multitud llegó al puerto," dijo el abuelo, "vieron unas figuras de aspecto salvaje a bordo de la embarcaciones. Cualquiera se hubiera imaginado que eran los indios que conocieron los primeros colonos. Estos hombres lucían atuendos indígenas y sus rostros estaban cubiertos de pintura roja y blanca, como cuando los nativos iban a la guerra. Aquellas figuras salvajes subieron los sacos de té a cubierta, los abrieron y arrojaron todo su contenido a la bahía."

"Abuelo," dijo la pequeña Alice, "supongo que a los indios no les gustaba el té, de no ser así jamás lo hubieran desperdiciado."

"Esas figuras no eran indios reales, hijita," respondió el abuelo. "Eran hombres blancos que se habían disfrazado, porque sabían que si los oficiales del rey se enteraban de la identidad de los responsables les aplicarían un castigo muy severo. Pero nunca se supo quiénes lo hicieron. Desde ese entonces hasta nuestros días, aunque todo el mundo ha comentado el asunto nadie ha podido dar con los nombres de aquellos hombres. Algunos dicen que eran hombres muy importantes que habían llegado a ser gobernadores y generales. Si esto es verdad, no lo puedo decir."

Cuando la noticia de este hecho llegó a Inglaterra el rey George se encolerizó. El Parlamento redactó inmediatamente un acta que prohibía que cualquier embarcación cargara o descargara en el puerto de Boston. De ese modo esperaban arruinar a todos los comerciantes y matar la pobre gente de hambre quitándoles el empleo. Igualmente se redactó otra acta mediante la cual se retiraban la mayoría de los privilegios y derechos otorgados por la carta real de Massachusetts.

Poco tiempo después, el gobernador Hutchinson viajó a Inglaterra con el propósito de dar su consejo sobre la situación de América. El general Cage, un oficial de la Antigua Guerra Francesa que desde entonces había ocupado el cargo de Comandante en Jefe de la fuerzas británicas en América, fue elegido como Gobernador en remplazo de Hutchinson. Una de sus primeras decisiones fue elegir a Salem, en vez de Boston, como la metrópolis de Massachusetts, haciendo que la Corte General se reuniera allí.

De acuerdo con la descripción del abuelo estos fueron los tiempo más difíciles que Massachusetts había vivido. El pueblo se sentía tan oprimido por la tiranía como lo estuvo en los días de Sir Edmund Adros. Las calles de Boston estaban tan desoladas y la gente tan triste que daba la impresión de que alguna terrible peste los estaba atacando. La flauta no sonaba para los negocios. Los comerciantes cerraron sus almacenes y los trabajadores se la pasaban todo el día en el puerto sin hacer nada. A pesar de esta situación, toda América se sentía interesada por la suerte de Boston y no tardaron en llegar donaciones de muchas partes para ayudar un poco a sus pobres habitantes.

"¡Oh, nuestra pobre silla!" exclamó Clara. "¡No me imagino lo deprimida que estaría!"

"¡Oh, no!" replicó el abuelo, "una bulliciosa multitud de oficiales estaba reunida en el British Coffee House, así que a nuestra vieja silla nunca le falto una alegre compañía. Poco después de que el general Cage fuera nombrado gobernador, un gran número de tropas había llegado y estaban acampando en el Common. Boston estaba convertida en un fuerte militar, el general había construido varias guarniciones a lo largo del Neck, camino a Roxbury, que estaban custodiadas por soldados. Todo daba la impresión de que se iba a desatar una guerra civil."

"¿La gente estaba lista para pelear?" preguntó Charley.

"Un Congreso Continental se reunió en Filadelfia," dijo el abuelo, "y propuso algunas medidas para el bien público. Igualmente un Congreso Provincial fue elegido en Massachusetts. Ambos exhortaron a la gente para que se armara y se entrenara para el combate. Un gran número de hombres-minuto se enrolaron. Los americanos los llamaban los hombres-minuto porque se creían capaces de combatir al minuto de haberse enrolado. Los oficiales ingleses se reían de ellos, diciendo que aquel nombre era muy apropiado porque los hombres-minuto saldrían despavoridos al minuto de haber visto al enemigo. Si iban a escapar o a luchar sería demostrado dentro de muy poco."

El abuelo les dijo a los niños que la primera resistencia abierta contra las tropas británicas en Massachusetts, ocurrió en Salem. El coronel Timothy Pickering con treinta o cuarenta hombres dio la primera advertencia al coronel inglés Leslie que contaba con un número de soldados regulares cuatro veces mayor, con la toma de varios almacenes militares británicos. No se derramó sangre en esa ocasión pero muy pronto comenzaría a correr.

El general Cage envió ochocientos soldados a Concord, un poblado localizado a diez y ocho millas de Boston, para incautar municiones y provisiones que los colonos habían almacenado allí. Los soldados salieron la tarde del 18 de abril de 1775. La siguiente mañana, el general Lord Percy fue enviado con novecientos hombres para reforzar las tropas que habían salido antes. Durante todo ese día los habitantes de Boston oyeron toda clase de rumores. Unos decían que los británicos habían acabado con los colonos. Otros afirmaban que cada uno de los hombres había salido con su mosquete y que no regresaría ningún soldado a Boston.

"Al atardecer," dijo el abuelo, "las tropas que habían salido llenas de orgullo y valentía, entraron a Charlestown. Los soldados estaban cubiertos de polvo y tanta era la sed y el cansancio que tenían la lengua afuera. Muchos de ellos estaban llenos de heridas. No habían regresado todos. Casi trescientos hombres estaban heridos, muertos o agonizando, a lo largo del camino a Concord. Los cultivadores se levantaron en armas contra los invasores y los hicieron retroceder."

"¿Esa fue la batalla de Lexington?" preguntó Charley.

"Sí," contestó el abuelo, "se llamó así porque los británicos dispararon sin ningún motivo contra un grupo de hombres-minuto, dejando ocho muertos, cerca a la casa de juntas de Lexington. Aquella trágica ejecución, ordenada por el mayor Pitcairn, dio inicio a la Guerra de la Revolución."

Para este momento, si el abuelo no se equivocaba, la silla ya no se encontraba en el British Coffee House. No sabemos con exactitud como salió de aquel lugar. Quizás el administrador del Coffe House la quitó de la vista de todos debido a su antiguo aspecto. Quizás la vendió como si se tratara de una curiosidad. Quizás alguien la tomó sin permiso por considerar que se trataba de una propiedad pública ya que una vez había estado debajo del Árbol de la Libertad. O quizás la vieja silla, siempre de espíritu pacífico, hizo uso de sus patas de roble y huyó de la guerra.

"Me imagino el ruido que haría sobre el pavimento" dijo Charley riéndose.

"Mientras tanto," continuó el abuelo, " durante la misteriosa ausencia de nuestra silla, un ejército de viente mil hombres venía en camino al sitio de Boston. El general Cage y sus tropas retrocedieron hasta el estrecho terreno de la península. El 17 de junio de 1775 tuvo ligar la famosa batalla de Bunker Hill. Allí cayó el general Warren. Los ingleses se llevaron la victoria finalmente, pero perdieron más de dos mil hombres entre oficiales y soldados.

"¡Oh, abuelo!" dijo Charley, "nos tienes que hablar sobre esa famosa batalla."

"No, Charley," dijo el abuelo, "Yo no soy como algunos historiadores. Las batallas no pueden ocupar un lugar importante en nuestra tranquila y confortable silla. Pero mañana en la tarde, Laurence, Clara y tú, y la pequeña Alice también, irán a visitar el diorama de Bunker Hill. Allí podrán ver todo lo que sucedió con sus propios ojos, incluida la destrucción de Charlestown, y escuchar los cañones y los mosquetes con sus propios oídos.

 

 

CAPÍTULO 8

 

La tarde siguiente, cuando los niños le habían narrado con lujo de detalles al abuelo la visita al diorama, todos le pidieron al anciano que no los mantuviera por más tiempo en suspenso sobre el destino de la silla. El lector recordará que en los últimos capítulos la silla había desparecido sin decirnos adonde se iría. Pero antes de satisfacer la curiosidad de los niños, el abuelo creyó necesario hablar primero un poco de algunos hechos históricos.

El Congreso Continental que se había reunido en Filadelfia estaba conformado por delegados de todas las colonias. Allí eligieron a George Washington, de Virginia, como comandante en jefe de todas las tropas americanas. Aunque Washington era miembro del Congreso inmediatamente partió de Filadelfia y emprendió la travesía a Massachusetts. El 3 de Julio de 1775 llegó a Cambridge y tomó el mando de las tropas que había sitiado el general Cage.

"¡Oh, abuelo!", exclamó Laurence, "se me sale el corazón del pecho de sólo pensar en lo que va a pasar. Vamos a hablar del general Washington en persona."

Los niños se juntaron alrededor del abuelo y no dejaban de prestar atención de la cara del anciano. Incluso la pequeña Alice abrió sus dulces ojos azules y sin poder cerrar la boca contenía su aliento para poder escuchar mejor; tal era la admiración de aquellos niños por el padre de su país. El abuelo hizo una corta pausa porque consideraba que sería una falta de respeto presentar la venerable figura de Washington en una historia donde el lugar más importante lo había ocupado una antigua silla. Sin embargo, finalmente decidió continuar con su narración y hablar del héroe sólo cuando fuera absolutamente necesario, pero sin querer caer en una tonta simplicidad.

El abuelo, entonces, les dijo a sus oyentes que cuando llegó el general Washington a Cambridge su primer preocupación fue llevar a cabo un reconocimiento del terreno y examinar la condición de su ejército. Washington contaba con catorce mil hombres. Las tropas americanas se encontraban dispersas a lo largo de toda la península de Boston, en un espacio de doce millas, desde las tierras altas de Roxbury a la derecha, hasta el río Mystic a la izquierda. Algunos estaban viviendo en tiendas de lona, otros en casuchas de tablas, otros en caseríos de piedra con curiosas puertas y ventanas.

Con el propósito de establecerse en un lugar central y tener dominio de todas sus tropas, el comandante en jefe hizo su cuartel general en Cambridge, a media milla de los colleges. Una mansión que quizás había pertenecido a algún lord fue acondicionada como residencia para el general.

"Cuando el general Washington entró por primera vez en esa mansión," dijo el abuelo, "fue conducido al segundo nivel para enseñarle su hermosa habitación. El general, entonces, se sentó en una gran silla, el objeto más reluciente de aquel recinto. La noble figura de Washington le habría dado el aspecto de un trono a aquella silla; sentado allí con su mano en la empuñadura de la espada que reposaba entre sus rodillas, su aspecto hablaba del hombre escogido por la patria para defender sus más preciados derechos. América se sentía segura bajo su protección. Su rostro era mucho más altivo de lo que cualquier escultor ha podido tallar en el mármol; nadie se atrevía a mirarlo sin cierto temor y reverencia. Nunca antes la cabeza del león esculpida en lo más alto de la silla había mirado una figura y un rostro tan noble como el de Washington."

"¡Abuelo!", exclamó Clara, llena de asombro, "¿fue realmente así? ¿El General Washington se sentó en nuestra gran silla?"

"Yo ya sabía qué iba a pasar", dijo Laurence, "ya lo sabía desde el momento en que el abuelo empezó a hablar".

El abuelo sonrió. Pero pasando de la vida personal del ilustre líder, el abuelo habló de los métodos que Washington adoptó para recuperar la metrópolis de Nueva Inglaterra del dominio británico.

Cuando Washington asumió el mando, el ejército carecía de orden y disciplina. Los soldados regulares consideraban que tenían un rango tan alto como el de los oficiales, y únicamente obedecían las órdenes cuando entendían los porqués y los cómo. Más aún, los soldados eran reclutados por un período tan corto, que tan pronto como comenzaban a ser soldados respetables, se cumplía su tiempo de servicio. Venían, entonces, nuevos reclutas que tenían que recibir el entrenamiento adecuado antes de poder prestar cualquier servicio. Este era el ejército con el cual el General Washington tenía que hacer frente a más de veinte regimientos británicos de soldados veteranos.

Algunos de los hombres no tenían mosquetes y casi ninguno contaba con bayonetas. Se requería artillería pesada para atacar las fortificaciones británicas. No tenían suficiente pólvora ni balas, les hacía falta materiales para fabricar trincheras. Escaseaban las provisiones y los uniformes no alcanzaban para todos los soldados. A pesar de todas estas dificultades, los ojos de todos estaban puestos en el General Washington, y en la gran campaña que emprendería contra el ejército enemigo.

Lo primero que el General Washington hizo fue restaurar el orden y la disciplina entre sus hombres. Fue asombroso cómo en tan poco tiempo convirtió aquella masa de rudos campesinos en un ejército de verdad. Una de las características más sobresalientes de Washington era su capacidad para instaurar el orden en medio de la confusión. Todos los asuntos en los que metía la mano marchaban a la perfección como por arte de magia. La influencia de su mente era como una luz que resplandecía en medio de un mundo tenebroso. Era esta cualidad, más que cualquier otra, la que hacía de Washington el hombre indicado para navegar por el tempestuoso mar de la revolución.

"Washington no había estado mucho tiempo al mando del ejército", prosiguió el abuelo, "pero casi desde el inicio sus soldados lo admiraban como si ya les hubiera dado cientos de victorias. Ellos sabían que su general era el hombre que la patria necesitaba, y el único que los podría traer a salvo después de enfrentarse con el poderío británico. Ellos habían puesto toda su confianza en el coraje, la sabiduría y la integridad de Washington."

"¿Y no se morían de ganas de seguirlo para pelear contra los británicos?" preguntó Charley. "Sin duda alguna, ellos habrían ido dondequiera que la espada de Washington señalara el camino", respondió el abuelo. "y él ya estaba ansioso por darle un golpe certero al enemigo. Sin embargo, por tratarse de una empresa muy peligrosa, Washington citó a un consejo de todos los generales del ejército. Atendiendo a su llamado todos vinieron desde sus puestos y fueron conducidos hasta el salón de recepciones. El comandante en jefe se levantó de nuestra gran silla para darles la bienvenida."

"¿Y cómo se llamaban?" preguntó Charley.

"Uno de ellos era el general Artemas Ward," respondió el abuelo, "un abogado de profesión. Él había dirigido las tropas antes de la llegada de Washington. Otro era el general Charles Lee, que había sido coronel en el ejército inglés y era famoso por sus vastos conocimientos castrenses. Este general había venido al consejo con dos o tres perros que siempre estaban a sus pies. También estaba allí el general Putnam, conocido en toda Nueva Inglaterra como el viejo Put."

"¿Ese fue el que mató al lobo?" preguntó Charley.

"El mismo," dijo el abuelo, "y también había prestado un buen servicio en la antigua Guerra Francesa. El viejo Put era un campesino pero con las nuevas de la batalla de Lexington había dejado sus herramientas en el arado. Allí también se encontraba el general Gates, que después se haría famoso en Saratoga, para caer en el anonimato nuevamente en Camden. El general Greene de Rhode Island, también se encontraba en el consejo. Washington se dio cuenta rápidamente que éste era uno de los mejores oficiales del ejército."

Cuando todos los generales se reunieron, Washington les consultó sobre sus planes para arrasar de una vez por todas las baterías inglesas. Sin embargo, la opinión unánime era que una empresa tan arriesgada no podía ser puesta en práctica. Por tanto, el ejército continuó sitiando Boston para impedir que el enemigo obtuviera provisiones, pero no se tomaron medidas inmediatas para entrar en el pueblo. Y fue así como el verano, el otoño y el invierno llegaron y se fueron.

"Más de una noche, sin lugar a dudas," dijo el abuelo, "después de estar todo el día sobre su caballo galopando de una guarnición a otra, Washington solía sentarse en nuestra gran silla para dejarse llevar por sus pensamientos. De haberlo visto, creeríamos que estaba absolutamente concentrado contemplando los azulejos que adornaban la chimenea. Pero, en realidad, estaba planeando cómo capturar al ejército inglés, o al menos cómo sacarlo de Boston. Una vez, en medio de un invierno muy fuerte, diseñó una táctica para cruzar el río Charles aprovechando que estaba congelado. Sin embargo, no pudo persuadir a los demás generales de la conveniencia de ese plan.

"¿Y qué se le pasaban haciendo los ingleses todo el día?" preguntó Charley.

"Se la pasaban sin hacer nada,"replicó el abuelo. "El general Cage había recibido órdenes de regresar a Inglaterra, y fue sustituido por Sir William Howe. El ejército británico y los habitantes de Boston comenzaban a sentirse angustiados. Después de haber pasado tanto tiempo acuartelados en el pueblo habían consumido casi todas las provisiones y no les quedaba casi nada de combustible. Los soldados demolieron la iglesia de Old North y emplearon sus viejas vigas y columnas como leña. Para empeorar todo, la viruela se desató entre ellos. Posiblemente perdieron más hombres a causa de la viruela y las enfermedades, que todos los que cayeron en Lexington y en Bunker Hill."

"¡Qué pesadilla para las pobres mujeres y los niñitos!" exclamó Clara.

"Finalmente," continuó el abuelo," en marzo de 1776, el general Washington, que ya contaba con una buena provisión de pólvora, comenzó a atacar y a bombardear desde Dorchester Heights. Una de las balas de cañón que disparó contra el pueblo derribó la torre de la iglesia de la calle Brattle, donde todavía se encuentra localizada. Sir William Howe hizo los preparativos para cruzar el río en botes y dispersar las fuerzas americanas, pero fue detenido por una terrible tempestad. El general Washington inmediatamente plantó una batería en la colina Nook, tan cerca del enemigo que ya era imposible para él permanecer en Boston un segundo más."

"¡Hurra, hurra!" gritaba Charley, levantando los brazos en señal de victoria. "Me hubiera gustado estar allí para ver cómo salían corriendo los ingleses con el rabo entre las patas."

Y como el abuelo creía que Boston jamás había vivido un período tan interesante como éste cuando el poder real agonizaba, decidió darle un vistazo al pueblo e imaginarse los sentimientos de sus habitantes.

 

 

CAPÍTULO 9

 

"¡Ay de los pobres ingleses!" exclamó el abuelo. "Hasta la misma mañana después de que las tropas del general Washington aparecieran en la colina de Nook, estos desdichados personajes no creían que los audaces rebeldes, como solían llamar a los americanos, se levantarían algún día sobre el ejército del rey George. Pero cuando vieron a los soldados británicos preparándose para abordar las embarcaciones, entonces se dieron cuenta que habían perdido su colonia. Si nuestros compatriotas hubieran sentido el sufrimiento del enemigo, habrían perdonado todas sus malas acciones y los habrían bendecido cuando se alejaban de nuestras tierras.

Con el fin de sensibilizar a los niños de la lamentable condición de aquellos hombres, el abuelo escogió a Peter Oliver, jefe de justicia al mando de la Corona en Massachusetts, y lo imaginó caminando por las calles de Boston la mañana antes de partir para siempre.

Este esfuerzo de la imaginación del abuelo bien puede llamarse;

 

El Adiós de los Ingleses

 

El viejo Juez Oliver se anudó la capa roja y se puso un sombrero de tres picos sobre su peluquín blanco. Vestido así, salió a caminar para darle un último vistazo a todas las cosas que lo habían acompañado desde su juventud. Se dirigió entonces hacia el norte del pueblo y llegó rápidamente al Hall Faneuil. Este edificio, la cuna de la libertad, era usada por los británicos como teatro.

"¡Cuánto daría por ver estas paredes reducidas al polvo!" pensó el juez, y en medio de la amargura de su corazón le temblaban los puños. "Allí empezó el maleficio que ahora amenaza con destruir el imperio británico. Las arengas sediciosas de los demagogos en el Hall Faneuil han convertido a los rebeldes en nobles y me han privado a mí de mi propio país."

Siguió caminando y cruzando una calle estrecha llegó a la calle King, se encontraba casi en el mismo lugar donde seis años antes, donde se había teñido el suelo con la sangre de la masacre de Boston. El Juez daba un paso tras otro con tanta cautela, que parecía como si la sangre de sus compatriotas martirizados todavía pudiera manchar sus pies.

Ante él se levantaba la Casa del Pueblo que todavía lucía las insignias reales. En ese edificio el viejo Oliver había administrado la justicia entre el pueblo, cuando nadie se atrevía a mencionar su nombre sin admiración. Igualmente, allí estaba el balcón desde donde las trompetas congregaban a todos para proclamar la ascención de un nuevo rey al trono.

"Recuerdo...recuerdo", se dijo a sí mismo el juez Oliver, "cuando su altísima majestad fue proclamada. ¡Cómo gritaba la gente! Todo el mundo habría dado la vida para que ni un solo pelo del rey George cayera al suelo. Pero ahora difícilmente hay una sola lengua en toda Nueva Inglaterra que no maldiga su nombre. Ahora es una deshonrra y una desgracia amar al rey. ¿Es acaso posible que en tan pocos años todo haya cambiado de tal forma?"

Al juez Oliver no le cabía en la cabeza que la más cruda de las tiranías hubiera cambiado los corazones de la gente. Alejándose rápidamente de aquel lugar, el viejo Oliver llegó a Cornhill, lo que ahora es la última parte de la calle Washington. En frente de la Casa del Pueblo se encontraban los restos de la iglesia Old North. Las sacrílegas manos de los soldados ingleses la habían derruido para usar la madera cono leña para calentar sus cuarteles.

Más allá, pasó debajo de la torre de Old South. El atrio del templo estaba desgastado por las herraduras de los caballos, pues el interior del edificio era empleado como una escuela de equitación y como lugar de encuentro para los dragoniantes del ejército. El juez se quedó un momento a la puerta y una trompeta sonó adentro para anunciar la llegada del regimiento que se acercaba en estampida subiendo por la calle. Venían del lugar donde estaban embarcando.

"¡Déjenlos ir!" pensó el juez, con un cierto sentimiento que compartía con los puritanos en su interior. "Nada bueno puede esperarse de unos hombres que mancillan la casa de Dios."

El juez continuó caminando un poco más, y se detuvo frente a la Casa de la Provincia. Los ladrillos, meticulosamente alineados que escondían la mansión de los gobernadores reales, habían desaparecido. La Casa de la Provincia tenía un espacioso patio bordeado con árboles y encerrado con una cerca de hierro tallado. En la cúpula del edificio se levantaba la figura resplandeciente de un cacique indígena, listo para disparar una flecha. Sobre la puerta principal había un balcón, donde el Juez solía sentarse cuando el gobernador y los oficiales saludaban desde allí al pueblo.

Mientras el juez Oliver le daba un último vistazo a la Casa de la Provincia que estaba custodiada por un centinela solitario, las dos alas de la puerta principal de abrieron de repente de par en par, para darle paso a Sir William Howe. Detrás de él venían una muchedumbre de oficiales. Las vainas de acero de las espadas tintineaban contra las piedras mientras bajaban por el patio. Sir William Howe era un hombre de una contextura fuerte, era rudo y de comportamiento altivo. Caminaba tan ceremoniosamente en la hora de la derrota que más parecía como si fuera a someter al general de los rebeldes.

El Juez hizo la venia y se acercó a él.

"Este es un momento doloroso para ambos, Sir William," le dijo.

"¡Continuemos caballeros!" dijo Sir William Howe a los Oficiales que lo acompañaban, "no tenemos tiempo ahora para lamentaciones".

Y haciendo la venia con frialdad se alejó. En ese momento el viejo juez sintió por un momento los sufrimientos que los pobladores exiliados de Nueva Inglaterra habían tenido que soportar de manos de los orgullosos británicos. Aquellos hombres fueron despreciados incluso por un país al que le habían servido con más fidelidad que al propio.

Sin presentirlo, una prueba todavía más fuerte le esperaba al juez Oliver, mientras pasaba por la Casa de la Provincia. Fue reconocido por la gente en la calle. Todos sabían que era descendiente de una familia muy antigua y honorable. Lo habían visto sentado con su atuendo escarlata sentado en la silla del juez. Toda la vida, ya sea por el recuerdo de sus ancestros o por su alta posición social, todos le habían tenido mucho respeto. La vieja burguesía de la provincia era respetada como miembro de la nobleza bajo el dominio del gobierno real.

Ahora, sin embargo, las prebendas provenientes de los rangos y los apellidos habían desaparecido. Los habitantes comenzaron a insultarlo tan pronto vieron la venerable figura del anciano juez. Ellos habían cargado con sus propios dolores y sufrimientos durante el prolongado régimen (el hambre, el frío, la enfermedad), en parte por culpa del juez y en parte por su hermano Andrew y su pariente Hutchinson. Fue debido a ellos que el rey ejerció su poder en los asuntos de todas las colonias. Pero el día de la venganza había llegado.

"¡Miren al viejo mentecato!" se burlaban todos mientras se reían. "Nos está mirando por última vez. Dejen que nos muestre su peluquín blanco una vez más y le daremos una mano de brea y plumas."

El juez sabía, sin embargo, que no tenía que temerle a la violencia de esas personas hasta que las tropas británicas no abandonaran el pueblo. Pero ¡ay del pobre viejo! Empezó a sentirse angustiado porque a su partida no dejaba una buena memoria. Sus ancestros, después de haber dejado la tierra, habían sido honrados en las mentes de las gentes. Pero él, que desde ahora moría para su tierra nativa, no tendría un epitafio que se librara de las palabras de desprecio y venganza. El viejo comenzó a llorar.

"Me maldicen. ¡Invocan todos los males sobre mí!" pensó mientras lloraba. "Pero si pudieran leer mi corazón, sabrían que amo con todas mis fuerzas a Nueva Inglaterra. ¡Qué Dios la bendiga y envíe sobre ella el poder de nuestro gran rey! ¡Una bendición también para esta pobre gente, para estos hombres descarriados!"

El viejo Juez extendió sus manos como si fuera a conferir una bendición a sus compatriotas. Ya había llegado a la parte sur del pueblo y se encontraba lejos de las baterías americanas. Cerca de él había un inmenso tronco de madera, que al parecer había sido cortado recientemente. Cansado y con un peso en el corazón, se iba a sentar en el tronco.

De repente recordó que ese era el tronco del árbol de la libertad. Los soldados británicos lo habían cortado, para demostrar cuán fácil podían disponer de las libertades de América. Bajo sus acogedoras ramas, diez años antes, el hermano del juez Oliver había sido obligado a reconocer la supremacía del pueblo tomando un juramento que éste había redactado. Este árbol estaba relacionado con todos los hechos que habían separado a América de Inglaterra.

"¡Maldito árbol!" gritó el viejo juez, sus dientes rechinaban y la rabia sobrepasaba su pena. "Habéis estado en pie hasta que Hancock, Adams y otros traidores fueron colgados de vuestras ramas! Ahora habéis sido talado y arrojado a las llamas."

El viejo Oliver dio la vuelta y se dirigió rápidamente al puerto Long sin detenerse para mirar atrás, se embarcó con las tropas británicas hacia Halifax, y no volvió a ver su país nunca más. Entre los recuerdos de sus días, el juez Oliver lo seguían torturando las mismas emociones que lo habían angustiado cuando salió a caminar por las calles de Boston para despedirse de su país. Un amor intenso y un fuerte resentimiento ardían como una sola llama en su pecho. Las maldiciones se confundían con las bendiciones. Sentía como si una sola bocanada del aire de su tierra nativa tuviera el poder de renovar su vida entera. Estaba dispuesto a morir antes que tener que respirar el mismo aire que respiraban los rebeldes. Estos eran los mismos sentimientos de los centenares de exiliados que partieron con el ejército británico. ¿No eran los hombres más desgraciados sobre la tierra?

"Las desgracias de esos exiliados," observó Laurence, "los tuvo que haber hecho recordar la suerte de los pobres exiliados de Acadia."

"Me imagino que estaban tristes" dijo Charley. "Pero prefiero alegrarme con los patriotas que entristecerme con los exiliados. Abuelo, ¿Y qué hizo entonces el general Washington?"

"Como la retaguardia del ejército británico se embarcó por el muelle," contestó el abuelo, "las tropas del general Washington marcharon a lo largo del río Neck, atravesando las puertas de los fuertes, para entrar triunfalmente en Boston. Por primera vez, desde que los peregrinos llegaron, Massachusetts estaba libre del dominio de Inglaterra. Nunca más estaría sujeta a un dominio extranjero, nunca más sentiría el peso de la opresión.

"Querido abuelo," preguntó la pequeña Alice, "¿El general Washington trajo nuestra silla a Boston?"

"No sé cuánto tiempo permaneció la silla en Cambridge", dijo el abuelo. "Si había estado allí hasta ese momento seguramente no había encontrado un techo más apropiado. La mansión que el general Washington ocupó todavía existe y sus habitaciones han sido ocupadas desde entonces por varios hombres muy eminentes. El gobernador Everett, mientras fue profesor en la universidad residió allí. Después también vivió allí Mr. Sparks, cuyo invaluable trabajo ha puesto su nombre al lado del de Washington. Y precisamente en este tiempo un amigo muy venerable de su abuelo, después de muchas travesías por el mar, se ha quedado para descansar en el cuartel de Washington."

"Se trata del profesor Longfellow, abuelo,"dijo Laurence. "¡Oh, cómo me gustaría ver al autor de las maravillosas Voces de la Noche!"

"Lo visitaremos la próxima semana," respondió el abuelo, "y llevaremos a Clara y a la pequeña Alice, y a Charley también se porta bien."

 

 

CAPÍTULO 10

 

Cuando la tarde siguiente el abuelo reanudó su relato, les dijo a los niños que le había perdido la pista a la silla por un corto período después de que Washington salió de Cambridge. A los pocos meses, sin embargo, reapareció en un negocio en Boston, algo extraño y peculiar por cierto. En el interior se exhibían una babilla embalsamada, la piel de una serpiente cascabel, un puñado de flechas de los nativos, un antiguo arcabuz, el bastón del gobernador Winthrop, el peluquín del viejo Cotton Mather, y un colorido cuadro de la masacre de Boston. Se trataba de una barbería, atendida por Mr. Pierce, quien se enorgullecía de haber rasurado al general Washington, al viejo Put, y a muchos otros personajes famosos.

"Esta no era una situación muy digna para nuestra venerable silla," continuó el abuelo, "pero, como ustedes saben no hay un mejor lugar para enterarse de todo que una barbería. Todas las noticias de la guerra de revolución se escuchaban en la barbería antes que en cualquier otro lugar. La gente acostumbraba sentarse en la silla, leer el periódico, conversar o simplemente aguardar el turno para rasurarse, mientras Mr. Pierce, con sus tijeras y su navaja, trabajaba en la cabeza o las barbas de sus clientes."

"Me da lástima que la silla no se hubiera conseguido un lugar más apropiado o un refugio," dijo Laurence. "Ya estaba vieja, y tenía derecho a descansar. Además, después de haberla tenido en sus brazos Washington ya no merecía estar en manos de nadie. Debió de haber sido puesta en el púlpito de la iglesia Old South, o en algún otro lugar sagrado."

"Quizás es cierto." respondió el abuelo. "Pero la silla a lo largo de toda su variada existencia, se había acostumbrado a estar en contacto con la sociedad, por eso me temo que no se hubiera aguantado estar en el púlpito de Old South. Allí habría tenido que estar sola, o acompañada a lo sumo en la otra galería por un órgano inerte, seis de los siete días de la semana. Yo creo que para ella era mejor estar en el arenoso suelo de la acogedora y pequeña barbería."

El abuelo, entonces, entretuvo a los niños imaginándose todas las clases de personas que habían ocupado nuestra silla mientras esperaban para afeitarse.

Entre muchos otros, estaban los viejos clérigos, como el Dr. Charley, con su peluquín blanco, que el barbero tomaba de su cabeza para dejarlo en un portapelucas. Media hora aproximadamente tomaba peinar y arreglar este accesorio para un cráneo clerical. Había también oficiales del ejército continental que necesitaban llevar el pelo corto para tener un aspecto serio. Por allí también se aparecía de vez en cuando, con aspecto melancólico y agobiado, algún pobre tori, luciendo un peluquín que en otros tiempos había figurado en la Casa de la Provincia. Algunas veces, allí también se sentaba el capitán de algún buque, que acababa de llegar de alguna misión exitosa, en la que había capturado media docena de carabelas de los hombres del rey George repletas de fabulosos objetos. Y algunas veces algún niñito de la escuela se encaramaba en nuestra silla y miraba lleno de curiosidad la babilla, la culebra cascabel y todas las curiosidades exhibidas en la barbería. Su madre lo había enviado con seis peniques en la mano para que le asentaran sus dulces rizos. Los acontecimientos de la revolución daban de sobra tema de conversación para los clientes de la barbería. Hablaban llenos de pena de la muerte del general Montgomery y de la derrota de nuestras tropas en la toma del Quebec. Los habitantes de Nueva Inglaterra estaban tan ansiosos de quitarles a los ingleses el dominio sobre Canadá, como antiguamente lo estaban cuando pertenecía a los franceses.

"Pero muy pronto," dijo el abuelo, "vinieron noticias de Filadelfia, las más importantes que hasta el momento se habían escuchado en América. El 4 de julio de 1776 el Congreso había firmado la Declaración de la Independencia. Las trece colonias eran desde ahora estados completamente libres e independientes. Aunque no lo imaginábamos, todos los habitantes celebraron la buena noticia y desde ese día decidieron perecer antes que caer nuevamente bajo el yugo de Inglaterra."

"¡Y yo también hubiera perecido!" exclamó Charley.

"¡Fue un día maravilloso, qué ocasión tan gloriosa!" dijo Laurence muy entusiasmada. "Y, abuelo, me encanta saber que los miembros del Congreso se mostraron tan fuertes y valientes como los soldados en el campo de batalla, pues tuvo que necesitarse más coraje para firmar el Acta de Independencia que para luchar contra el enemigo en la batalla."

El abuelo estuvo de acuerdo con el punto de vista de Laurence. Posteriormente tocó brevemente y sin muchos detalles algunos hechos importantes de la Revolución. La tempestad de la guerra estaba azotando ahora la parte sur, y no volvería a estallar nunca más en Massachusetts donde inicialmente se había sentido con más furia. Sin embargo Massachusetts continuó apoyando la campaña revolucionaria en otros Estados. Allí donde se desataba una batalla, en Long Island, White Plains, Trenton, Princeton, Brandywine o Germantown, allí caían muertos algunos de sus valientes hijos.

En octubre de 1777, el general Burgoyne se entregó con su ejército en Saratoga, al general americano, Gates. Los presos de guerra fueron enviados a Massachusetts. Poco tiempo después el Dr. Franklin y otros comisionados americanos firmaron un tratado en Paris mediante el cual Francia prestaría ayuda a nuestros compatriotas. El gallardo Lafayette ya estaba luchando por nuestra libertad al lado de Washington. En 1778 una flota francesa comandada por Count d’Estaing, permaneció un buen tiempo en la bahía de Boston. Así es la vida del hombre, los franceses, nuestros antiguos enemigos, eran ahora nuestros camaradas, y la hermana Inglaterra era ahora nuestra enemiga.

"Mientras la guerra se desataba en los estados del centro y del sur," prosiguió el abuelo, "Massachusetts tuvo la oportunidad de diseñar una nueva constitución de gobierno en remplazo de la antigua carta real. Esta se hizo en 1780. El mismo año John Hancock, que había sido presidente del Congreso, fue elegido como gobernador del Estado. Fue el primero que el pueblo eligió desde los tiempos del viejo Simon Bradstreet."

"¿Pero, abuelo quién había estado de gobernador desde que los ingleses fueron expulsados?" preguntó Laurence. "El General Cage y Sir William Howe fueron los últimos de los cuales nos hablaste."

"No hubo gobernador en esos últimos cuatro años," contestó el abuelo. "Massachusetts fue gobernada por la Legislatura, y a ella obedecía la gente por libre acuerdo. Es uno de los hechos más memorables de nuestra historia que cuando la carta de gobierno fue derrocada por la guerra, no hubo anarquía ni el más mínimo síntoma de confusión. Fue un gran honor para el pueblo. Pero ahora, el sonido de las trompetas proclamaban a Hancock como gobernador y con su sonido se anunciaba el restablecimiento del gobierno."

El abuelo habló nuevamente de los avances de la guerra. En 1781 el General Greene sacó a los ingleses de los Estados del norte. En octubre del mismo año el General Washington obligó a Lord Cornwallis a entregarse con su ejército en Yorktown, en Virginia. Este fue el último gran acontecimiento de la campaña revolucionaria. El Rey George y sus ministros se dieron cuenta que todo el poderío de Inglaterra no serían suficientes para restaurar la fidelidad de los americanos a la Corona. Después de muchas discusiones se firmó un tratado de paz en 1783.

"Finalmente, ahora," dijo el abuelo, "después de muchos años de guerra, los regimientos de Massachusetts pudieron regresar a reunirse en paz con sus familias. Ahora los célebres líderes, como el general Lincoln y el general Knox, se podían caminar por las calles con sus peluquines muy arreglados y sus uniformes de gala."

"Y los niñitos corrían detrás de ellos, me imagino," añadió Charley, "y los mayores los saludaban respetuosamente."

"Merecían respeto porque eran hombres buenos y valientes," respondió el abuelo. "Los oficiales de menor rango y los soldados también volvían ahora a sus hogares para buscar un trabajo más tranquilo. Sus amigos los recordaban como muchachos flacos y lampiños, pero retornaban con el semblante rígido de unos soldados hechos y derechos. Algunos de ellos cojeaban en muletas y en patas de palo, otros habían sido heridos y todavía no estaban curados. Ah, y muchos habían caído en la batalla, y quizá fueron dejados allí sin ser sepultados."

"El país tendría que estar ya cansado de la guerra," observó Laurence.

"Uno podría pensar eso," dijo el abuelo. "Pero sólo trascurrieron dos o tres años antes que la locura de otros insensatos provocara el reclutamiento de los soldados. Este incidente se llamó la guerra de Shays porque así se llamaba el Capitán que comandaba a los insurgentes."

"¡Oh, abuelo, no dejes que haya otra guerra!" dijo llena de tristeza la pequeña Alice.

El abuelo calmó a la pequeña asegurándole que no se causaron mayores daños. La guerra de Shays ocurrió a finales de 1786 y duró hasta el año siguiente. Esta guerra fue provocada principalmente por la maldad de aquel tiempo. El Estado de Massachusetts, estaba lleno de deudas, así como la mayoría de la gente. Al parecer la insurrección tuvo lugar con el propósito de interrumpir el curso de la ley y evadir las deudas y los impuestos.

James Bowdoin, un hombre bueno y habilidoso, era ahora el gobernador de Massachusetts. Bowdoin envió al general Lincoln encabezando a cuatro mil hombres, para acabar con la revuelta. Este general que había luchado en varias campañas muy duras en la Revolución, manejaba los asuntos como todo un veterano y venció totalmente a los rebeldes sin derramar prácticamente una sola gota de sangre.

"Sólo nos queda un hecho por recordar en la historia de nuestra silla," prosiguió el abuelo. "En el año 1794 Samuel Adams fue elegido gobernador de Massachusetts. Ya les he contado que ea un patriota muy distinguido y que se parecía mucho a los antiguos puritanos en su carácter. Si los antiguos habitantes de Massachusetts que vivieron en los tiempos de la primera Carta se levantaran de sus tumbas, seguramente votarían por Samuel Adams para gobernador."

"Bien abuelo, me imagino que se sentó en nuestra silla," dijo Clara.

"Así fue," replicó el abuelo. "Desde hacía muchos años tenía la costumbre de visitar la barbería, donde nuestra venerable silla, prácticamente olvidada de sus antiguas dignidades, había pasado cerca de dieciocho años no muy incómodos que digamos. Una pieza de madera como ésta, una reliquia de los tiempos antiguos, no podía pasar desapercibida para Samuel Adams. Adams hizo un estudio minucioso de su historia y descubrió los nombres de todos los hombres famosos que la habían ocupado."

"¿Y como hizo eso?" preguntó Charley, "pues supongo que la silla no podía hablar para contar propia historia."

"Había una vasta colección de antiguas cartas y otros documentos en la torre de la iglesia Old South," respondió el abuelo. "Quizás allí estaba la historia de nuestra silla. Como fuera, Samuel Adams parecía estar muy enterado de todo. Cuando llegó a ser gobernador sintió que no podía tener una silla más digna de su posición que aquella famosa silla estatal. Por tanto la negoció por una bagatela y se sentó en ella por tres años como gobernador de Massachusetts."

"¿Y qué pasó después?" preguntó Charley.

"Eso es todo," dijo el abuelo, entonces suspiró para ayudar a contener el pequeño dolor que le causaba pensar que sus historias terminaban aquí. "Samuel Adams murió en 1803, a los ochenta y tres años. Era un gran patriota pero un hombre muy pobre. A su muerte a penas si tenía propiedades suficientes para pagar los gastos de su propio funeral. Esta preciosa silla, junto con otras cosas, fue subastada y su abuelo, que todavía estaba en lo mejor de su vida, la compró."

Laurence, con la cabeza llena de ideas y sin encontrar palabras para expresarse, miró la silla llena de admiración.

Ya había escuchado toda su historia y todavía no estaba satisfecha.

"¡Oh, cómo desearía que la silla pudiera hablar!" lloraba. "Después de su larga vida entre los hombres, después de haber visto el paso de los años, ¡Qué lecciones de preciada sabiduría no podría pronunciar! Podría enseñarle a cualquier persona cómo llevar una vida buena y feliz o a un estadista como conducir su país hacia la prosperidad."

 

 

CAPÍTULO 11

 

El abuelo se quedó pensando en la idea que Laurence había tenido si la silla pudiera hablar y así verter al exterior los conocimientos recogidos en más dos siglos de existencia. Alguna vez el abuelo había tenido una imaginación desbordante, e incluso ahora en el ocaso de su vida, las fantasías alumbraban sus más serias reflexiones.

Como la historia de la silla ya había dado cuenta de todos los hechos, el abuelo decidió hacer uso de la imaginación. Así, después de advertirles a los niños que no debían confundir esta historia con lo que en realidad sucedió, les contó lo que nosotros llamaremos:

 

El Sueño del Abuelo

 

"¿Laurence y Clara, dónde estuvieron anoche? ¿Dónde estuviste tú, Charley y la pequeña y dulce Alice? Todos se fueron a descansar, y dejaron al viejo abuelo meditar a solas en su gran silla. La luz de la lámpara era tan tenue que ya casi no iluminaba la pantalla de alabastro. El fuego se había consumido casi por completo, las llamitas danzaban y centelleaban entre ascuas y se divertían como duendes.

Allí estaba el abuelo sentado a sus anchas. Sabía que era hora de irse a la cama. Ya no ansiaba escuchar sus voces alegres, ni conversar cálidamente con algún viejo amigo, porque su almohada sería visitada por sueños hermosos. Sin los niños ni los amigos a la vista, el abuelo se recostó en la gran silla y cerró los ojos, con el fin de meditar más profundamente.

Y a medida que iba meditando más profundamente, se quedó dormido y soñó que escuchaba un sonido sobre su cabeza, como si alguien se dispusiera a hablar.

"¡Hey!" dijo una voz seca y áspera. "¡Hey! ¡Hey!"

Como el abuelo sabía que no había ninguna persona en la habitación se levantó sorprendido mirando a todos lados, detrás de la silla, en el rincón que quedaba al lado de la chimenea, detrás del armario. Pero no veía a nadie.

"¡Ja!" se dijo el abuelo, "seguramente estaba soñando".

Pero justo cuando se iba a sentar nuevamente, el abuelo miro la gran silla. La luz de las llamas resplandecía en tal forma que realmente parecía como si el roble estuviera vivo. ¡Qué! ¿Acaso movió un brazo? Seguramente también movió una de sus pesadas patas, como si quisiera acercarse un poco más al fuego. Mientras tanto la cabeza del león se movió de la manera más educada y sociable que puede esperarse de un león tallado en roble. ¡Esto está raro!

"¡Buenas noches mi viejo amigo!,"dijo aquella voz seca y áspera, un poco más clara que antes. Hemos estado juntos tanto tiempo que yo creo que ha llegado el tiempo de que conversemos un poco juntos."

El abuelo miraba sin parpadear la cabeza del león, y no podía estar equivocado en suponer que estaba moviendo los labios. El misterio se había aclarado.

"No sabía,"dijo el abuelo con un saludo muy cortés a su amigo de roble, "que estuvieras dotado con la facultad de hablar. De haberlo sabido, me hubiera gustado conversar a menudo contigo, un miembro de la sociedad tan ecuánime, útil y brillante como tú."

"¡Oh!" replicó la antigua silla con un tono suave y sonoro, después de haber aclarado su garganta del paso de los años, "Por naturaleza mi carácter es silencioso y poco comunicativo. Una o dos veces cada cien años abro mis labios. Cuando la gentil Lady Arbella dejó este mundo proferí un gemido. Cuando el honesto acuñador subió a la báscula a su voluminosa hija, junto con los chelines del árbol de pino, me reí contenidamente. Cuando el viejo Simon Bradstreet tomó el lugar del tirano Andros me uní al grito unánime de alegría y brinqué en mis patas de madera de la emoción. Para ser sinceros, mis ocupantes estaban tan preocupados por sus asuntos que mi simpatía pasaba casi desapercibida."

"¿Y alguna vez tuviste una charla privada con alguno de tus amigos?" preguntó el abuelo.

"No con mucha frecuencia," respondió la silla. "Una vez hablé con Sir William Phipps y le comuniqué mis ideas acerca del enredo con la brujería. Cotton Mather tuvo varias conversaciones conmigo, y sacó mucho fruto de mis recuerdos del pasado. En los días de la primera Carta susurré al oído de Hutchinson para que recordara de quiénes provenían sus compatriotas y pensara si el espíritu de sus ancestros ya los había abandonado. El último hombre que favorecí con una charla fue al viejo republicano, Samuel Adams."

"¡Cómo es posible que no haya quedado ningún recuerdo ni ninguna leyenda de tus habilidades para hablar!" exclamó el abuelo. "No es muy común encontrarse con una silla que puede hablar!"

"A decir verdad," dijo la silla, dando un brinquito hacia la chimenea, "No soy muy buena para escoger el momento más adecuado para abrir mis labios. Algunas veces he sido muy desconsiderado y he comenzado a hablar cuando mi ocupante se recuesta en mis brazos para echarse una siesta. O de repente siento el impulso de hablar a medianoche, cuando la lámpara se apaga y el fuego se muere, y el hombre que tengo a mi lado está embotado en medio de sus meditaciones o sus lecturas. Muy a menudo, torpemente he dejado oír mi conocimiento por personas enfermas, cuando las alucinaciones de una fiebre los agita sobre mi cojín. Y casi siempre sucede que aunque mis palabras impresionan mucho a mis oyentes, después las recuerdan como un simple sueño. Debería preguntarme si tú, mi estimado amigo, harás lo mismo mañana en la mañana."

"No, no lo haré" pensó el abuelo.

El abuelo agradeció a esta respetable y vieja silla el hecho de haber iniciado la conversación y le suplicó que le dijera si tenía algo especial para comunicarle.

"He estado escuchando atentamente tu narración sobre mis aventuras," respondió la silla; "hay que decir que tu precisión te da derecho a ser tenido como una buena ayuda para los biógrafos. Sin embargo, hay algunas omisiones que me gustaría corregir. Por ejemplo, no mencionaste el gran caballero Sir Richard Saltonstall, ni al famoso Hugh Peters, ni a aquellos jueces del tiempo de la corona, Whalley, Goffe y Dixwell. Yo he cargado con el peso de todos estos distinguidos personajes en un momento u otro."

El abuelo prometió enmendar sus olvidos si tenía la oportunidad de contar nuevamente su historia. La vieja silla, que al parecer todavía se preocupaba de su apariencia exterior, le recordó todo el tiempo que pasó antes de que le pusiera un cojín nuevo. Igualmente dijo que en su opinión las figuras de roble a su respaldo se verían mucho mejor con una barnizadita.

"Ah, y tengo desajustada esta parte," continuó la silla, mientras se esforzaba por levantar una de sus patas "desde el día en que Charley me golpeó con la carretilla!"

"Tendré que prestarle atención," dijo el abuelo. "Y ahora venerable silla, hay un favor que quiero pedirte. Durante tu larga existencia de más de dos siglos has tenido un trato familiar que los hombres que han sido estimados como los más sabios de sus días. Indudablemente, con tu inteligencia has atesorado invaluables lecciones de sabiduría. Ciertamente has tenido tiempo suficiente para descifrar el enigma de la vida. Dinos entonces, a nosotros pobres mortales, cuál es el secreto de la felicidad.

La cabeza del león fijó sus ojos en el fuego y la silla entera adoptó un aspecto de recogimiento y meditación. Finalmente la silla le hizo un gesto con el brazo y se le acercó como si tuviera un secreto muy importante que decirle.

"Todo el tiempo que estado en medio de la vida de los hombres,"dijo la silla con un acento muy premonitorio, "siempre he observado que la JUSTICIA, la VERDAD y el AMOR son los principales ingredientes de toda vida feliz."

"¡Justicia, amor y verdad!" exclamó el abuelo. "No necesitamos vivir dos siglos para saber que esas cualidades son esenciales para nuestra felicidad. Eso no es un secreto. Todo ser humano nace con un conocimiento instintivo de eso."

"¡Ah!" exclamó la silla, retrocediendo llena de sorpresa; "Por lo que he visto en el trato entre los hombres y entre las naciones, nunca me hubiera imaginado que todos ya sabían este importante secreto. Y con esta lección eterna escrita en tu alma, me pides que descubra para ti la sabiduría de mis escasos dos o tres siglos de existencia?"

"Pero mi querida silla" dijo el abuelo.

"Ni una sola palabra," lo interrumpió la silla, "aquí cierro mi boca por los próximos cien años. Después de ese período, si descubro unos nuevos preceptos sobre la felicidad mejores que los que el cielo ya te ha enseñado, seguramente serán revelados al mundo."

En la energía de su expresión la silla movía sus patas con fuerza, y pisó (esperamos que sin ninguna intención) un dedo del abuelo. El abuelo se despertó y se dio cuenta que había estado dormido en la gran silla, y que su pesado bastón había caído sobre su pie. "Abuelo," dijo la pequeña Alice, "¡tienes que soñar todas las noches un nuevo sueño sobre nuestra silla!"

Laurence y Clara y Charley dijeron lo mismo. Pero el buen anciano movió la cabeza y declaró que aquí terminaba la historia, real o fantasiosa, de LA SILLA DEL ABUELO.


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